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La arquitecta y diseñadora parisina que transforma la herencia clásica de su ciudad en interiores contemporáneos de elegancia serena

El arte de la arquitectura es algo más que construir edificios, se trata de crear atmósferas. Esa es la meta de Sarah Dray. Su trabajo susurra, envuelve. En sus proyectos, la luz parece pensada c...

El arte de la arquitectura es algo más que construir edificios, se trata de crear atmósferas. Esa es la meta de Sarah Dray. Su trabajo susurra, envuelve. En sus proyectos, la luz parece pensada como un material más, las texturas dialogan en voz baja y cada línea responde a una búsqueda de equilibrio casi musical. Sus interiores podrían compararse con un traje azul marino impecablemente cortado: clásicos, discretos, imposibles de fechar.

Para comprender su sensibilidad hay que volver a su infancia. Nació y creció en París, en departamentos haussmannianos de techos altos, molduras elegantes y pisos de madera antigua. Esa arquitectura formó parte de su vida cotidiana sin necesidad de ser nombrada. Era el escenario natural de los encuentros familiares, de mesas cuidadosamente puestas, de flores frescas y celebraciones donde el arte de recibir tenía un papel central.

“De chica me encantaba reinventar mi entorno”, recuerda. Movía muebles, armaba refugios con sábanas, reorganizaba objetos. Pasaba horas dibujando sola en su habitación e imaginando espacios. Allí empezó a gestarse su sensibilidad: en el contraste entre la solemnidad clásica de los grandes salones y la posibilidad de transformar un cuarto con apenas un gesto. También en la luz que entraba por los ventanales y modificaba la atmósfera a lo largo del día. Entendió temprano que un espacio no es estático: respira.

Con el tiempo, esa intuición se convirtió en vocación. Hoy, su nombre está asociado a proyectos donde la precisión arquitectónica se funde con la calidez material y el lujo se define menos por la ostentación que por la experiencia íntima que propone. En uno de sus trabajos más recientes, la residencia Pyramides de la colección Highstay Maisons, tradujo la elegancia parisina en una clave contemporánea y acogedora, concebida para viajeros, pero con el espíritu de un departamento refinado. Dray define su estilo como “pulido, refinado y atemporal”. Sus interiores son estructurados y precisos. “La estructura aporta coherencia y facilita la vida cotidiana”, sentencia. Recientemente ha encontrado inspiración en el art déco, especialmente en el diálogo entre curvas y simetrías estrictas.

Algo más que define su práctica: una escucha atenta. En una profesión atravesada por la psicología y el vínculo con el cliente, Sarah Dray reivindica la calma, “la disponibilidad y la empatía como herramientas de trabajo”, añade. Defiende sus ideas, pero sabe que el verdadero éxito de un proyecto radica en que quien lo habite se reconozca en él.

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-¿Hubo influencias familiares que la orientaran hacia la arquitectura y el diseño de interiores?

-Sí, absolutamente. En mi familia el arte de vivir y de recibir era muy importante. Las comidas, las celebraciones y los momentos compartidos siempre estaban realzados por la decoración, la vajilla, las flores. Crecí en un entorno donde la belleza no era solo estética, sino emocional. No se trataba de decorar por decorar, sino de crear un clima. Mi amor por el dibujo y mi naturaleza artística encontraron allí un terreno fértil. Entendí que un espacio puede amplificar lo que sucede dentro de él.

-¿Recuerda un momento definitorio en el que supo que quería dedicarse a esto?

-No fue un instante puntual, sino una certeza silenciosa que fue creciendo. Me di cuenta de que quería crear espacios capaces de provocar emoción y de contar historias. Siempre me interesó esa dimensión narrativa de la arquitectura interior: cómo un lugar puede hablar sin palabras, cómo puede acompañar la vida de quienes lo habitan.

-¿Cómo definiría su identidad como arquitecta y diseñadora en el contexto parisino?

-Diría que se basa en una búsqueda constante de equilibrio. Me interesa honrar el patrimonio parisino, su historia y su elegancia, pero introduciendo una modernidad sutil. Combino precisión arquitectónica con refinamiento en los materiales. Busco que los espacios sean elegantes, sí, pero también cálidos y vivos. París tiene una identidad muy fuerte y uno debe dialogar con ella, no competir.

-¿Cuáles son los principales desafíos de diseñar en una ciudad con tanta historia?

-El mayor desafío es respetar el alma del lugar y, al mismo tiempo, anclarlo en el presente. No se trata de caer en la copia del pasado ni de borrarlo. Hay que encontrar un punto justo: mantener la esencia, pero permitir que el espacio evolucione. Es un ejercicio de equilibrio permanente.

-En el proyecto Pyramides, ¿cuál fue la idea central que la guió?

-Quise traducir la elegancia parisina en una versión contemporánea e íntima. La intención era crear un espacio sofisticado y acogedor al mismo tiempo, pensado para viajeros, pero con el espíritu de un departamento parisino refinado. Que quien llegue sienta que habita un lugar auténtico, no un decorado.

-¿Qué rol tienen los materiales en su proceso creativo?

-Siempre son centrales. Elijo texturas nobles y atemporales -mármol, madera, telas de calidad- y me aseguro de que dialoguen entre sí. El criterio principal es su capacidad de envejecer bien y de contribuir a una atmósfera serena. Creo profundamente en los materiales que ganan carácter con el tiempo.

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-¿Cómo logra ese equilibrio entre modernidad y atemporalidad?

-Trabajo con líneas limpias, que luego suavizo con materiales cálidos y detalles sutiles. Para mí, la atemporalidad nace del equilibrio. Evito las tendencias demasiado marcadas y prefiero una modernidad silenciosa, que no grite.

-En términos emocionales, ¿qué espera ofrecer a quienes habitan o visitan sus espacios?

-Quiero que se sientan inmediatamente a gusto, envueltos por una atmósfera elegante y tranquilizadora. Mis espacios están pensados para generar emociones positivas, casi como una escapada fuera del tiempo. Que uno entre y respire distinto.

-¿Hasta qué punto la arquitectura puede fomentar vínculos y experiencias colectivas?

-Esta disciplina prepara el escenario para la conexión. Un espacio bien diseñado favorece el encuentro, la conversación, la convivencia. No es solo una cuestión estética: es flujo, luz, ergonomía. Todo influye en cómo nos relacionamos.

-Trabaja en proyectos que combinan hospitalidad, lujo y una visión contemporánea del encuentro. ¿Qué significa esa confluencia?

-Es un privilegio y también una responsabilidad. El lujo no es solo refinamiento; es la capacidad de crear experiencias humanas significativas. La hospitalidad contemporánea implica ofrecer confort, elegancia y autenticidad al mismo tiempo.

-¿Cuál es el valor esencial en un proyecto de este tipo?

-La atención. Atención al detalle, a las necesidades, a las emociones de las personas. Cada elemento debe contribuir a que el huésped se sienta único, verdaderamente cuidado.

-¿Integra elementos personales o culturales de su historia en su trabajo?

-Sí. Mi infancia parisina, los departamentos haussmannianos, el arte de recibir con el que crecí. Pero también mi vínculo con la calidez y la capacidad de convivir armoniosamente que siempre intento transmitir. Mi amor por el dibujo y mi sensibilidad artística guían mis elecciones y mi manera de pensar el espacio.

-¿Cómo imagina el futuro de la arquitectura interior en un mundo de viajes breves y nuevas formas de habitar?

-Creo que el futuro está en los espacios híbridos, capaces de adaptarse a distintos usos y tiempos. Lugares más flexibles, pero con una identidad fuerte. Porque es esa identidad la que genera memoria y emoción.

Fuente: https://www.lanacion.com.ar/conversaciones-de-domingo/la-arquitecta-y-disenadora-parisina-que-transforma-la-herencia-clasica-de-su-ciudad-en-interiores-nid03052026/

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