En una serie producida por Campanella, Matías Bagnato cuenta en primera persona el horror de la masacre de Flores
Matías Bagnato conoce las imágenes con las que el país recuerda a su familia. Ahora quiere compartir otras: las de sus padres y sus hermanos vivos, en movimiento, con sus propias voces. Videos c...
Matías Bagnato conoce las imágenes con las que el país recuerda a su familia. Ahora quiere compartir otras: las de sus padres y sus hermanos vivos, en movimiento, con sus propias voces. Videos caseros que durante décadas no había podido digitalizar y que, gracias a una serie documental, pudo volver a ver. “Yo lo tomo como un regalo tan grandioso: tener esta posibilidad de que todos vean la clase de familia que éramos”, dice en diálogo con LA NACION.
El 17 de febrero de 1994, un incendio provocado por Fructuoso Álvarez González en la casa familiar, en el barrio porteño de Flores, mató a sus padres, José y Alicia; a sus hermanos, Fernando y Alejandro, y a Nicolás Borda, un amigo que se había quedado a dormir. Matías fue el único sobreviviente del ataque. Después llegaron los años de duelo, las nuevas amenazas y una búsqueda de protección que lo obligó a volver una y otra vez a los tribunales y a la televisión.
Ese recorrido es el que aborda La masacre de Flores, la serie documental de tres episodios que llegará el 22 de octubre a HBO Max. Dirigida por Augusto Tejada, producida por 100 Bares y con Juan José Campanella entre sus productores ejecutivos, la propuesta reúne testimonios y material de archivo para recorrer el crimen y sus consecuencias a lo largo de las décadas.
En la charla aparece, una y otra vez, la abuela de Matías. La mujer con la que formó un equipo para atravesar lo que parecía imposible, la que lo sostuvo cuando era adolescente y a la que él acompañó cuando los papeles se invirtieron. Campanella encuentra en ese vínculo algo que, asegura, le costaría creer si lo viera en una ficción. Bagnato prefiere quitarle cualquier rasgo extraordinario: “Yo no soy un superhéroe y la abuela tampoco”.
—¿Cómo surgió la decisión de contar esta historia en una serie documental?
Juan José Campanella: —Con Matías nos conocemos hace más de quince años, casi veinte, durante toda esta odisea que pasó. La pregunta es por qué ahora. Con la muerte de Fructuoso se cierra el caso. Empieza un nuevo desafío para Matías, que podrá ser fuente para otras cosas que hagamos, pero esta historia termina después de treinta años y se puede contar hasta el final. Lo que debatíamos era cuál era el mejor medio para transmitirla de la manera más potente: la ficción o el documental. La ficción podía ofrecernos algunas escenas íntimas que no quedaron grabadas, pero, a mi juicio, esta historia supera tanto a cualquier cosa que la ficción pueda mostrar que hay situaciones que parecerían increíbles. Verla en la realidad, con sus protagonistas, tiene una potencia emocional mucho más fuerte y contundente. Así que decidimos ir por este camino.
—¿Qué es lo que más incredulidad te provoca: lo que ocurrió o la manera en que Matías pudo seguir adelante?
Campanella: —Como observador, las dos cosas. Como realizador de ficción, uno a veces se niega a que haya un villano puro. Parece que la lógica humana es que hasta a la persona más mala hay que encontrarle una motivación, algo que le pasó en su infancia. Acá nos encontramos con una persona, Fructuoso, que para mí es el mal personificado, sin ningún tipo de justificación. Si fuera una ficción, podría provocar incredulidad.
—Sería un personaje sobreactuado.
Campanella: —Exactamente. Lo único que le falta es el bigote y que se lo retuerza. Y lo otro es la personalidad de los sobrevivientes: quiero incluir a Matías y a su abuela, porque los dos son protagonistas de esta historia de supervivencia. En el caso de ella, es la pérdida de la hija y de los nietos. Se quedan dos extremos de una familia. Cómo lograron sobrevivir y tener una vida normal —que no quiere decir sin problemas, sino con los problemas normales con los que uno lidia todo el tiempo— es realmente inspirador y muy emocionante para mí. En una ficción, así como el malo sería demasiado malo, con la historia de ellos alguien podría decir: “Ah, bueno, al final termina todo bien”. Son cosas que en la realidad suceden.
—Matías, ¿cómo lograste sobrevivir y volver a tener esos problemas cotidianos?
Matías Bagnato: —Ver plasmados esos treinta años en tres capítulos me impactó mucho. Hasta yo mismo me hago esa pregunta. Veo esto y digo: “¿Cómo mierda hice para salir adelante, para tener una vida lo más normal posible?”. Sin dudas, sé la respuesta: lo logré por tener al lado a una persona como la abuela. Sin ese pilar, esa contención, ese apoyo mutuo y ese equipo que formamos, hubiera sido imposible. Hay algo que no hay que perder de vista: yo tenía dieciséis años, con todo lo que implica una edad tan particular en la vida de cualquier ser humano. Que me quitaran en una noche a toda mi familia, de la forma en que fue… Si no hubiera tenido esa contención increíble de mi abuela, hubiera sido muy difícil. Y después sumémosle todas esas trompadas que recibí durante tantos años por parte de la Justicia.
—Muchas personas conocen cómo murió tu familia, pero quizá no tanto cómo vivió. ¿Qué lugar ocupa eso en el documental?
Bagnato: —Es justamente una de las cosas que más contento me tiene. Si bien la serie parte del caso policial, pude contar lo que éramos como familia. Gracias al gran trabajo de la producción, pude tener estos videos y verlos a ellos vivos, moviéndose, escuchar sus voces. Era material de hace más de treinta años que no había podido digitalizar. También había un montón de cosas que nunca pude compartir por la situación, por miedo, porque no quería que él supiera; por ejemplo, la familia que formé. Había toda una interna que, en la locura en la que vivía, no podía compartir. Creo que lo más rico de la serie es poder contar cómo fue ese apoyo con la abuela, cómo pudimos seguir adelante y cómo éramos como familia. Para mí es importantísimo. Lo tomo como un regalo tan grandioso: tener esta posibilidad de que todos lo vean.
—Juan, los afectos tienen un lugar central en tus películas. ¿Qué te conmueve de la manera en que Matías reconstruyó sus vínculos?
Campanella: —Los afectos son lo único que te saca. Creo que uno de los condimentos más importantes para validar ante uno mismo la vida propia es para qué sirve, a quién le sirve. En el caso de Mati, la abuela le decía: “No les podemos hacer eso, no nos podemos caer nosotros”. No era solamente una cuestión de supervivencia, sino también un homenaje a los que se fueron. A veces uno cae en los pozos cuando siente que no le sirve a nadie. En una definición más amplia de familia, que no tiene que ver solamente con la sangre, lo que está presente en mis películas son las familias que uno forma: la del club, la gente de tribunales, la del restaurante, la de la redacción. Esos parientes que uno elige. Es una ida y vuelta: uno tiene que servirles a los demás y los demás le sirven a uno.
—Matías, más allá de la Justicia, ¿te enojaste con la vida, con Dios?
Bagnato: —Sí. Sería un hipócrita si te dijera que no, porque creo que a cualquier persona en mi situación le pasa. El primer enojo lo tenés con la vida. Sobre todo por el tema de los chicos, que es tan difícil de asimilar y entender. Cuando te pasan cosas buenas, uno siempre dice: “Gracias a Dios”. Y cuando pasan estas cosas, decís: “¿Cómo puede ser que, si hay un Dios, pueda morir un nene de nueve años, uno de catorce, de esta forma? ¿Que el mal pueda llegar a tanto?”. Ahí volvemos al trabajo de la abuela. Fue ella la que me ayudó a no crecer con ese odio, esa bronca, ese resentimiento. Hizo un gran trabajo para correrme de ese lado y que pudiera empezar a valorar el amor de esa familia que la vida también me dio: mis amigos, mi pareja hoy. Tener tan presente la palabra amor hizo que hoy podamos hablar de un triunfo, a pesar de todo lo horrible que me tocó vivir.
—¿Qué sigue faltando para que las víctimas se sientan acompañadas por la Justicia?
Bagnato: —Creo que es un trabajo que va a llevar mucho tiempo en la Argentina. Siempre el ojo estuvo puesto en el victimario y no en la víctima. Y no es un dato menor que, dentro de un proceso penal, la única persona que no elige estar en ese lugar es la víctima. El juez quiere ser juez; el fiscal quiere ser fiscal; el abogado, lo mismo. Ninguna víctima quisiera pisar tribunales y tener a su ser querido en un cementerio. Es un cambio de paradigma. No se puede pensar que va a cambiar de un día para el otro, porque venimos de décadas de un sistema que funcionó de esta forma. Hemos logrado un gran paso, que es la ley de víctimas, pero falta mucho. Y no estoy hablando de sacarle derechos al victimario ni desde un lugar de venganza. Hablo de que la víctima, cuando se acerque a un juzgado, no sienta que le están haciendo un favor. Que no tenga que hacer lo que hice yo: mendigar para que la protejan, la cuiden o le den respuestas. Eso no puede pasar más en nuestro país.
—¿Qué puede aprender el público al ver esta historia?
Campanella: —Va a ver extremos de maldad, en el caso de Fructuoso, que uno no encuentra cotidianamente. Y extremos de resiliencia y de ansias de superar la bronca. Pienso en Mati, pero también en la abuela, que perdió a su hija incendiada. Son los dos extremos a los que puede llegar la humanidad, tanto el de superación como el de maldad, que no se ven en la vida cotidiana. Y es absolutamente real: no es una película.
—Por lo que cuentan de la abuela, ¿la de Matías es una historia de terror o de ternura?
Campanella: —Las dos cosas. Aunque no creo que la ternura fuera exactamente el arma que más usaba la abuela. Mati, corregime vos, que estuviste todos los días con ella.
Bagnato: —Todo lo contrario.
Campanella: —Era un sargento. Salió a fuerza de resiliencia y de resistencia, también a caer en esa desesperación y en esa maldad. A no dejarse absorber por la toxicidad de este tipo.Nos pasa a todos en niveles mucho menores: entrás en el mundo de una persona tóxica y esa toxicidad te toca, te afecta. Es muy difícil no empezar a actuar de esa manera también. Imaginate el grado al que estuvieron sometidos Mati y la abuela. No caer en eso, no pedir nunca venganza, para mí es inspirador. Lo tengo que ver en serio: si lo veo en una película, no lo creo.
Bagnato: —La serie también permite remarcar esos valores y mostrar algo que nos pasa a todos. Esa templanza, esa fortaleza que tuvo la abuela cuando yo tenía dieciséis años… Después los roles se fueron invirtiendo. Esa abuela tan fuerte, en sus últimos días, lloraba todo el día, no tenía fuerzas, y yo era el mano dura en ese momento. Ese cambio de roles lo tenemos todos en nuestra vida. Y a mí me gusta transmitir eso a través de la historia: yo no soy un superhéroe y la abuela tampoco. Creo que todos tenemos esa fuerza. Ojalá esta historia también sirva para que mucha gente pueda seguir adelante.