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Del agua al deseo: tres muestras en el Recoleta revisan las formas de construir identidad

Una cascada de agua pasa suavemente de una cabeza de barro a otra. Un conjunto de cerámicas conduce hacia una historia arqueológica ocurrida casi un siglo atrás. En otra sala, carteras, joyas, b...

Una cascada de agua pasa suavemente de una cabeza de barro a otra. Un conjunto de cerámicas conduce hacia una historia arqueológica ocurrida casi un siglo atrás. En otra sala, carteras, joyas, billetes, diplomas, casas y pasaportes, todos hechos en miniatura, convierten el deseo más anhelado en una manera de interrogarnos sobre quiénes pueden acceder al bienestar, la belleza o el prestigio. A estas tres exhibiciones las une la pregunta acerca de cómo se construyen los relatos con los que una sociedad intenta explicar quién es.

Melodía encadenada, de Andrés Aizicovich; Eslabón de Leyes, de Manuel Sigüenza, y Fantasía de valor, de Flor Alvarado, en el Centro Cultural Recoleta, fueron seleccionadas en la convocatoria federal anual de la institución y concebidas específicamente para esos espacios: los artistas trabajaron durante meses en los nuevos proyectos.

Melodía encadenada, al cuidado de Javier Villa, comienza con una inmersión. En las pinturas de Aizicovich se observan cuerpos flotantes y contorsionados. En el centro de la sala, cinco cabezas-vasijas, conectadas por tubos, hacen circular agua en un circuito cerrado. La fuente vuelve material aquello que no podemos ver: saberes, recuerdos, historias, lenguaje. El artista imagina esas figuras como integrantes de un hipotético árbol genealógico. La sabiduría pasa de una generación a otra y finalmente regresa al punto de partida.

Cuando la experiencia se comparte, piensa Aizicovich, el conocimiento permanece en circulación. Cuando queda encerrado en un individuo, indefectiblemente se cristaliza. El agua deviene entonces metáfora de aquello que una comunidad sabe y transmite.

La fuente se relaciona con los cuerpos sumergidos de las pinturas. Para el artista, bajar hacia las profundidades implica aventurarse en una zona todavía sin forma y regresar con algo que pueda ser ofrecido a los demás. Allí aparece la figura mitológica del trickster: personaje capaz de cruzar fronteras, internarse en lo desconocido, romper ciertas reglas y volver a la comunidad con un nuevo saber.

El cuerpo ocupa un lugar clave en ese viaje. Aizicovich lo piensa como una suerte de pasaje entre el mundo interior y el exterior, una máquina que absorbe información del ambiente, la procesa y la devuelve transformada. Incluso el papel elegido para algunas pinturas refuerza esa condición fronteriza: es papel molde, utilizado habitualmente para confeccionar patrones de ropa, cuya superficie fina y táctil recuerda a la piel.

Una pequeña pieza lleva la idea aún más lejos: el artista sopló el vidrio para que su aliento quedara encapsulado dentro de la obra: la voz, el aire y el cuerpo se convierten en materia. “Estarían tocando mi propia habla, mi propio ser, mi propio espíritu”, dice el artista.

Por su parte, Sigüenza, quien se define como ceramista y reivindica el oficio, parte de un episodio ocurrido hace casi un siglo. En la década de 1930, en la zona del arroyo Leyes, al norte de la ciudad de Santa Fe, comenzaron a aparecer piezas de cerámica cuya morfología no coincidía con la de las culturas conocidas hasta entonces por los investigadores. Los hallazgos generaron hipótesis, discusiones y relatos sobre su procedencia. Ese episodio fascinó al artista, que ya venía trabajando con una idea particularmente fértil: producir una especie de arqueología para el futuro, fabricar objetos destinados imaginariamente a ser encontrados en otro tiempo.

Pero Eslabón de Leyes, también al cuidado de Villa, no intenta resolver un enigma arqueológico. Pone el foco en qué hacen los objetos cuando los utilizamos para contar el pasado. Y en cuánto hay de evidencia y cuánto de construcción en las historias que elaboramos a partir de ellos. La cerámica posee una cualidad excepcional para plantearlo: puede ser, simultáneamente, utensilio, objeto ritual, resto arqueológico, obra de arte. Sobrevive a quienes la hicieron y, siglos después, se convierte en una huella desde la cual otros intentarán reconstruir una cultura.

La operación tiene algo de juego temporal. Sigüenza trabaja desde el presente con materiales que asociamos inmediatamente al pasado para imaginar, a la vez, su posible lectura futura: la cerámica se vuelve un eslabón entre tiempos diferentes.

En la magnífica exhibición Fantasía de valor, Alvarado despliega, bajo una superficie exuberante, una lectura sobre la representación, la migración y el canon cultural argentino. Artista y activista del colectivo Identidad Marrón, Alvarado proviene de familia migrante boliviana.

La muestra, al cuidado de Carla Barbero, reúne dibujos, pinturas e instalación. Uno de sus puntos de partida es la Alasita, celebración andina conocida como la fiesta del deseo (es una tradicional feria boliviana de miniaturas). En estas ferias se compran miniaturas de aquello que se espera conseguir. “Muchos de los deseos representados aluden a derechos básicos: compran diplomas universitarios, casas, valijas, pasaportes. Es decir, compran objetos que están vinculados con el acceso a vivienda digna, a educación, y también a la posibilidad de migrar”, dice la artista.

Alvarado lleva esa lógica del deseo hacia el presente: junto con los objetos asociados a derechos básicos aparecen joyas y carteras de diseñador, signos de un lujo aspiracional presente en las redes sociales. La estructura escalonada de la instalación remite, además, a la llamada escalera boliviana, concepto desarrollado por el sociólogo Roberto Benencia para describir la movilidad de familias migrantes dentro del circuito hortícola, desde el trabajo como peones hasta el acceso a la propiedad de la tierra.

La artista desafía la solemnidad del arte académico, blanco y europeo, apostando por una estética que celebra lo popular, lo migrante y lo corporal. Cada una de sus obras funciona como un altar, un espacio de enunciación donde la belleza, el horror y el juego habilitan nuevas preguntas sobre la identidad, la raza y el lugar de los cuerpos racializados.

Alvarado pone en cuestión el viejo imaginario del “crisol de razas” y, especialmente, la construcción de una Argentina blanca. Su serie Cartografía de una Argentina racializada lleva objetos cotidianos hacia escenas fantásticas y propone otros cuerpos, otras bellezas y otros arquetipos posibles. La historia del arte aprendida desde una perspectiva europea y blanca también entra en discusión. El canon, sugiere la exposición, no es una estructura natural, sino un relato. Y, como todo relato, puede ser revisado, intervenido y reescrito.

Para agendar

En el Centro Cultural Recoleta (Junín 1930) se puede visitar Melodía encadenada, de Andrés Aizicovich (sala 4); Eslabón de Leyes, de Manuel Sigüenza (sala 10), y Fantasía de valor, de Flor Alvarado (sala 11). Martes a viernes de 12 a 21 y sábados, domingos y feriados de 11 a 21. Gratis para argentinos y residentes. Hasta el 8 de noviembre.

Fuente: https://www.lanacion.com.ar/cultura/del-agua-al-deseo-tres-muestras-en-el-recoleta-revisan-las-formas-de-construir-identidad-nid25082026/

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