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Con 56 años y una vida hecha, su esposa lo impulsó a irse solo a vivir medio año a Europa: “¿Qué estás haciendo acá?"

¿Es posible salirse del camino cuando se supone que ya es demasiado tarde? Con cincuenta y seis años, Lucas Anzoátegui sentía que el mundo le había entregado una especie de libreto invisible. ...

¿Es posible salirse del camino cuando se supone que ya es demasiado tarde? Con cincuenta y seis años, Lucas Anzoátegui sentía que el mundo le había entregado una especie de libreto invisible. Para él, se trataba de un guion que decía que ya había hecho lo que se tenía que hacer: `Es momento de consolidar la rutina, evitar las olas y deslizarte suavemente hacia la jubilación´, solía pensar.

Lucas tenía ese libreto perfectamente aprendido. Vivía en Santa Rosa, La Pampa, llevaba a cuestas treinta y tres años de estabilidad en la función pública como analista de ciberseguridad, había construido un hogar junto a su esposa, Paula, y tenía la tranquilidad de ver a sus dos hijos -Manuel y Joaquín- emancipados.

“Tenía, en definitiva, la vida resuelta (o casi). Hasta que un día una rendija en el tiempo se abrió frente a mí”, revela.

Un portal hacia un ducado y otra vida: “Cerrar ese círculo de más de un siglo y medio”

El portal que le insinuaba que podría existir una dimensión paralela en su vida se abrió a sus cincuenta y dos años. Un día su sobrino, Nicolás, descubrió una ley temporal del Gran Ducado, que le permitía reclamar la ciudadanía a los descendientes de quienes hubieran emigrado en el siglo XIX. Y su linaje, aunque parecía increíble para muchos, provenía de Luxemburgo.

En su familia, eso significaba desenterrar el nombre de un hombre: Jakob Schmitz, su tatarabuelo materno, un campesino nacido en las Ardenas luxemburguesas, que en 1889 había cruzado el Atlántico hacia lo desconocido.

“Al principio era solo eso: buscar actas parroquiales, juntar traducciones, apostillados. Un trámite burocrático de papeles amarillentos. Pero la burocracia tiene una forma extraña de interpelar al alma. Porque mientras miraba el nombre de Jakob, me di cuenta de que entre su partida de Europa en 1889 y mi presente en La Pampa, había una cadena ininterrumpida de historias... y que para cerrar ese círculo de más de un siglo y medio, faltaba mi firma. Fui y la estampé. Ahora a esperar”, cuenta Lucas.

Un pasaporte europeo y una pregunta: `¿Y qué vas a hacer con eso?´

Un buen día le confirmaron la nacionalidad. Era marzo del 2020 y el mundo aún ignoraba que la humanidad toda estaría a punto de ingresar en otro tipo de dimensión paralela. Mientras tanto, con el bendito papel entre sus manos, Lucas comprendió que la pregunta real no era si podía o no tener un pasaporte europeo. El gran interrogante llegó de la boca de su esposa, Paula, que con una simple pregunta cuestionó su vida entera: `¿Y qué vas a hacer con eso?´.

Lucas se detuvo a observar su realidad. Ya no era un joven intrépido, con margen para cualquier larga aventura en el extranjero. ¿O sí? A esta altura de su vida, ¿le servía semejante pasaporte? Una vez más fue Paula la que lo empujó a entender que, mientras haya vida, siempre estamos a tiempo de cumplir nuestros sueños. Ella, su compañera de más de tres décadas, lo impulsó a ese viaje de descubrimiento para que viera todo lo que debía ver con sus propios ojos y que dejara de idealizar todo lo del extranjero. Sus palabras fueron: `Tanto buscar esa ciudadanía y ganas de vivir afuera, ¿por qué no vas y probás?´.

No se trataba de unas vacaciones, el sueño del hombre de las pampas argentinas era experimentar cómo sería vivir y trabajar en el extranjero, solo, sin las armaduras de su identidad tan cuidadosamente construida.

Fue así que, a los cincuenta y seis años. Lucas tomó una decisión que para muchos rozaba la locura. ¿A tu edad? ¿Con poco idioma?, le decían, pero a pesar de las voces, él pidió una licencia sin goce de sueldo en el lugar donde ya llevaba tres décadas de trabajo, se financió el viaje y abordó un avión con destino final a Luxemburgo.

“No para huir de mi país ni para buscar un auxilio económico; me fui para ponerme a prueba en soledad en un entorno desconocido. Para saber si el hombre debajo de mis títulos y mis costumbres aún estaba vivo. Todavía recuerdo el llanto contenido que se me quebró en la garganta cuando el avión despegó de Buenos Aires. En ese momento no hay títulos, no hay tres décadas de carrera pública que te salven. Era solo yo, cruzando el océano hacia la intemperie”, relata.

La caída en Luxemburgo y un cambio de rumbo: `¿Qué estás haciendo aquí?´

Llegó con un plan, pero la intemperie europea no tardó en probarlo. El choque idiomático inicial en Luxemburgo fue tremendo. Con tres lenguas oficiales -francés, alemán y luxemburgués- Lucas apenas podía comunicarse con su escaso francés y su inglés intermedio, que en su rubro de IT siempre había bastado.

Pero nada salió como lo había imaginando. La primera oferta laboral que Lucas tenía preacordada en el área de tecnología se derrumbó. El motivo: su nivel de inglés conversacional. Y así, en un segundo, la ilusión se volvió un baldazo de agua helada. Su intención era trabajar, por lo que, casi tan rápido como llegó, se despidió del ducado para irse a España, donde el idioma acompañaba.

Se instaló en Burgos, una ciudad llena de historia que lo retrotraía a las clases de secundaria cuando leía el Cid Campeador. Allí consiguió empleo en una empresa de IT, pero la `intemperie´ anhelada se transformó en una realidad a afrontar. En tan solo siete días, había pasado de la comodidad de su casa en Santa Rosa a alojarse en un albergue de peregrinos en la ciudad castellana de Burgos y, más tarde, en una residencia de estudiantes.

A los cincuenta y seis años, estaba viviendo esa vida que creyó imposible experimentar alguna vez y, con el espíritu desafiado, decidió redoblar la apuesta y caminar treinta y dos kilómetros por el mítico `Camino de Santiago´, preguntándose en cada kilómetro: `Lucas, ¿qué estás haciendo acá?´.

Regresar al origen y buscar un ancla cultural: ”Era un acto de resistencia íntima”

Decidió que era tiempo de regresar al origen. Luego de cuarenta días en España, optó por volver a intentar en Luxemburgo, el `leitmotiv´ de su viaje. Alquiló una habitación en Ettelbruck y terminó compartiendo casa con personas de Ucrania, México, Francia, Bélgica y Estonia: “Un microcosmos multicultural donde aprendí que, cuando te desnudás de tus prejuicios, la empatía humana no necesita traducción”, asegura Lucas.

La diversidad cultural que lo rodeaba le trajo una necesidad durante aquellos días inciertos: aferrarse a una costumbre argentina, a su única trinchera cultural, su único ancla con quien él era. Con la tapa de un termo comprado en Alemania improvisó un mate. Sin embargo, había un problema: conseguir una bombilla. ¿Cómo explicar al vendedor que necesitaba una bombilla sin que le dieran un sorbete? Finalmente, Lucas halló un almacén sirio y allí pudo comprarla.

“Mientras la gente se la pasaba hablando en francés, alemán o luxemburgués, preparar un mate no era una costumbre folklórica; era un acto de resistencia íntima. Era recordarme de dónde venía”, dice.

El camino a Jakob

Lucas tomó otra decisión: superar al fantasma del síndrome del impostor. Para ello, afrontó una maratónica entrevista en inglés con un CEO y logró insertarse en una empresa en Luxemburgo.

Sin embargo, el verdadero hito no llegó con la firma de un contrato, sino cuando, finalmente, emprendió otro viaje hacia la verdadera intemperie, al norte del país, al pequeño pueblo de Hachiville.

“Caminar por las mismas calles que mi tatarabuelo Jakob pisó, no fue una atracción turística. Fue un impacto espiritual. Al estar allí, entendí que los ancestros no son archivos muertos en una parroquia. Son raíces vivas. Jakob no cruzó el océano en un barco para que sus descendientes vivieran con miedo a intentar cosas nuevas. Su valentía en el siglo XIX era una orden implícita para mi valentía en el siglo XXI”, afirma Lucas, cuyo libro Camino a Jakob (Editorial Orsai) saldrá a la luz en diciembre de 2026.

“A menudo uno piensa que la reinvención personal es un privilegio de los veinte”

Seis meses después de su partida, tras doce horas de viaje, Lucas regresó a la Argentina. El mismo hombre en apariencia, pero absolutamente transformado. Aquel Lucas de un guion que parecía ya escrito pertenecía a otra vida. Todo esperaba como siempre, tal como lo hizo Paula, la mujer que lo impulsó a la aventura, con la que lleva casado treinta y seis años.

Volvió a su casa, a su barrio, y a los pocos días a su trabajo, pero su alma todavía seguía en aquella otra dimensión: “Sabe Dios por dónde. Me sentía como desconectado, como que no encajaba del todo. Es una sensación rara, que calculo que quienes hemos experimentado esas sensaciones extremas en soledad, entenderán”.

“Añoré mucho, extrañé todo de forma increíble”, confiesa. “Y esas situaciones de indefensión, de angustia de no saber qué me depararía el día siguiente, el de tener que adaptarme permanentemente, de estar absolutamente fuera de mi zona de confort hicieron nacer mi pasión por escribir. Hasta ese momento ni sabía que la tenía, ni que me gustara. Fue mi cable a tierra, fue sacar tantas cosas de adentro y plasmarlas en un papel que hoy tiene forma de un libro de 160 páginas”, continúa el argentino, hoy de sesenta años.

“A menudo uno piensa que la reinvención personal es un privilegio de los veinte o los treinta años. Nos convencemos de que después de los cincuenta el libro de nuestra vida ya está escrito y solo nos queda editar las notas al pie. Mi travesía me enseñó todo lo contrario: que jamás es tarde para dar ese salto de fe. Yo no me quise quedar con la eterna pregunta que picotearía mi cabeza: ¿qué hubiera pasado si...?”

“El verdadero viaje no se mide en kilómetros ni sellos en pasaportes; se mide en la capacidad de despojarte de tus comodidades, de enfrentar la incertidumbre y de descubrir quién sos cuando nadie te está mirando. Y decidí escribir no para contar una historia de éxito `endulzada´, sino para dejar testimonio de que la memoria y la gratitud son capaces de reconstruir vidas. Y quien lea del otro lado se encontrará frente a un espejo que le formulará una sola pregunta: ¿qué sueño o qué llamado dormido estás dejando pasar... solo por miedo a la intemperie?”.

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Destinos Inesperados es una sección que invita a explorar diversos rincones del planeta para ampliar nuestra mirada sobre las culturas en el mundo. Propone ahondar en los motivos, sentimientos y las emociones de aquellos que deciden elegir un nuevo camino. Si querés compartir tu experiencia viviendo en tierras lejanas podés escribir a destinos.inesperados2019@gmail.com . Este correo NO brinda información turística, laboral, ni consular; lo recibe la autora de la nota, no los protagonistas. Los testimonios narrados para esta sección son crónicas de vida que reflejan percepciones personales.

Fuente: https://www.lanacion.com.ar/lifestyle/con-56-anos-y-una-vida-hecha-su-esposa-lo-impulso-a-irse-solo-a-vivir-medio-ano-a-europa-que-estas-nid28102026/

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