Carlos Pascual: “Si alguien me hubiera dicho hace tres años que la Argentina iba a recorrer este camino, ni yo ni la mayoría de los analistas internacionales lo hubiéramos creído posible”
Carlos Pascual, uno de los analistas internacionales más reconocidos, visita la Argentina una vez al año, en un viaje exprés de dos días desde Washington D.C. que aprovecha para reunirse con fu...
Carlos Pascual, uno de los analistas internacionales más reconocidos, visita la Argentina una vez al año, en un viaje exprés de dos días desde Washington D.C. que aprovecha para reunirse con funcionarios y empresarios y tomar contacto directo con lo que ocurre en el país. Exembajador de Estados Unidos en Ucrania y México y exasesor del entonces presidente Barack Obama, Pascual lidera hoy la integración de geopolítica, energía y mercados en S&P Global, desde donde asesora a gobiernos y empresas de todo el mundo.
En diálogo con LA NACION, repasó el impacto que tuvo el ataque a las instalaciones nucleares iraníes sobre la confianza internacional en Estados Unidos, las dudas que persisten sobre el futuro del estrecho de Ormuz y el lugar que puede ocupar la Argentina en la carrera global por los minerales críticos y la inteligencia artificial. También analizó los avances del programa económico de Javier Milei, la relación con el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, y qué balance hace, tras dos días de visita express en el país, del rumbo económico local.
–¿Cómo ve el mundo después de la disrupción que provocó este año la guerra en Medio Oriente?
–Estamos en un período de incertidumbre como pocas veces hemos visto, posiblemente en décadas. El foco de hoy está en la guerra entre Estados Unidos e Irán, con Israel también involucrado. El impacto no fue solo sobre la región y su gente, sino también sobre los mercados de energía y de otros productos, como los fertilizantes. Hoy la gran incógnita es si el estrecho de Ormuz va a seguir abierto, algo que condiciona la confianza necesaria para que los países del Golfo retomen su producción: Kuwait e Irak todavía la tienen cerrada, y Arabia Saudita y los Emiratos la recortaron sin cerrar los pozos. Veníamos operando con inventarios que ya bajaron a 5 millones de barriles por día y con una caída de las importaciones, sobre todo de China, de más de 3 millones de barriles diarios. Eso ayudó a evitar un barril a US$120 o US$150, pero llegamos a un punto en el que no se puede seguir bajando inventarios ni importaciones sin generar más tensión. A esto se suma la disputa por los aranceles, la concentración china de minerales críticos como las tierras raras y los imanes —que puede usarse como poder de mercado contra la industrialización de cualquier país, sea Estados Unidos o la Argentina— y la guerra entre Rusia y Ucrania, que sigue y hoy es más aguda, con mayor destrucción civil y ataques que llegan cada vez más adentro del territorio ruso, algo que espero facilite alguna conversación para terminarla. Todo eso obliga a países y empresas a repensar qué decisiones de política y de estrategia tomar para generar un sendero de estabilidad, reducir el riesgo y asegurar sus cadenas de suministro de cara al futuro.
–¿Por qué cree que el presidente de Estados Unidos decidió atacar Irán? Hoy, con el diario del lunes, hay bastante consenso de que no fue una buena decisión, sobre todo en un año electoral y con el riesgo de una suba de precios.
–Ya se documentó bastante sobre esa decisión, en particular en una serie de artículos del New York Times de principios de abril. Fue clave la reunión que tuvieron Trump y Netanyahu en febrero. El primer ministro israelí le presentó un escenario en el que un ataque conjunto contra Irán sería tan contundente que permitiría superar todas sus capacidades, derribar al régimen y provocar un levantamiento popular, todo en cuestión de semanas, sin poner en riesgo el estrecho de Ormuz porque Irán se rendiría antes de poder cerrarlo. Hubo pocas voces en contra. El vicepresidente JD Vance fue una de las pocas personas que planteó que no era una buena idea. Igual, decidieron avanzar. Y resultó mucho más complicado de lo previsto. Para Irán fue un ataque existencial contra el régimen, y respondió con todas sus capacidades, incluidos ataques contra países del Golfo y bases estadounidenses. Eso mostró algo muy doloroso: Estados Unidos no tiene capacidad suficiente para proteger el Golfo, no hay suficientes misiles de defensa contra los drones y misiles iraníes. Los países del Golfo entendieron que ni Estados Unidos los puede proteger, ni Israel tiene ese interés, ni China ese deseo, y que tienen que empezar a cuidarse por su cuenta. Van a seguir comprando armas y manteniendo la relación con Washington, pero ya no con el mismo nivel de compromiso que tenían antes.
–¿Se podría decir que la guerra fue un “principio de revelación”?
–Se revelaron muchas cosas: económicas, de seguridad, de la política regional. Y va a tener impacto sobre Estados Unidos por mucho tiempo, porque cuando uno viaja por el mundo, como me toca a mí, lo que constantemente se escucha es que la confianza en Estados Unidos se cayó.
–¿La reputación de Estados Unidos está en su peor momento?
–Diría que hay un cuestionamiento sobre cómo generar estabilidad en las relaciones entre países, y que el vínculo con Estados Unidos ya no se percibe como parte de la construcción de confianza en el sistema internacional. Por un lado hay que aceptar que sigue siendo el país más rico y militarmente más poderoso del mundo. Pero, por otro, muchos países —después de los aranceles y de lo que vieron en la guerra con Irán— entendieron que no pueden depender de Washington. La promesa de resolver en un día la guerra entre Rusia y Ucrania también mostró los límites reales de esa capacidad. Por eso los países buscan otras relaciones: no dejan de lado a Estados Unidos, si quieren mantener el vínculo, pero ya no quieren la misma dependencia militar y económica que tenían antes.
–En este contexto de diversificación generalizada, la Argentina atraviesa su mejor momento de relación con Estados Unidos. ¿Es un vínculo entre los dos países o entre Javier Milei y Donald Trump?
–Puede ser ambas cosas. Los dos se llevan bien, pero lo relevante es lo que hizo la Argentina. En algún punto, lo que se siguió en el país pareció encuadrarse dentro de los parámetros del populismo, pero en el fondo lo que se hizo fue una serie de reformas estructurales que son conservadoras y, en ese sentido, clásicamente antipopulistas. Ningún populista hubiera cortado subsidios como se cortaron ni hubiera reestructurado la economía en base a lo que realmente se puede sostener entre oferta y demanda. Eso acerca a la Argentina a los intereses de Estados Unidos, que busca un socio en América Latina alineado con esa dirección y que además logró reducir la volatilidad política que caracterizaba a la región. Ahí se abren oportunidades, sobre todo en minerales críticos: el cobre es clave, el litio también aunque en menor medida, y las tierras raras probablemente le importen más a Brasil que a la Argentina. Para Estados Unidos, tener acceso no solo a esos minerales sino también a su procesamiento va a ser muy importante: el cobre es indispensable para la electrificación, en una época en la que se necesita cada vez más electricidad para los centros de datos y para la inteligencia artificial, un terreno que Washington puso como uno de los puntos fundamentales y críticos de su competencia con China, porque puede afectar el curso militar y de inteligencia de ambos países.
–Más allá de la importancia militar de la inteligencia artificial, ¿cómo ve su impacto en la vida cotidiana de las personas?
–Estamos ante un momento posiblemente sin precedentes en la introducción de una tecnología que puede afectar al mundo entero: la innovación, la optimización de procesos, la forma en que investigamos. Si vos ponés ciertos prompts en un programa de inteligencia artificial, podés obtener en 30 segundos información que antes llevaba horas conseguir. Las empresas están cambiando la manera en que manejan sus cadenas de valor. Horacio Marín, presidente de YPF, me contó cómo usan inteligencia artificial para gestionar la contratación y sostener el just in time necesario para las operaciones en Vaca Muerta. Todavía hay quienes se preguntan si existe una burbuja, si hay suficientes aplicaciones en las que la inteligencia artificial se use de manera productiva como para asegurar que haya productos rentables detrás de tanta inversión. Pero cada día que pasa lo vemos de manera más pragmática: la productividad, y el potencial de productividad, sigue aumentando en formas que antes no habíamos imaginado, y eso empieza a reducir esa tensión. El otro costado es el riesgo. La inteligencia artificial también puede convertirse en el mecanismo para atacar sistemas electrónicos, derribarlos, destruirlos o tomar el control. La amenaza cibernética puede crecer todavía más y no existe ningún tipo de acuerdo internacional, a nivel global, sobre cómo controlarla. Y para cualquier chico que termina el secundario o la universidad, la pregunta es qué trabajo puede tener que no corra riesgo de ser reemplazado. Lo sé por uno de mis hijos, que pasó por lo mismo. El potencial es enorme, pero también lo son los riesgos, y todavía no avanzamos mucho en pensar cómo controlarlos.
–¿Esta es una revolución más fuerte que la de Internet o la revolución industrial?
–Sí, mucho más fuerte. No hay comparación posible, porque es algo que puede impulsar capacidades y cambios en todos los niveles de una sociedad: individual, corporativo, y en dimensiones tan amplias que todavía no imaginamos del todo. Creo que puede terminar siendo algo más grande que cualquier cosa que hayamos visto en nuestra historia.
–Por último, después de un par de días en el país, ¿con qué impresión se va de la Argentina?
–La Argentina recorrió un camino complicado, pero que sorprendió a muchas personas. Impuso un programa de austeridad que era necesario para racionalizar el equilibrio entre demanda y oferta internas. Muchos pensaban que no era sostenible socialmente, pero las elecciones de octubre del año pasado mostraron que la sociedad percibe un rumbo hacia la normalización. El RIGI demostró ser eficaz para atraer inversiones en petróleo, gas y minerales críticos, en un contexto en el que las empresas asumieron riesgos de inversiones a décadas. Vimos a YPF y a otras productoras conseguir un préstamo internacional de US$2000 millones para avanzar con el oleoducto VMOS, algo impensado hace poco tiempo. Y Eni y Adnoc se comprometieron con una inversión de US$10.000 millones para una plataforma de exportación de GNL, lo que implica también un compromiso de largo plazo con la economía argentina. No es solo la promesa de lo que puede cambiar: hay un proceso de cambio profundo, acompañado de ejecución a nivel corporativo. Todavía falta ampliar mucho en minería y energía, aunque ya hay avances también en la industria. Y hay una dimensión social que no se puede ignorar: mucha gente sintió dolor por el corte de subsidios, algo que también hay que leer a la luz de cómo resultaron las elecciones de octubre. Si alguien me hubiera dicho hace tres años que la Argentina iba a recorrer este camino, con este nivel de impacto, en tan poco tiempo, ni yo ni la mayoría de los analistas internacionales lo hubiéramos creído posible.