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¿Estamos perdiendo el cielo nocturno?

Después de cenar, en un patio, en un balcón o simplemente parados en la vereda, cualquiera de nosotros puede intentar buscar la Cruz del Sur. Es muy probable que no aparezca. Y no por culpa de la...

Después de cenar, en un patio, en un balcón o simplemente parados en la vereda, cualquiera de nosotros puede intentar buscar la Cruz del Sur. Es muy probable que no aparezca. Y no por culpa de las nubes, sino por ese resplandor sutil pero voraz que sube desde las calles, los carteles y las ventanas encendidas, borrando el firmamento casi sin que nos demos cuenta. Nos pasa a la mayoría, ya sea que vivamos en una casa con jardín o un departamento en el centro urbano.

Hoy, más de la mitad de los argentinos vive bajo un cielo tan iluminado que ya no puede ver la Vía Láctea desde su hogar. Si bien la inmensidad de nuestra geografía aún resguarda rincones intactos, el crecimiento desordenado de las ciudades “diluye” las estrellas a un ritmo muy acelerado. Para entender la distancia entre un cielo contaminado y uno puro, basta mirar los extremos del país: mientras que en el asfalto porteño las luces barren prácticamente todo rastro de constelaciones, la región del Complejo Astronómico El Leoncito, en San Juan, todavía resiste con una noche casi intacta. Allí, el cielo conserva un nivel privilegiado en la escala Bortle, el termómetro que usan los astrónomos para medir la verdadera pureza de la oscuridad.

Hay una paradoja contraintuitiva en este escenario. Durante años, el reemplazo de las viejas bombillas por tecnología led se presentó como un avance ambiental indiscutible; de hecho, consumen entre un 50% y un 80% menos de energía. Sin embargo, ese ahorro no se tradujo en un respiro para las ciudades, sino en un efecto rebote: al abaratarse el costo por foco, se multiplicaron las luminarias, las horas de encendido y las intensidades. Investigadores calculan que esta tendencia podría triplicar el brillo artificial de la atmósfera en los próximos años. Ahorramos energía, pero extraviamos el cielo a pasos agigantados.

El asunto no es puramente estético ni exclusivo de los observatorios. La luz artificial desmedida altera profundamente el pulso de los seres vivos que dependen de las sombras. Contribuye a la silenciosa desaparición de insectos nocturnos y altera la polinización de flores que despiertan justamente tras el atardecer, como ciertos jazmines o la dama de noche, sin importar si crecen en un gran cantero o en una maceta de balcón.

En las personas, la exposición nocturna a este estímulo interfiere con la melatonina y altera el sueño; un desvelo que compartimos con las plantas, cuyos ritmos circadianos también se confunden ante la eterna claridad artificial. Existen antecedentes locales que demuestran que es posible regular el paisaje nocturno. Desde 1987, una ley protege la calidad atmosférica en los alrededores de El Leoncito, y desde 2005, Malargüe, en Mendoza, cuenta con una ordenanza que limita la iluminación exterior. Son oasis normativos ligados a la ciencia, pero prueban que la oscuridad puede ser una política pública de conservación.

Mientras esa escala mayor madura, quedan decisiones domésticas al alcance de la mano. Elegir lámparas cálidas en vez de las azuladas —que son las que más se dispersan en la atmósfera—, orientar los artefactos estrictamente hacia el suelo y colocar temporizadores son solo algunas. Ninguno de estos gestos le devolverá el cielo estrellado a las grandes ciudades. Pero multiplicados en miles de patios y frentes, bien podrían empezar a disipar ese velo eléctrico que hoy nos separa del infinito.

Fuente: https://www.lanacion.com.ar/revista-jardin/estamos-perdiendo-el-cielo-nocturno-nid21102026/

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