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Jo Schlesser cumplió el sueño de correr en la Fórmula 1 a los 40 años, pero se mató a las tres vueltas

Rouen, 7 de julio de 1968.La lluvia caía sobre el bosque normando mientras los motores rugían en uno de los circuitos más rápidos y peligrosos de Europa. Entre los 18 pilotos que tomaron...

Rouen, 7 de julio de 1968.

La lluvia caía sobre el bosque normando mientras los motores rugían en uno de los circuitos más rápidos y peligrosos de Europa. Entre los 18 pilotos que tomaron la salida del Gran Premio de Francia había uno que parecía fuera de lugar. No era un joven prodigio. Tampoco una estrella en ascenso. Tenía 40 años, una edad que en aquella Fórmula 1 equivalía casi a una despedida. Se llamaba Jo Schlesser y acababa de recibir la oportunidad que había perseguido durante toda su vida. Tres vueltas más tarde, estaba muerto.

La historia de Joseph Schlesser nunca fue la de un piloto destinado a la Fórmula 1. Nació el 18 de mayo de 1928 en Francia, hijo de un ingeniero civil que trabajaba gran parte del tiempo en Luxemburgo. Tenía dos hermanos mayores, Norbert y Jean-Charles. La familia pertenecía a una clase media y profesional. No hay indicios de que Jo creciera en un entorno especialmente rico.

Pasó parte de su juventud en la región de Nancy, una zona que en aquella época tenía fama de ser dura. Su amigo y periodista Jabby Crombac lo describía como un joven rebelde e inquieto, alguien que todavía no sabía muy bien qué quería hacer con su vida. Su sobrino fue el famoso piloto de rally y Fórmula 1 Jean-Louis Schlesser, quien recordaba a Jo como una persona muy amable, siempre dispuesto a enseñar mecánica y transmitir su amor por los coches.

Su entrada al automovilismo fue casi accidental. Un médico amigo suyo era aficionado a los rallies y estaba convencido de que Jo conducía mejor que él. Lo invitó a correr una prueba juntos y ganaron. Ese éxito despertó algo en Schlesser. Poco después mostró talento en categorías menores, pero tenía un problema: necesitaba dinero.

Para mejorar su situación económica, Jo decidió marcharse varios años a Madagascar, donde los técnicos mecánicos franceses podían ganar aproximadamente el doble de salario que en Francia. Allí trabajó vendiendo máquinas registradoras y calculadoras, mientras seguía compitiendo ocasionalmente. Ese detalle es importante porque demuestra que no era un piloto mantenido por la fortuna familiar: durante años financió su propia carrera con el dinero de su trabajo.

Construyó su reputación en el automovilismo más duro de todos: las carreras de resistencia y los grandes clásicos ruteros europeos. Era parte de una generación de corredores que viajaban de circuito en circuito sabiendo que cada fin de semana podía ser el último. Su nombre empezó a ganar prestigio en las pruebas de larga duración. Allí conoció a Guy Ligier, con quien forjó una amistad que terminaría siendo inquebrantable. Juntos compartieron coches, proyectos y sueños. Y juntos desafiaron a máquinas que parecían demasiado grandes para las pistas donde corrían.

En 1967 llevaron un gigantesco Ford MkIIB de siete litros a Mugello, una brutal carrera por carreteras públicas en las montañas de la Toscana. Mientras los ágiles Porsche y Alfa Romeo parecían tener todas las ventajas, Schlesser y Ligier condujeron aquel monstruo de 550 caballos hasta un sorprendente cuarto puesto absoluto. Era el tipo de resultado que definía a Schlesser. Nunca aparecía como favorito, pero siempre encontraba la forma de estar adelante. Si existía una carrera capaz de resumir su trayectoria era Le Mans.

La relación entre Schlesser y las 24 Horas fue una mezcla permanente de velocidad y frustración. Participó siete veces, abandonó en todas. Ningún otro escenario refleja mejor esa combinación de talento y mala fortuna. La edición de 1967 fue especialmente cruel. En plena noche, cuando los coches atravesaban las famosas Esses de Le Mans a velocidades imposibles, Mario Andretti perdió el control de su Ford al bloquear los frenos. Roger McCluskey llegó segundos después y también chocó intentando evitarlo. Entonces apareció Schlesser. No tuvo escapatoria. Su Ford impactó contra los otros vehículos accidentados y quedó destruido. Tres coches oficiales de Ford quedaron eliminados en cuestión de segundos. Schlesser salió con vida.

Los testimonios coinciden en varios rasgos: era extremadamente sociable, optimista, alegre, con una gran habilidad mecánica y poseía mucho coraje al volante. Nunca dejó de perseguir oportunidades, incluso cuando ya parecía demasiado mayor para alcanzarlas.

Muchos pilotos de su época comenzaron a destacarse a los 20 años. Schlesser recién alcanzó notoriedad internacional cuando ya tenía más de 30 años. Incluso, debutó en un Gran Premio de Fórmula 1 con 40 años, una edad muy inusual para un debutante.

A comienzos de 1968 parecía que el francés estaba viviendo el mejor momento de su carrera. Porsche lo incorporó a su estructura oficial para disputar el Campeonato Internacional de Marcas. Los resultados llegaron enseguida. Tercero en Daytona. Segundo absoluto en los 1000 Kilómetros de Spa. Vuelta récord de la carrera. Los jóvenes pilotos admiraban su experiencia. Los equipos respetaban su capacidad técnica. Y sus compañeros sabían que, cuando aparecían condiciones difíciles, Schlesser siempre encontraba velocidad donde otros afrontaban problemas.

El salto tan ansiado

Sin embargo, había algo que seguía faltando: la Fórmula 1. La categoría reina nunca le había abierto realmente las puertas. Hasta que apareció Honda…

En junio de 1968 la marca japonesa presentó uno de los proyectos más extraños de la historia del Mundial. Se llamaba RA302. Era revolucionario. Y aterrador. Su estructura utilizaba paneles de magnesio para ahorrar peso. El motor era un experimental V8 refrigerado por aire. En la teoría representaba el futuro. En la práctica, era un enorme signo de interrogación.

El encargado de probarlo fue el inglés John Surtees, cuádruple campeón mundial de motociclismo y campeón del mundo de Fórmula 1 en 1964. Una de las voces más respetadas del paddock. Su conclusión fue demoledora: el coche no estaba listo. Era difícil de conducir e imprevisible. Y sobre todo, según él, era peligroso. Surtees se negó a correr con aquel Honda. Los ingenieros insistieron, pero el piloto mantuvo su postura. Entonces Honda buscó una alternativa. Y encontró a Jo Schlesser.

Resulta imposible saber qué pensó aquel francés de 40 años cuando recibió la propuesta. Quizá vio una oportunidad irrepetible. O creyó que nunca volvería a tener una ocasión semejante. Tal vez, simplemente hizo lo que había hecho toda su vida: aceptar un desafío. Lo cierto es que llegó a Rouen para conducir un coche que prácticamente nadie conocía.

Había realizado muy pocas pruebas. Nunca lo había manejado con los tanques llenos. Y debía hacerlo bajo la lluvia. Durante los entrenamientos sufrió una salida de pista. El coche seguía mostrándose nervioso, difícil, ingobernable. Exactamente lo que Surtees había advertido. El Gran Premio de Francia se corrió el 7 de julio. Schlesser avanzaba con prudencia. No estaba atacando y ni siquiera se encontraba luchando por posiciones. Simplemente intentaba entender el comportamiento de aquella máquina.

El accidente de SchlesserLa tragedia del debutante Schlesser

En la tercera vuelta llegó a la rápida curva de Six Frères. El Honda perdió adherencia y salió despedido. Golpeó un terraplén y volcó. Inmediatamente explotó y fue una gigantesca bola de fuego. El magnesio convirtió el accidente en un infierno. Las llamas alcanzaron varios metros de altura. Los comisarios apenas podían acercarse. Mientras tanto, la carrera continuó. Durante varias vueltas los demás pilotos atravesaron la nube de humo y fuego que envolvía el lugar del accidente. Cuando finalmente pudieron acceder al auto, ya era demasiado tarde: Jo Schlesser había muerto.

Jo estaba casado con Annie Schlesser. Lejos de ser una figura secundaria, Annie fue fundamental en su carrera. Lo acompañaba a las carreras, llevaba registros de vueltas, organizaba la correspondencia y prácticamente actuaba como administradora de su pequeño equipo. Algunos amigos la describían como una auténtica directora deportiva. La pareja tuvo una hija. Cuando Jo murió en 1968, ella tenía alrededor de 12 o 13 años.

Annie también ayudó económicamente a la familia en momentos difíciles, llegando a trabajar como secretaria para complementar los ingresos cuando el dinero de las carreras no alcanzaba.

¿Qué le gustaba? Más allá de competir, Schlesser parecía disfrutar profundamente tres cosas: conducir cualquier tipo de vehículo de competición, la mecánica y la resolución de problemas técnicos y la camaradería del mundo del automovilismo.

Corrió rallies, resistencia, prototipos, GT y monoplazas. No era un especialista en una sola categoría; amaba las carreras en general.

La tragedia provocó una onda expansiva que se extendió mucho más allá de Rouen. Honda construyó un segundo RA302. Nunca volvió a competir. Surtees volvió a rechazarlo. Y la marca japonesa abandonó la Fórmula 1 al final de aquella temporada. Rouen-les-Essarts tampoco volvería a recibir al Campeonato Mundial.

La muerte de Jo Schlesser fue devastadora para su amigo Guy Ligier, que decidió abandonar la conducción. Años después fundó su propia escudería. Y tomó una decisión que mantendría vivo el recuerdo para siempre. Todos sus coches llevarían las iniciales “JS”. JS5, JS11, JS17, JS21. No eran las iniciales de Ligier: eran las de Jo Schlesser.

El accidente de Schlesser terminó convirtiéndose en uno de los capítulos decisivos en la creciente discusión sobre la seguridad de los circuitos europeos. Pero quizás el legado más emotivo nació lejos de Honda y de la Fórmula 1. Nació en el corazón de Guy Ligier.

La muerte de su amigo fue un golpe durísimo, de esos que hieren el corazón. Tan devastador que decidió abandonar la conducción. Años después fundó su propia escudería. Y tomó una decisión que mantendría vivo el recuerdo para siempre. Todos sus coches llevarían las iniciales “JS”. JS5, JS11, JS17, JS21. No eran las iniciales de Ligier: eran las de Jo Schlesser. El piloto que sobrevivió a Le Mans. El hombre que llegó tarde a la Fórmula 1. Y que encontró la muerte en el único coche que nadie más quiso conducir.

¿Qué perseguía en su vida? Probablemente esta sea la parte más reveladora de su historia. Jo Schlesser no perseguía la riqueza ni la fama. Si ese hubiera sido su objetivo, habría abandonado mucho antes. Durante años estuvo corto de dinero, sufrió lesiones graves y fue constantemente considerado demasiado viejo para triunfar. Lo que perseguía era un sueño muy concreto: demostrar que podía llegar a la élite del automovilismo.

Cuando finalmente recibió la oportunidad de conducir un coche oficial de Fórmula 1 en el Gran Premio de Francia de 1968, sintió que estaba cumpliendo la ambición de toda su vida. Su amigo Jabby Crombac contó que Schlesser estaba emocionado simplemente por haber llegado allí.

Tras su accidente mortal en Rouen, Crombac se sintió culpable por haber recomendado su nombre para ese asiento. Annie le respondió algo que resume perfectamente quién era Jo: “Ese fue el mejor día de la vida de Jo. Si hubiera podido elegir, igualmente habría conducido ese coche”. Según Annie, para Jo lo verdaderamente insoportable habría sido morir sin haber conducido nunca un Fórmula 1 oficial.

Por eso, más que la historia de un piloto, la vida de Jo Schlesser es la historia de un hombre que pasó décadas persiguiendo una meta improbable y que, aunque sólo pudo disfrutarla durante unas vueltas, finalmente la alcanzó.

Fuente: https://www.lanacion.com.ar/deportes/automovilismo/jo-schlesser-cumplio-el-sueno-de-correr-en-la-formula-1-a-los-40-anos-pero-se-mato-a-las-tres-nid15082026/

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