El Indio y Skay, la sociedad intensa y prolífica que se quebró para siempre: historias de “traiciones”, “canalladas” y un encono sin solución
“A mí no me iba a decir lo que tenía que tocar”. Aquella madrugada de 2006, con la desinhibición que da la ingesta alcohólica profusa, Skay Beilinson se despojó de su habitual mesura ante ...
“A mí no me iba a decir lo que tenía que tocar”. Aquella madrugada de 2006, con la desinhibición que da la ingesta alcohólica profusa, Skay Beilinson se despojó de su habitual mesura ante este cronista y descerrajó la frase que abría una gruesa línea en el intríngulis de una situación que aún entonces, seguía siendo un enigma: ¿por qué se separaron los Redondos?
La muerte del Indio Solari, figura central de la cultura rock argentina de las últimas cinco décadas, se produce a casi 25 años del final de una epopeya sin precedentes en la historia de la música de nuestro país. La que construyeron tres personas cuya amistad parecía indestructible y que terminó abruptamente y envuelta en misterio en los albores de la crisis de 2001, cuando el país volaba por los aires.
No están dadas las condiciones para tocar, fue la explicación oficial del momento, cuando se suspendió un show que los Redondos debían dar el 8 de diciembre en el estadio de Unión de Santa Fe. Es cierto que cada aparición de la banda llevaba consigo un mar de conflictos desde aquel tristemente célebre concierto de Obras Sanitarias de 1991, tras el que Walter Bulacio murió tras haber sido golpeado en una comisaría porteña: la irrupción de la barra brava de Huracán en su estadio durante un concierto para saquear lo que encontraban a su paso, la batalla de tensión y piedras en los alrededores de la cancha de Racing, el hombre linchado en pleno Monumental por espectadores que lo vieron acuchillar gente sin ton ni son.
La explicación sonaba creíble. La violencia estaba en el aire y los shows de los Redondos atraían la pulsión de los que estaban al margen y encontraban allí espacio para su desahogo. En aquellos tiempos, parecía que todo se le había ido de las manos al trío que sostenía aquella aventura. Un trío que, desde el principio, para la historia oficial que comenzó a contarse a medida que la banda tomaba vuelo a mediados de los 80, vio claramente compartimentada sus funciones: Indio hacía las letras, Skay la música y Poli –bautizada la 9 milímetros por su ferocidad para negociar- se encargaba del lado menos amable del asunto: la búsqueda de los lugares para tocar, la interacción con las autoridades, la logística.
Parecía un frente indestructible. Pero todo cambió aquel 2001, cuando ya la dimensión de la banda poco tenía que ver con aquella bohemia de pubs que se llenaban con los restos de un lumpenaje intelectual que buscaba su norte en los años de resabios de la dictadura. Para 2001, los Redondos era una empresa musical que facturaba millones (época del 1 a 1) y ya los músicos que completaban la banda eran empleados a sueldo del mentado trío.
La razón del quiebre total, de la ruptura del contrato, como gustaba decir a Indio, se dio a partir de una discusión sobre el material fílmico de los shows, en custodia de Skay y Poli, pareja desde siempre. Con el paso de los años, Solari empezó a pensar que ese valioso tesoro estaba lejos de su alcance, más allá de que estuviera en poder de sus amigos y socios de toda la vida. En caso de que algo le sucediera a la pareja, todo caería en manos del hijo de Poli, Claudio Quartero, a quien Solari nunca tuvo entre sus preferidos. La historia ya se contó: Indio les planteó esta situación, encontró resistencia del otro lado y la discusión estalló en frases hirientes que hicieron volar por los aires 25 años de vínculo. Se terminaban los Redondos, no había vuelta atrás. Por más que tardaran un tiempo largo en contarlo.
Aquel diciembre de 2001, cuando Cavallo primero y De la Rúa después dejaron al país en el vacío, una celebración de fin de año en el boliche Marquee marcó la reaparición de Skay Beilinson sobre un escenario. Quien esto escribe era parte de una banda junto con los periodistas Daniel Amiano y Claudio Kleiman, invitados por el dueño de casa, José Luis Luzzi, un viejo lobo de la noche porteña. Días antes, enterada del evento, Poli pidió si Skay podía ser parte de la banda para tocar algunos temas de los Redondos. Skay jamás había cantado canciones de Patricio Rey. Aquella noche lo hizo. Y lo que parecía una inocente aparición para celebrar fin de año en el reducto de un viejo amigo era en realidad la confirmación de una realidad: Skay preparaba el terreno para su carrera solista. Los Redondos, si había que refrendarlo una vez más, habían dejado de existir.
Skay tardó un año y medio en darle rodaje a su banda solista y tocar por primera vez oficialmente. Fue en noviembre de 2002, en The Roxy, de Mar del Plata; pocos días antes había aparecido su primer disco, A través del mar de los sargazos.
Indio tardó un poco más en digerir la disolución. Y su regreso fue a la escala que su figura preveía. Tras la disolución de una banda masiva, el cantante (casi) siempre se queda con la masividad. Solari lanzó El tesoro de los inocentes a fines de 2004; los shows de estreno fueron casi un año después, en el Único de La Plata.
A partir de entonces, quedaron en marcha sendas carreras solistas con improntas claramente diferenciadas: la de Skay, a escala chica; la de Indio, en formato desproporcionado.
Con el transcurso de los años, uno de los dos tiró la primera piedra. Skay dejó entrever que el rumbo artístico de la banda había sido detonante para la ruptura. El 14 de agosto de 2009, en una entrevista del periodista Sebastián Ramos publicada por LA NACION, Beilinson dijo: “Todo se terminó cuando nos dimos cuenta de que uno de nosotros se quería apropiar de ese proyecto tan hermoso que fue Patricio Rey, que había nacido como la comunión y el aporte de muchos artistas y no los deseos de uno”. Fue un sismo para el mundo redondo, cuya ilusión por una reunión se mantenía en pie a partir de una canción común en los shows solistas: ”Sólo te pido que se vuelvan a juntar”.
Indio contraatacó fiel a su estilo, con una carta publicada en un blog afín. Insistió, no sin varias ironías, en que el conflicto se desató por la custodia del material fílmico, en poder de sus exsocios. “Hasta el día de hoy Poli y Skay están sentados sobre ese material, cuya custodia artística he reclamado en silencio público hasta hoy”, escribió.
Sorprendidos por cómo había escalado el conflicto, la dupla Poli-Skay respondió, ante una consulta del diario Clarín: “En el momento en que plantea litigios futuros y se propone como custodio de un material que nos pertenecía a todos (incluido él), está diciendo que él ya se quería ir de la banda. Es evidente que ya había pensado en una separación”.
El guitarrista sintió íntimamente que, con el transcurso de los años, el cantante tomó el control artístico de la banda. Los últimos dos álbumes de los Redondos son elocuentes: Último bondi a Finisterre y, sobre todo, Momo Sampler son creaciones a imagen y semejanza de los caprichos de Solari. En ambos, Skay está relegado a un papel secundario. Y él lo sintió así. Las diferencias se hicieron irreconciliables. Solari quería otro sonido de guitarra, mucho más crudo; Beilinson no se movía de su manual. Solari era un libro abierto y un voraz consumidor de las nuevas tecnologías y artistas; Beilinson profundizaba en sus viajes espirituales a Oriente, de donde traía imágenes para sus letras y melodías para sus canciones.
En las sucesivas entrevistas que dio Solari, siempre se encargó de exaltarse como figura principal en la banda a la hora de la creación. Casi como un ninguneo a su otrora socio musical. En 2017, en una entrevista con Mario Pergolini, fue explícito: “La familia es la que más te caga, no hay cosa peor que un hermano”. Y se refiere a Skay, sin nombrarlo, como “el amigo del que vos hablás”. “Traición”, es la palabra que usó para definir la ruptura. “¿Te vas a permitir no charlarlo?”, insistió Pergolini. “No hay manera. A mí me podés cagar con guita, no me podés traicionar”, contestó Solari, inflexible.
Tiempo antes se habían cruzado a raíz de la salida a la luz de la enfermedad de Solari. Skay había puesto un manto de dudas y Solari lo trató de “canalla”.
Las versiones públicas de uno y otro sobre las causas del quiebre son el dibujo exacto de una relación que era imposible de recomponer. Para uno (Skay), el conflicto era artístico, pues sobre lo material no había dudas: estaba a salvo y en buenas manos; para el otro (Indio), el quid de la cuestión era moral, él debía tener su parte del botín, no bastaba con la palabra; para Solari, el tema artístico era incuestionable: cada vez que pudo (empujado por una megalomanía que fue creciendo a la par de su figura) expresó que el corazón creativo del grupo era él, “mis canciones”, como le dijo a Pergolini en aquella entrevista.
“Yo esperaba que íbamos a parar un año, que las cosas se calmaran. Pero esperé un llamado que nunca llegó. Es tan intenso lo que vivimos que cualquier cosa menor es una infracción”, le dijo Skay en 2019 al periodista Bebe Contepomi.
Este viernes plomizo y de tímida garúa desayunó con la muerte de Solari, afectado hace varios años por el Parkinson. En las redes, a la par de la catarata de mensajes y tributos, destacó un mensaje atribuido a su viejo compañero de creaciones hacia Carlitos, como solía llamarlo Poli en cualquier charla noctámbula: “Te llevo en cada recuerdo, en cada canción de ayer. Con un inmenso dolor. Buen viaje mi querido amigo, hasta siempre. Ahora sos la luz que viaja entre nosotros y para siempre. Hoy es un día muy triste”.