La historia de un argentino que convirtió su deseo infantil de “inventar cosas” en un oficio de siglos
Por cientos de años, el sonido de la música se construyó en silencio. Antes de que un violín llegue a un escenario, alguien pasó meses frente a una mesa de trabajo afinando maderas, midiendo c...
Por cientos de años, el sonido de la música se construyó en silencio. Antes de que un violín llegue a un escenario, alguien pasó meses frente a una mesa de trabajo afinando maderas, midiendo curvas imperceptibles y esperando que el barniz se seque con paciencia de artesano. La luthería, el arte de fabricar instrumentos de cuerda, pertenece a ese universo lento donde el tiempo no se mide en resonancias.
Su origen se remonta al Renacimiento europeo. Entre los siglos XVI y XVII, en el norte de Italia, comenzaron a definirse las formas que darían lugar al violín moderno. Cremona, una ciudad discreta atravesada por el río Po, se convirtió entonces en un laboratorio silencioso donde familias enteras dedicaron su vida a perfeccionar un instrumento que todavía estaba naciendo. Los Amati fueron los primeros en fijar proporciones y modelos. Después llegarían los Guarneri y, finalmente, Antonio Stradivari, cuya obra alcanzó una perfección que aún hoy desconcierta a científicos y músicos.
La geografía no fue casual. Aquella región contaba con bosques de abeto y arce, maderas ideales para construir instrumentos de cuerda. El abeto, liviano y flexible, permite que la tapa del violín vibre con facilidad. El arce, más duro, se utiliza para el fondo y los aros, aportando resistencia y proyección sonora. Durante generaciones los luthiers aprendieron a reconocer cada pieza de madera casi como si se tratara de una criatura viva. Un nudo, una veta irregular o una diferencia mínima en la densidad podían alterar el carácter del sonido.
Con el tiempo, el violín se convirtió en una obra de precisión. Cada instrumento se compone de decenas de piezas ensambladas con una exactitud milimétrica. Las curvas de la caja de resonancia, el grosor de las tapas, la tensión de las cuerdas, todo influye en la forma en que el aire vibra dentro del instrumento. Un violín no es una arquitectura acústica.
A pesar de los avances tecnológicos, ese oficio sigue siendo profundamente manual. Las herramientas esenciales apenas cambiaron en siglos. Formones, cepillos diminutos, cuchillas afiladas y un oído atento que guía cada decisión. Un buen instrumento puede llevar meses de trabajo y, cuando está terminado, su verdadera vida apenas comienza en manos de un músico.
En ese universo de tradición obstinada aparece, de manera inesperada, la historia de Martín Carlés. Nació en Buenos Aires en 1982 y durante su infancia no pensaba en violines ni en talleres italianos. Su imaginación iba por otro lado. “De chico quería ser inventor, si es que existe algo así”, recuerda hoy.
La música llegó después. Con los años se formó como pianista y compositor en el Conservatorio Manuel de Falla y comenzó a dedicarse a la enseñanza. En ese momento su vida parecía encaminarse hacia una carrera académica. La construcción de instrumentos todavía no había entrado en escena.
El camino hacia la luthería aparecería más tarde y en un lugar inesperado del mapa argentino. Un pequeño pueblo patagónico, rodeado de montañas y lagos, sería el escenario donde aquel deseo infantil de inventar cosas encontraría, finalmente, una forma concreta. Allí comenzaría una historia que terminaría llevándolo a Cremona, la misma ciudad donde, cuatro siglos antes, nació el violín moderno.
El sur donde empezó todoLa infancia de Martín Carlés tuvo algo de itinerante. Su Buenos Aires natal estaba ambientado de una familia numerosa donde ocupaba el tercer lugar entre cuatro hermanos. El trabajo de su padre obligaba a mudanzas frecuentes y creció acostumbrado a los cambios de paisaje. Mudanzas frecuentes que abrían una geografía nueva: ciudades distintas, escuelas a estrenar, amistades que empezaban de cero.
“En mi infancia viajé mucho por la ocupación de mi papá. Cada dos años nos tocaba un lugar nuevo: Chubut, Tucumán, City Bell, otra vez Buenos Aires”, recuerda. Ese movimiento constante terminó moldeando una forma particular de mirar el mundo y de adaptarse a cada lugar. Las transiciones se hacían más llevaderas con los rituales de siempre: tardes interminables jugando al fútbol y vacaciones familiares multitudinarias. “Pasé mucho tiempo atrás de una pelota con amigos y con una familia enorme de primos. Más de cincuenta”, dice.
Con el tiempo la música empezó a ocupar un lugar central. Ingresó al Conservatorio Manuel de Falla en Buenos Aires y se formó como profesor de piano y composición. Durante varios años imaginó su vida ligada a la enseñanza y al trabajo musical en el aula. El oficio de luthier todavía no formaba parte de sus planes.
El primer cambio importante llegó cuando decidió mudarse a la Patagonia junto a su pareja. El destino fue El Hoyo, un pequeño pueblo del Chubut ubicado cerca de El Bolsón. El paisaje era otro universo comparado con la ciudad: montañas, bosques, ríos y un ritmo cotidiano mucho más pausado. La experiencia resultó transformadora. “Ir a probar mi saber a un espacio totalmente diferente fue una aventura hermosa”, cuenta.
En ese contexto apareció la oportunidad que cambiaría su rumbo. Por las tardes comenzó a acercarse a un taller de luthería que funcionaba en una escuela de Lago Puelo. Allí conoció al maestro artesano Gustavo Martino, quien lo introdujo en los secretos del oficio. “Fue en ese taller donde di mis primeros pasos en la luthería”, explica. Las herramientas, el olor de la madera recién trabajada y la paciencia que exigía cada pieza despertaron una curiosidad que pronto se volvió vocación.
El descubrimiento fue gradual, pero profundo. A diferencia de la interpretación musical, que ocurre en el instante del concierto, la construcción de un instrumento exige semanas de trabajo silencioso. Cada parte del violín se talla a mano, cada superficie se ajusta con precisión casi obsesiva. Carlés empezó a entender que detrás de cada sonido había un proceso invisible.
Ese aprendizaje coincidía con una inquietud más antigua. El deseo infantil de inventar cosas encontraba finalmente una forma concreta. La luthería combinaba música, técnica y creatividad en una misma práctica. El instrumento que salía del taller no era simplemente un objeto, sino una herramienta capaz de acompañar a un músico durante décadas.
Mientras su vida transcurría entre clases, paisajes patagónicos y horas de trabajo en el taller, comenzó a surgir una inquietud inevitable: si quería profundizar realmente en ese oficio, debía aprender en el lugar donde había nacido la tradición. El nombre aparecía una y otra vez en conversaciones y libros especializados. Cremona, la ciudad italiana donde habían trabajado Amati, Guarneri y Stradivari.
La idea parecía lejana, casi imposible. Sin embargo, una combinación de decisiones familiares y oportunidades académicas terminaría abriendo esa puerta. El próximo paso de su vida lo llevaría al corazón histórico de la luthería mundial, a la ciudad donde el violín alcanzó su forma definitiva. Allí comenzaría una etapa tan exigente como reveladora.
La ciudad donde nacen los violinesLa cremona, ese pan hojaldrado y salado, hecho con grasa o manteca, que suele abrirse en forma de estrella, solo tiene en común con la ciudad italiana la inmigración que vino de allí. Ese horizonte empezó a seducir al joven Martín.
La decisión de ir a Europa no fue un salto impulsivo sino una convergencia de circunstancias. Por un lado estaba la vocación que crecía desde aquellos talleres patagónicos. Por otro, una historia familiar que acercaba el continente. Su esposa era italiana y el proyecto de mudarse empezó a tomar forma como una posibilidad concreta. El paso decisivo llegó cuando obtuvo una beca del Instituto Italiano de Cultura de Buenos Aires para estudiar en uno de los centros más prestigiosos del mundo. “Fui becado para estudiar tres años en la Scuola Internazionale di Liuteria Antonio Stradivari de Cremona”, cuenta.
La ciudad no es grande ni estridente. Cremona conserva una escala tranquila que contrasta con la dimensión simbólica que tiene en el mundo de la música. Allí nacieron y trabajaron los grandes maestros que definieron el violín moderno. Para un aprendiz de luthier, caminar por esas calles equivale a entrar en una genealogía viva del oficio. “Es la ciudad donde nació el violín y donde vivieron los grandes luthiers del pasado”, explica.
La adaptación no fue inmediata. Además del desafío técnico que implicaban los estudios, Carlés tuvo que aprender rápidamente un nuevo idioma y acostumbrarse a otra cultura cotidiana. “Al principio fue interesante y desafiante, tenía que aprender italiano bastante rápido”, recuerda. Con el tiempo el ritmo de la ciudad y de la escuela empezó a volverse familiar.
Vivía en un pequeño departamento típico del centro histórico, cerca tanto del instituto como de las plazas y edificios antiguos que marcan la vida urbana de Cremona. La proximidad con el taller facilitaba una rutina intensa. Las jornadas se organizaban entre horas de práctica, clases y observación del trabajo de los maestros artesanos.
Durante esos años tuvo la oportunidad de trabajar junto a luthiers cremoneses reconocidos y de acercarse al legado histórico de la ciudad desde un lugar privilegiado. Parte de esa experiencia transcurrió en el Museo del Violino, el espacio que custodia la memoria de los grandes maestros de Cremona. “Con el tiempo me fui adaptando a los ritmos de la escuela”, asegura.
La experiencia no se limitó al aprendizaje técnico. La música seguía ocupando un lugar central en su vida y encontró una manera de mantener ese vínculo. Mientras avanzaba en su formación como luthier, también dio clases de piano en la Asociación Latinoamericana de Cremona. Ese doble movimiento, entre el instrumento terminado y su construcción, le permitió comprender el oficio desde dos perspectivas.
En los talleres de la escuela, el tiempo se medía de otra manera. Cada alumno pasaba meses trabajando sobre una sola pieza de madera hasta transformarla en parte de un instrumento. La paciencia era parte de la formación. Con cada violín aparecía la conciencia de estar participando en una tradición que llevaba más de cuatro siglos.
Cremona terminó siendo una etapa decisiva. Allí aprendió técnicas transmitidas durante generaciones y entendió que la luthería no es solo un oficio manual, sino una forma particular de escuchar el mundo. Sin embargo, cuando terminó su formación, otro movimiento geográfico estaba por comenzar. La vida familiar lo llevaría a un nuevo destino europeo. Allí comenzaría otra etapa del oficio, en una ciudad marcada por su vida cultural y su mezcla de lenguas.
Un taller en BruselasCuando terminó su formación en Cremona, el camino volvió a moverse. Las decisiones familiares empujaron el siguiente cambio de escenario y la vida lo llevó a Bélgica. La mudanza coincidió con un momento especialmente incierto del mundo. A los pocos meses de instalarse en Bruselas comenzó la pandemia, lo que transformó la adaptación en una experiencia todavía más compleja. “Además de los desafíos de vivir en un país desconocido, nos tocó enfrentar los encierros del Covid a los pocos meses de llegar”, rememora.
El traslado no fue en soledad. Carlés llegó acompañado por su esposa y por su hija, que entonces tenía apenas nueve meses. Con el tiempo la familia creció y Bruselas terminó convirtiéndose en hogar. “Mi hija, Margherita, hoy tiene seis años y mi segundo hijo, Vinicio, tres”, explica. En esa ciudad cosmopolita, atravesada por idiomas y culturas distintas, la vida familiar empezó a organizarse alrededor de una rutina nueva.
El trabajo apareció rápido. Apenas instalado tuvo la oportunidad de integrarse al taller de un luthier reconocido en el ámbito europeo. “Apenas llegado a Bélgica tuve la suerte de empezar a trabajar con Thomas Meuwissen, uno de los más respetados del circuito europeo de luthería contemporánea, frecuentado por solistas y músicos de orquestas internacionales”, explica. Ese primer paso le permitió insertarse en el circuito profesional y al mismo tiempo comenzar a desarrollar sus propios instrumentos.
Bruselas resultó ser un terreno fértil para ese oficio. La ciudad mantiene una vida cultural intensa y, además, es sede de uno de los concursos musicales más prestigiosos del mundo, el Reina Elisabeth. Ese evento atrae cada año a intérpretes de alto nivel provenientes de distintos países y mantiene activo el ecosistema musical local. “En Bélgica hay muchas oportunidades y es un lugar muy vivo culturalmente”, señala.
El trabajo cotidiano de Carlés se reparte entre la construcción de nuevos instrumentos y el mantenimiento de otros ya existentes. En su taller, las jornadas transcurren entre tablas de abeto y arce, herramientas diminutas y piezas que se ensamblan lentamente hasta formar un violín, una viola o un violonchelo. “Me dedico a la construcción de los tres tipos de instrumentos, y también realizo trabajos de reparación y mantenimiento”, explica. El proceso exige avanzar paso a paso, trabajando en distintas partes antes de llegar al montaje final y al delicado momento del barnizado.
La rutina diaria mezcla el trabajo artesanal con la vida doméstica. Las horas en el taller se alternan con el ritmo familiar, los hijos, la cocina y algo de deporte, cuando el tiempo lo permite. La distancia con la Argentina, sin embargo, se hace sentir. “Lo más difícil es estar lejos de la familia, de los amigos y de nuestra cultura”, reconoce. El clima belga tampoco ayuda demasiado, aunque con los años termina volviéndose parte del paisaje.
A pesar de esa nostalgia inevitable, el camino recorrido parece cerrar un círculo inesperado. El chico que alguna vez quiso ser inventor encontró un oficio donde cada obra es, en cierto modo, una invención única. Entre maderas, herramientas y paciencia, Martín Carlés continúa construyendo objetos destinados a durar mucho más que una vida. Violines que algún día viajarán por el mundo llevando consigo una historia silenciosa que empezó, mucho antes, en su taller.