El coraje imperceptible de un héroe
Lo vi alejarse, a merced del viento y de la corriente; estaba de pie en el centro de la balsa, rodeado por sus hombres, con un capote azul y la gorra aferrada por el barbijo. Mientras el Belgrano s...
Lo vi alejarse, a merced del viento y de la corriente; estaba de pie en el centro de la balsa, rodeado por sus hombres, con un capote azul y la gorra aferrada por el barbijo. Mientras el Belgrano se hundía lentamente, la balsa se fue ocultando, entre las olas y la noche, y la perdí de vista. La historia, tan sucinta como los hechos, me la confió Jorge García mucho después de que la guerra concluyera. Jorge es de Salta y tenía diecinueve años entonces; fue el último testigo directo de mi compañero Emilio Torlaschi; compartir ese momento de cruce, del cual solo conocemos fragmentos es el propósito de estas líneas.
Promediaba 1959 cuando Emilio nació en Bahía Blanca; ser el mayor de cuatro hermanos en aquella época estaba asociado al mandato inapelable de la responsabilidad, pero la suya fue una infancia donde no faltaron amigos e imaginación. Rosa María, una de sus hermanas, lo recuerda regresando apurado de la Escuela Sarmiento para ver El Zorro, la serie que cautivó a nuestra generación. De esas aventuras nació su pasión por la esgrima, que mantuvo en la Escuela Naval. Alto, rápido, no dudaba en la estocada a fondo, y solía ser suyo el triunfo en los torneos. Siglos de duelos entre espadas concurren a la filosofía de ese arte, que inculca disciplina, concentración y audacia; valores esenciales para el marino de guerra. El talento para el deporte no le impidió descollar en el estudio, ni en las destrezas del mar, y fue suyo el honor de escoltar la bandera en los desfiles. Hacia principios de 1982 los dados rodaron; nuestra promoción (recién graduada) fue destinada a la Flota de Mar y Emilio, con doce compañeros más, embarcaron en el Crucero Belgrano. Poco después comenzó la guerra. Como sucede en la esgrima, las fintas y el engaño entre los adversarios ocuparon las primeras semanas, donde se comerció espacio por tiempo, una fórmula clásica de la guerra. Hacia fines de abril, los dados rodaron nuevamente.
La jornada en que todo cambió es bien conocida. El 2 de mayo de 1982, un minuto después de las cuatro de la tarde, dos torpedos lanzados por un submarino nuclear británico devastaron el Crucero Belgrano. El ataque, ordenado por Londres, interrumpió un proceso de paz incipiente, pero no es ese nuestro tema. Destruidas las máquinas y arrancada la proa, el comandante ordenó abandonar el buque; la peor orden que puede dar o recibir un hombre de mar. La disciplina imperó en el infierno y cientos de tripulantes saltaron desde la borda al mar. Emilio estuvo entre ellos, pero el azar quiso que su balsa fuera desgarrada por el acero abierto del buque, dejando a la intemperie a una treintena de marinos. La tarde declinaba y el mar, ya nervioso, comenzó a crisparse; estaban empapados, quemados y cubiertos por petróleo; pocas cosas pueden ser tan aterradoras.
Llegamos al corazón de esta historia, que es muy breve, porque el coraje es el instante en que vencemos al miedo y nos entregamos al destino. Emilio ordenó que remaran hasta la única balsa cercana y logró transbordar a unos pocos hombres antes de que se cortaran los cabos que los unían; Jorge García estuvo entre ellos. Esa decisión salvó mi vida, dice emocionado. Luego, las balsas se alejaron; con la demora angustiante con que pasan las cosas en el mar. Emilio sabía que sobrevivir en esas condiciones era inviable, pero reclamar un lugar en la otra balsa estaba más allá de su comprensión del deber; nunca fue una opción. Me atrevo a decir que todos sus camaradas pensaron lo mismo.
Puedo imaginar lo que sucedió después. Los marinos (no puedo precisar cuántos eran, no alcanzo a ver sus rostros) se sentaron en círculo para balancear la balsa y se abrazaron para mitigar el frío atroz del Atlántico Sur; en ese momento fueron solo uno. Tengo la certeza de que pelearon hasta el final y se alentaron; algunos pensaron en sus familias, otros rezaron en silencio; no es imposible que se haya proferido un insulto o un viva a la Patria. En algún momento, el mar los abrazó.
Durante los tres días siguientes, los buques de rescate arrancamos a setecientos setenta tripulantes del mar; cada vida fue un triunfo. Emilio es uno de los héroes que no regresaron; uno de los trescientos veintitrés. Sin saberlo, se había preparado desde niño para ese momento y en la hora obró como siempre pensó que lo haría; no suele haber segundas oportunidades para sostener la promesa de quien decimos ser. Creo que la mejor epopeya, a diferencia de los grandes relatos, se nutre de corajes imperceptibles, casi anónimos, que encadenados, configuran una tradición épica que puede inspirarnos. En el momento en que Emilio ignoró la pulsión de la vida, despreciando la fugaz inmortalidad de la juventud, sumó un verso al poema secreto de la Argentina.
Marino, veterano de Malvinas; docente y escritor. Autor de Vidas paralelas
Fuente: https://www.lanacion.com.ar/opinion/el-coraje-imperceptible-de-un-heroe-nid22042026/