El arte de empezar de nuevo
Hay un momento particularmente raro en muchas carreras profesionales que no necesariamente ocurre después de un despido, de una crisis espectacular ni de una pelea con el jefe. A veces aparece sil...
Hay un momento particularmente raro en muchas carreras profesionales que no necesariamente ocurre después de un despido, de una crisis espectacular ni de una pelea con el jefe. A veces aparece silenciosamente una mañana cualquiera, mientras se mira la computadora y se piensa: “Sé que esto ya no lo quiero, pero no tengo la menor idea de qué quiero”. Bienvenidos al limbo profesional.
Es ese territorio extraño en el que el pasado laboral empieza a quedar chico, pero el futuro todavía es una hoja en blanco. Se tiene un cargo, una profesión, una reputación, experiencia y probablemente un buen currículum. El problema es que todo eso explica perfectamente quién fue uno, pero cada vez menos quién quiere ser. Y ahí comienza la desesperación.
Cuando la edad deja de ser un límite
Porque nos educaron para pensar las carreras como si fueran autopistas: se elegía una profesión, se ingresaba a una organización, se ascendían algunos escalones y, con suerte, se llegaba a destino. Había desvíos, por supuesto, pero el camino estaba más o menos señalizado. El problema es que las carreras actuales se parecen bastante menos a una autopista y bastante más a esos caminos donde, de repente, aparecen varias bifurcaciones y ningún cartel.
La primera reacción suele ser buscar la respuesta correcta. ¿Qué debería hacer? ¿En qué soy realmente bueno? ¿Cuál es mi pasión? ¿Dónde me veo dentro de diez años? Y entonces vienen los tests, el coach, los libros, las conversaciones, los fines de semana introspectivos y, en algunos casos, una sobredosis de TED Talks. Todo puede ayudar. Pero existe una trampa: creer que uno tiene que descubrir su próxima vida profesional antes de empezar a vivirla.
El lujo ejecutivo que nadie agenda
Herminia Ibarra, profesora de London Business School y una de las principales investigadoras sobre transiciones de carrera, lleva años demostrando algo bastante contraintuitivo. En su libro Working Identity, basado en su investigación sobre profesionales que cambiaban de carrera, plantea que la reinvención no suele funcionar siguiendo la secuencia “primero descubro quién quiero ser y después actúo”. Muchas veces ocurre exactamente al revés: se actúa, se experimenta y, a partir de esas experiencias, se va descubriendo quién se podría llegar a ser.
Nadie resuelve una crisis de carrera meditando en un sillón. Pensar es necesario; quedarse exclusivamente pensando puede convertirse en una forma bastante sofisticada de no hacer nada. La obsesión por encontrar “la respuesta definitiva” genera parálisis por análisis: se recorren veinte escenarios posibles en la cabeza y se descartan todos antes siquiera de haber probado uno (y mientras tanto uno sigue sentado frente a la computadora, cuestionándose la vida).
Ibarra utiliza una idea particularmente potente: los “provisional selves”, algo así como identidades profesionales provisionales. En una investigación publicada en Administrative Science Quarterly, observó que las personas que asumían nuevos roles profesionales ensayaban distintas versiones de sí mismas: observaban modelos, probaban comportamientos y luego evaluaban qué les resultaba auténtico y qué no. Es decir, la nueva identidad no aparecía por revelación, sino que se iba construyendo mediante experimentos. Esto explica por qué, frente al limbo profesional, es preferible hablar de microexperimentos antes que de grandes decisiones.
Quien crea que podría dedicarse a otra actividad no necesita renunciar de inmediato: primero puede participar en un proyecto vinculado con ese interés. Si le atrae otra industria, conviene conversar con al menos cinco personas que ya trabajen en ese ámbito. Si hay algo que despierta su curiosidad, aunque todavía no sepa para qué podría servirle, puede hacer un curso corto. Y si fantasea con enseñar, emprender, asesorar o escribir, lo mejor es probarlo en una escala pequeña. El objetivo del microexperimento no es alcanzar el éxito, sino generar información.
Bill Burnett y Dave Evans utilizan una lógica similar en Designing Your Life, desarrollado a partir de su experiencia en Stanford: aplicar herramientas del design thinking a las decisiones vitales. Frente a problemas donde no se conoce de antemano la solución, proponen construir prototipos. En lugar de imaginar durante meses cómo sería determinada vida profesional, postulan hacer una versión pequeña y barata de ella y aprender de la experiencia. La palabra clave es curiosidad.
Mark Savickas y Erik Porfeli, dos referentes en investigación sobre adaptabilidad de carrera, identifican precisamente cuatro recursos para afrontar transiciones laborales: preocupación por el futuro, control sobre las propias decisiones, curiosidad por las posibilidades y confianza para perseguirlas. La curiosidad no es entonces un lujo intelectual, es una competencia profesional que hay que desarrollar. Permite explorar futuros antes de comprometerse con ellos.
Hay, sin embargo, otra dificultad. Para reinventarse hay que aceptar temporalmente algo que a muchos profesionales exitosos les resulta insoportable: volver a ser principiantes. Después de veinte o treinta años construyendo expertise, reconocimiento y estatus, no resulta sencillo entrar a un lugar donde nadie nos conoce demasiado, hacer preguntas elementales o descubrir que alguien veinte años menor sabe muchísimo más que uno. Nuestra experiencia, que fue una enorme ventaja durante años, puede convertirse en un yunque si se pretende que el futuro sea simplemente una extensión del pasado.
William Bridges llamó “zona neutral” a ese espacio de transición en el que lo anterior terminó psicológicamente pero lo nuevo todavía no comenzó del todo. Es incómodo porque las personas se quedan momentáneamente sin las referencias que les daban seguridad. Pero Bridges advertía que esa zona aparentemente improductiva es también un período de reorientación. No hay que atravesarla desesperadamente, hay que aprovecharla.
Quizás ese sea uno de los grandes desafíos de las carreras contemporáneas: aprender a tolerar períodos en los que la identidad profesional todavía está en construcción. Durante décadas a los profesionales les enseñaron a acumular certezas: título, cargo, especialidad, experiencia, reputación. Todo debía llevarlos hacia una definición cada vez más precisa de sus personas: “Yo soy esto”. Pero una carrera larga probablemente requiera decir varias veces: “Yo fui esto. Ahora estoy viendo qué puedo ser”.
No significa tirar por la borda treinta años de experiencia. Al contrario. La experiencia es capital acumulado, es criterio, relaciones, conocimiento y cicatrices de errores que ya se cometieron. Pero ese capital puede combinarse de maneras diferentes. El problema aparece cuando se confunde experiencia con identidad.
Hay personas que no extrañan su trabajo anterior, sino que extrañan la jerarquía que tenían. Otras no extrañan la empresa, extrañan la sensación de saber perfectamente qué hacer. Y muchas descubren que lo más difícil de cambiar de carrera no es aprender algo nuevo, sino abandonar la explicación que durante años les dieron a los demás —y a sí mismas— sobre quiénes eran. Por eso el limbo profesional no se resuelve necesariamente encontrando una gran respuesta sino que se atraviesa acumulando pequeñas evidencias.
Una carrera no se diseña solamente corriendo y mirando hacia adelante. Se puede construir caminando y, posiblemente, haya momentos en los que no se sabe exactamente hacia dónde se está yendo. No importa. Cuando el mapa todavía no existe, el próximo paso puede ser más importante que conocer el destino.
Fuente: https://www.lanacion.com.ar/economia/negocios/el-arte-de-empezar-de-nuevo-nid15082026/