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Fracasar en nombre del cambio social: la izquierda en su laberinto

“El corazón late a la izquierda”. Así tituló Oskar Lafontaine su vibrante alegato político, luego de renunciar al Ministerio de Finanzas del gobierno de coalición de Alemania y a la jefatu...

“El corazón late a la izquierda”. Así tituló Oskar Lafontaine su vibrante alegato político, luego de renunciar al Ministerio de Finanzas del gobierno de coalición de Alemania y a la jefatura del Partido Socialdemócrata, el 11 de marzo de 1999.

Encabronado por las políticas de ajuste implementadas por su aliado, el premier Gerhard Schröder, aquella poética apelación se transformó pronto en anatema de resistencia para los miembros de la gauche europea, que lidiaban por entonces con exorcizar la maldición del este, la peste autoinmune que había devorado a la URSS y el llamado “socialismo real”, y que, por efecto rebote, contaminaba el buen nombre y honor de todas las fuerzas que propiciaban la transformación progresista de los sistemas sociales. Ni la gauche moderada había podido zafar de las consecuencias del derrumbe. Los fragmentos de la demolición en el este se incrustaron, incluso, en quienes –ajenos al leninismo y a la Tercera Internacional– proponían sociedades “más humanas”, Estados fuertes y una mejor distribución de la riqueza.

El comunismo se hundió sin emitir suspiros. Nadie salió en su defensa, simplemente se desvaneció. ¡Tanto se había preparado Occidente para ganar la tercera guerra mundial y resultó que, del otro lado, no había nada! Un día, un señor dijo: “Haga usted lo que corresponda…” Y el Muro de Berlín se convirtió en polvo.

Disney le habría dado más cuerda a la imaginación.

“Quien no extrañe la Unión Soviética no tiene corazón, pero quien quiera que vuelva no tiene cerebro”. La frase suele atribuirse a Vladimir Putin. Suena creíble que su autor fuera un hombre pragmático y calculador formado por la KGB, el servicio de espionaje soviético. Además de idealistas pacatos y burócratas desganados, la maquinaria soviética fabricaba buenos agentes de inteligencia, una de las pocas actividades eficientes de aquel perezoso régimen. Si esos espías no se adelantaron a la primicia del desmoronamiento, no fue por falta de preparación y astucia, sino porque la monotonía del sistema lo carcomía todo: hasta las alertas tempranas llegaban tarde. En el socialismo real, nadie quería saber nada con la realidad. Todo se planificaba, hasta la negación.

Aunque el pensamiento de izquierda es un universo variado, lo cierto es que, cada vez que la historia vuelve a deglutirse a una de sus criaturas –como ocurrió en tiempos recientes con el chavismo y ocurre con la cada vez más decadente y esperpéntica “Revolución cubana”–, deberían sonar las alarmas en toda la comarca.

De ese diabólico circuito quiso escapar Lafontaine con su romántica y contundente proclama. No logró, sin embargo, mucho más que una bella metáfora.

La gauche mundial siguió licuándose. Sus preceptos morales, ese néctar que solía encandilar a poetas y novelistas en el siglo XX, volvió a hundirse en un lodazal de mezquinos intereses. Nada es igual a nada, pero, las más de las veces, la escasa o nula contundencia para condenar a los tiranos del “propio palo” –cuando no la complicidad ideológica y/o económica desembozada– revierte, a la corta o la larga, en descrédito y frustración para todos los miembros de la familia.

Algunas escenas que pudieron verse en la televisión europea de las marchas “solidarias con el pueblo venezolano”, organizadas por amigos locales del régimen caribeño, fueron un calco de otras tantas realizadas históricamente y que solo han servido para pagar culpas por las bondades de vivir en países opulentos. El progresismo cultural es proclive a cerrar los ojos cuando el crimen se enseñorea en su zona de influencia.

Las catástrofes se reiteran, una y otra vez, pero el celo ante el terror se bandea siempre hacia el mismo lado. La pasión que se invirtió en la solidaridad con “las víctimas” en Gaza fue inversamente proporcional a la compasión ante el sufrimiento de venezolanos y cubanos, hambreados, condenados a una vida infrahumana, ajenos a todo atisbo de libertad y de progreso. Las pesadillas de los presos políticos, de los torturados y de los exiliados caribeños parecen no conmover a quienes sueñan con un mundo mejor. Fidel Castro, dueño de una verba afilada y un histrionismo inigualable, supo hacer arrodillar frente a su altar a buena parte de la inteligencia del mundo desarrollado. Sus herederos, capitaneados por el decrépito Raúl y el infumable Díaz-Canel, siguen gozando, aún hoy, de la licencia poética que les legó aquel barbudo que alguna vez bajó de la montaña, prometió el paraíso en la Tierra y se cargó, solo en el primer año de Revolución, a cinco mil opositores.

Tampoco parece ser una preocupación real y sincera de las izquierdas democráticas –con perdón de las excepciones, que siempre las hay– la enfermiza inclinación hacia la codicia de caudillos supuestamente revolucionarios, todos ellos –casi sin excepciones– adictos a las cuentas en Suiza. Millonarios y represores, dos clases de tipos y tipas que desmienten con sus acciones la buena vibra de los Lafontaine de este mundo.

Fraude, crimen y latrocinio.

¿Por qué deberían las masas populares volver a probar con estas fórmulas si siempre terminan igual?

Cada apuesta revolucionaria se ha devorado, a lo largo del siglo XX, al menos, a una generación completa de soñadores.

Martirios. Crímenes. Miseria. Frustración.

La historia se repite. Igual, pero peor.

Ahí están, para probarlo, los hermanos Rodríguez –Delcy y Jorge– y el sanguinario Diosdado Cabello, haciéndose gárgaras de bolichavismo, mientras sigue habiendo presos políticos en las cárceles del régimen, la democracia no asoma y el petróleo se convierte en garantía de inmunidad para los sátrapas locales.

Cuba, Venezuela y Nicaragua son, además de una pesadilla para sus propios habitantes, una carga trágica en la mochila de quienes, amparados en nobles propósitos, las sostuvieron y sostienen espiritualmente. No se puede tratar a regímenes aberrantes como si fueran travesuras realizadas por parientes disfuncionales. Toda omisión al respecto se vuelve puñal envenenado. Este mensaje debería ser atendido en estos barrios por líderes como el brasileño Luis Ignacio Lula da Silva, presidente de la democracia más grande del continente sudamericano, esquivo a condenar a los autoritarios cuando circulan por izquierda. No alcanza con jugar al distraído, se requieren gestos auténticos de rechazo a la opresión. Venga de donde venga.

¿Se puede, acaso, chocar siempre contra la misma piedra?

Claro que sí.

¿Es la matriz la que falla?

Sobre esta última pregunta deberían centrar su atención quienes aspiran a una alternativa “de nuevo tipo”. Probablemente, para lograrlo, deban desprenderse antes de ese relativismo que los narcotiza, esa propensión a la tilinguería que se consume en ámbitos de fogosas proclamas y escasas reflexiones sobre las propias aberraciones.

Los males autoinducidos son los peores, porque devienen cinismo, se instalan como conductas esperables y anulan la capacidad de frustración.

¿El corazón late a la izquierda?

Por ahora, ha sido solo una bella alegoría.

Fuente: https://www.lanacion.com.ar/opinion/fracasar-en-nombre-del-cambio-social-la-izquierda-en-su-laberinto-nid29092026/

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