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Margarita Tonconogy, ganadora de las Mille Miglia italianas: “Cuando nacieron mis hijos, me agarró pánico de salir a la Panamericana”

Margarita Tonconogy encarna una particular combinación de disciplina de alto rendimiento, sensibilidad artística y devoción por los motores. Hija del coleccionista Alberto Tonconogy y hermana de...

Margarita Tonconogy encarna una particular combinación de disciplina de alto rendimiento, sensibilidad artística y devoción por los motores. Hija del coleccionista Alberto Tonconogy y hermana de Juan –múltiple campeón internacional de automovilismo clásico–, creció rodeada de amor a los autos. Sin embargo, prefirió mirarlos con cierta distancia hasta que sus hijos fueron grandes. Fue recién pasados los 40 cuando decidió tomar el volante con firmeza y lanzarse a las pistas.

Hoy, con 54 años, compite en las carreras de regularidad más exigentes de la Argentina –como el Rally de las Bodegas y las Mil Millas de Bariloche– y recientemente marcó un hito al ganar en Italia las emblemáticas Mille Miglia, la carrera más prestigiosa en este formato, junto a su hermano. Pero detrás de la piloto que desafía caminos de montaña y precipicios hay una mujer sensible y profunda. En su taller de arte transforma sus emociones en creación plástica; en su casa y en sus viajes encuentra la calma a través de la música –de la que es una apasionada y hasta oficia de DJ–; y en Mendoza se involucra de lleno en el desarrollo de experiencias en Casa de Uco, el hotel familiar entre viñedos.

–Si tuvieras que redactar tu propio currículum en solo tres conceptos clave, ¿qué dirías de vos misma?

–Soy artista, exbailarina de contemporáneo y jazz, me gusta mucho entrenar en alto rendimiento y soy extremadamente disciplinada con todo lo que encaro. Me encanta el arte desde hace muchísimos años y, más recientemente, pero de manera muy intensa, correr rallys de regularidad. Apunto siempre a estar dentro de las mejores: cuando me propongo algo no paro hasta conseguirlo.

–Venís de una familia con un padre y un hermano apasionados por las carreras, pero vos tardaste en sumarte al volante. ¿Qué pasó internamente para que dieras ese paso?

–Mi hermano me impulsó. Mi primera carrera la corrí en 2015, pero poco después tuve un problema severo en la columna que no me permitía ni subirme a un auto. Me alejé y pasó la vida: los chicos, la rutina... A fines de 2019 mi hermano volvió a insistirme para correr y ahí me enganché definitivamente. Me fascinó la adrenalina.

–¿Alguna vez sentiste miedo arriba de un auto?

–Fijate lo contradictorio: mi papá me enseñó a manejar de muy chica y siempre me dijeron que lo hacía muy bien, pero cuando nacieron mis hijos me agarró un pánico tremendo de salir a la Panamericana. Me invadieron los miedos maternales. A partir de que empecé a correr rallys, se me fueron todos los miedos. Ahora hago cualquier cosa con el auto: voy por montaña, ripio o al borde del precipicio sin pestañear. ¡Hasta me pasó de todo! Hace dos años, cuando se me cortó el palier yendo a cargar el MG para las Mil Millas, voló la rueda y me deslicé casi 100 metros como en un trineo. De casualidad no maté a nadie. ¿Y sabés qué fue lo primero que pensé mientras me frenaba? “Tengo que subir este auto al camión de carga como sea porque si no me pierdo la carrera”. Llamé a la grúa, me conseguí otro auto y salí. Ese impulso por competir superó cualquier susto.

–Durante años tu marido, Gastón Zilbergleijt, fue tu copiloto, y ahora corrés con tu hermano Juan. ¿Cómo impacta esa dinámica en la convivencia?

–El mundo de adentro del auto es una convivencia totalmente distinta. Estamos en plena competencia, así que apuntamos a lo operativo y dejamos los temas personales fuera del habitáculo. A veces pasamos horas en la ruta sin hablarnos, otras veces conversamos poco. En autos abiertos hay mucho ruido de motor y de ambiente, se manejan otras energías. Ahora, lo que pasa en la carrera no siempre queda del todo en la carrera... Cuando volvemos a casa la conversación sigue: qué hiciste, qué no hiciste, qué podrías haber mejorado, los tiempos, la calibración. Y sí, a veces eso se traslada a la mesa de los domingos y pueden surgir algunos roces y conflictitos familiares .

–¿Es más fácil llevar la competencia con un marido o con un hermano?

–Mi hermano Juan es una persona bastante especial, nada lo perturba y es de muy pocas palabras; te dice dos cosas contundentes y listo. Con Gastón nos llevamos muy bien. Él es un empresario apasionado por el rubro y coleccionista que sabe muchísimo de autos. Cuando yo me bajoneo, me anima. ¡Es mi primer fan! Con mi papá, Alberto, que tiene 85 años y también fue piloto, la pasión nos une un montón: después de cada carrera me llama por teléfono para pedirme los tiempos y preguntarme hasta el más mínimo detalle de cómo doblé o pisé las mangueras.

–¿Sentiste alguna vez prejuicios por ser mujer en un ambiente tradicionalmente masculino?

–Para nada, jamás sentí discriminación de género. Al contrario, en este circuito hay un respeto absoluto. Si hacés bien las cosas, te respetan, seas hombre o mujer. Siempre supe moverme en el mundo de los hombres y además, me preparo con todo: entreno físico muy duro y hasta hice pruebas en Fórmula 2 para ajustar mi manejo.

–Tus hijos crecieron rodeados de este ambiente. ¿Se sumaron al fervor por los motores?

–Iván (28) que es productor musical, y Luisa (25), que canta y compone, heredaron directamente la veta artística. Aunque me encantaría compartir el auto con ellos, por ahora no los he podido convencer de subirse a competir conmigo. No pierdo la esperanza de llevar a alguno de copiloto en una carrera no competitiva. Tengo en mente armar algún evento de padres e hijos en el hotel de Mendoza.

–Hace poco lograste algo histórico al ganar las Mille Miglia en Italia con tu hermano...

–Fue una experiencia increíble. Viajamos como 20 días antes para entrenar doble turno, practicar curvas, subidas, bajadas y ajustar el cronómetro a la centésima. ¡Nos la pasamos practicando el pisado de mangueras pegados al paredón de un cementerio porque era el único lugar tranquilo que encontramos en Italia! Yo me encargaba de los relojes, de preparar el auto y dejarlo descansar a Juan para que largara en eje. Él me dijo antes de viajar: “¿Querés correr conmigo las 1000? Pero mirá que las vamos a ganar”. ¡Imaginate la responsabilidad! Que después de lograrlo me deje tomar el lugar de piloto en la próxima carrera habla del respeto y la linda química que logramos.

–¿Cómo pasa la cabeza de la adrenalina de la pista a la paciencia de tu taller de arte?

–Son energías intensas, pero diferentes. El arte me desacelera, pero no me aquieta. Empecé a volcarme de lleno a la creación artística hace casi 20 años, después de la muerte de mi mamá, que también era artista. Estando en Venecia vi una obra de Mark Kiley, que incrustaba objetos en sus piezas, y eso me inspiró. Sentí la necesidad de volver a Buenos Aires y en lugar de guardar o tirar las pertenencias y recuerdos de mi madre, convertirlos en cuadros y esculturas. Yo diría que fue mi manera de hacer el duelo.

-¿Sos autodidacta?

-Totalmente, pero desde siempre ligada a lo artístico. No tengo un estilo definido, pinto, hago collage, arte sustentable, esculturas. En mi taller hay de todo: resina, acrílicos, espuma de poliuretano, piedras, lentejuelas, y hoy estoy con miles de alfileres clavados uno a uno para crear una suerte de ecosistema marino imaginario, encajonados en cajas de acrílico. Es un proceso lento, de prueba y error. Si algo no me gusta, me tomo el trabajo de desclavar miles de alfileres y empezar de nuevo. En el taller, la música es mi gran aliada: mezclo ritmos, escucho de todo y logro desconectar por completo.

Fuente: https://www.lanacion.com.ar/sabado/margarita-tonconogy-ganadora-de-las-mille-miglia-italianas-cuando-nacieron-mis-hijos-me-agarro-nid08082026/

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