Lo que nos cuenta el viento: el ADN que anida en el aire que respiramos es una verdadera biblioteca microscópica
Para los cumpleaños de mi ...
Para los cumpleaños de mi infancia, mi padre solía alquilar un proyector y, hacia el final del festejo (supongo que con el objetivo de ir aquietando a las fieras), se pasaban una o dos películas acortadas. Eran siempre las mismas: Cupido motorizado, Tom Sawyer y Huckleberry Finn, El corcel negro y Doble triunfo (con Tatum O’Neal y también con caballos). Al día siguiente el proyector, aún en casa, se seguía usando, seguramente para una película para grandes, y a mí me gustaba quedarme dormida en el sillón viendo como el haz se disparaba contra la pantalla iluminando la cantidad infinita de partículas de polvo que flotaban. Con esa imagen y el ruido de fondo me quedaba dormida.
A la mañana siguiente volvía a buscarlas en mi cuarto con el sol que entraba desde la ventana. A sorprenderlas flotando a contraluz. Casi como un universo imperceptible a simple vista pero que siempre está ahí y solo cada tanto se manifiesta.
Los vientos del otoño sacuden las ramas de los árboles y hacen que las hojas se desprendan; baja la temperatura y levantan una leve polvareda que me sume en largas sesiones de estornudos encadenados. Pienso en esos puntitos de polvo que solía perseguir en mi infancia. ¿Qué más flotará alrededor, en qué mar invisible estaremos nadando sin saberlo? Hay algo inquietante —y a la vez atractivo— en pensar que el aire no es solo aire. Que entre el polvo, el polen y la humedad flotan también fragmentos invisibles de vida: escamas, células, restos mínimos de piel, de alas, de hojas. ADN. Una suerte de archivo suspendido que respiramos sin saberlo, como si cada inhalación fuera también una lectura parcial del mundo.
No soy la única maravillada. Ryan Kelly, un científico que estudia el ADN ambiental en la Universidad de Washington, en Seattle, le dice a la revista Nature: “Es absolutamente alucinante. Estamos rodeados de información en forma de ADN y ARN en todo momento”.
La ciencia ha recolectado muestras de ADN de la tierra y del mar desde siempre, pero más recientemente ha empezado a secuenciar y descifrar esa nube flotante de información y a encontrar la utilidad en su estudio. La primera sorpresa vino cuando descubrieron ADN de tigre cerca de Cambridge, en el Reino Unido, y esto, a su vez, alertó a la comunidad en general sobre el potencial de estudio.
Investigadores han demostrado que el llamado ADN ambiental —ese material genético que los organismos dejan a su paso— puede recolectarse directamente del aire mediante filtros y utilizarse para reconstruir ecosistemas enteros, detectar especies invasoras o seguir la salud de la biodiversidad con una precisión antes impensada, sin necesidad de ver o capturar. Un zoológico sin jaulas, una selva sin espesura visible, pero presente en partículas diminutas que pueden ser cazadas. Una cartografía viva que no requiere ver, sino simplemente recolectar y analizar.
Descubrieron que incluso el tiempo queda atrapado allí: filtros de aire conservados durante décadas han permitido reconstruir cambios en la biodiversidad a lo largo de más de 30 años, como si el pasado hubiera quedado archivado en capas invisibles. Pienso en esos científicos como en una suerte de arqueólogos del aire.
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Con muchas preguntas para hacerse, como cuánto sobrevive el ADN en el aire o a qué velocidad se desplaza y cuán lejos, hay algo casi literario también en esta idea de que el planeta escribe su biografía en el aire. Pero también hay una sombra, porque si el aire guarda rastros de todo lo vivo, también guarda los nuestros. La posibilidad de detectar ADN humano en el ambiente abre preguntas incómodas sobre privacidad y vigilancia.
Un hombre parado en una esquina se rasca la cabeza tratando de decidir qué dirección tomar. En ese simple gesto libera material celular rico en ADN que, a su vez, se mezclará con las exhalaciones de la mujer parada a su lado, que pasea ese perro lanudo que al sacudirse también suelta al aire muestras de su propio material genético. Y se suman las plumas de las palomas que levantan vuelo con los bocinazos de los automovilistas que gritan por la ventana y el viento y el polen y las esporas y los microorganismos y mis irritantes estornudos otoñales en cadena y todo flotando en una enorme nube de información. Y siempre fue así.
Nunca estuvimos del todo contenidos en nuestro cuerpo. Algo de nosotros —como una memoria mínima— ya estaba flotando, mezclándose con otros, viajando con el viento. Y ahora, por fin, la ciencia empieza a ponerle nombre a esa intuición: somos, en parte, aire que recuerda. Y respirar es una forma de leer. Cada bocanada abre una biblioteca microscópica: historias de animales que pasaron, de plantas que florecieron, de cuerpos que se deshicieron apenas en lo suficiente como para seguir estando. Y las alergias, esas benditas alergias.