Pasó por Bellas Artes, talleres de cerámica y la crianza de tres hijos antes de animarse a intervenir la prenda más silenciosa del campo argentino
El guardapolvo escolar argentino nació como una prenda igualadora. Esa idea, vestir para borrar diferencias, se repite en la historia de otras prendas: el overol de fábrica, el uniforme militar, ...
El guardapolvo escolar argentino nació como una prenda igualadora. Esa idea, vestir para borrar diferencias, se repite en la historia de otras prendas: el overol de fábrica, el uniforme militar, la bombacha de campo. Prendas iguales entre miles, pensadas para señalar una función y ocultar cualquier rasgo personal de quien las usa. La bombacha, durante generaciones, acompañó tareas rurales sin pedir nada a cambio: ni una firma, ni un color propio, ni una historia.
Vicky Campos Carles decidió romper ese pacto de anonimato. En cada bombacha que interviene aparece una flor, un pájaro, un cardo, algo que la naturaleza le mostró esa semana, y la prenda deja de ser uniforme para volverse retrato.
Nacida en Buenos Aires, Campos Carles creció en una familia extensa, con primos, tíos y sobrinos siempre cerca, en un vínculo con el campo que atravesó su infancia entera. “Mis primeros recuerdos son allí, rodeada de mi familia”, cuenta. De chica se entretenía al aire libre: “inventaba juegos y manualidades con lo que encontraba en el parque: maderas, cortezas, flores, cultivos, y con mis primas nos pasábamos horas haciendo nuestras propias artesanías”, recuerda, aunque también disfrutaba de sus momentos de soledad, “salir a caminar, recoger yuyos y flores, y clasificarlos según su forma y color”.
El arte apareció temprano como certeza, aunque tardó años en encontrar su forma exacta. Estudió Bellas Artes, se formó en distintos talleres de artes aplicadas y, junto a una prima, sostuvo primero un taller de pintura y cerámica y después, un emprendimiento de suéteres bordados a mano. “En un momento los costos se volvieron difíciles de sostener y decidimos dedicarnos a nuestras familias que estábamos recién formando”, recuerda. Hoy, junto a su marido Paul, tiene tres hijos.
Con la descendencia más grandes, la búsqueda volvió a activarse. “Empecé a buscar algo que me identificara y estuviera unido al arte y la naturaleza. Después de analizar oportunidades nacieron las bombachas de campo intervenidas tanto con bordados como con pinturas”, añade. La Bonita Campo nació en 2025 con una intención puntual: “unir distintos conceptos, arte y naturaleza. Busqué que el emprendimiento me identificara desde lo personal y profesional”, explica.
View this post on InstagramLa elección de la prenda tampoco fue casual: “la idea de las bombachas de campo surgió naturalmente ya que es una prenda arraigada en mi familia, protagonista de nuestros inviernos y veranos en el campo. A través de esta prenda sencilla y llana, busqué plasmar mis pinturas y bordados. La bombacha de campo nos atraviesa a hombres y mujeres por igual, de distintas edades en todo el país”, suma. El nombre llegó de un apodo de familia: “está inspirado en mi hija menor, a la que le decimos ‘la bonita’, una palabra que también usaba mucho mi abuela paterna”, confirma.
Del bastidor a la bombachaEncontrar un lenguaje propio, entre lo tradicional y lo contemporáneo, le llevó tiempo de observación. “A través de la búsqueda de imágenes de la naturaleza logré un lenguaje propio que combina una paleta de colores interesante por su amplitud. Lo tradicional y lo contemporáneo se ven atravesados por una naturaleza atemporal que me lleva a seguir explorando y combinando posibilidades”, sostiene.
El universo rural la atrae desde lo estético desde hace tiempo: “todos los accesorios ligados al mundo rural, como boinas, polainas, fajas, camisas y suéteres tienen hoy una vuelta de tuerca y nos acercan a la moda tradicional con un diseño clásico que no deja igualmente de marcar tendencia a partir de sus texturas, colores, terminaciones y materiales que hoy brinda el mercado”, indica.
Cada bombacha nace de un procedimiento casi ritual. “Los diseños que elijo nacen de mi propia identidad y se adaptan al material disponible en cada momento. La composición comienza desde el color de las bombachas, que se convierte en la base sobre la cual se proyecta la imagen inspirada en la observación de la naturaleza y en los recursos que tengo a mano”, completa. La paleta cambia según lo que se va terminando: “muchas veces se me van acabando los colores y voy adaptando la paleta cromática, lo cual implica una renovación constante de lo que va surgiendo, siempre con la naturaleza como eje y foco de todo lo que hago”, agrega.
El bordado ocupa el centro de esa identidad. “Desde muy chica estuve ligada a esta práctica, que se convirtió en mi forma de expresión más auténtica. En cada puntada busco dar vida y valor a las formas de la naturaleza: flores, hojas, pasturas y cardos. Los pájaros son también parte de mis diseños y algunos los pinto directamente en las bombachas yendo más allá del bordado”, detalla.
Todo el proceso arranca en la observación de las estaciones. “El proceso creativo nace de allí, de contemplar la naturaleza y sus estaciones. Me apoyo sobre todo en mi formación en Bellas Artes y en los distintos talleres que hice a lo largo de los años explorando diferentes técnicas aplicadas. Busco en la naturaleza las distintas paletas de colores que me inspiran para crear. Una vez elegida la imagen, me preparo para bordar o pintar, según la circunstancia”.
View this post on InstagramCada técnica pide climas distintos: “cuando pinto, necesito un espacio de calma y tranquilidad porque el margen de error es mínimo y corregir un trazo sobre la prenda es difícil. El bordado, en cambio, es más flexible, puedo llevarlo conmigo, hacerlo en una charla con amigas, recibir sus opiniones y dejar que sus miradas sumen y generen un intercambio positivo para el proceso -afirma-. La pintura exige mayor concentración y foco, mientras que el bordado invita a trabajar en compañía. Disfruto igualmente de los dos momentos”.
La firma de lo hecho a manoEn distintas zonas del país, según Campos Carles, el mundo rural recupera terreno simbólico. “Hoy más que nunca, se ve con más cotidianidad la movida de peñas y exposiciones que de a poco vuelven a poner en valor los detalles y el lenguaje del mundo rural. Es lindo ver cómo empiezan a ser incorporados por las nuevas generaciones con el impulso de los mayores, siempre presentes”, observa.
Esa renovación, para ella, tiene protagonistas concretos: “hoy la tradición argentina se renueva con el impulso de los jóvenes, quienes ayudan a poner riqueza en nuestras raíces a través de peñas, se nota una presencia activa en exposiciones rurales, en el empuje de emprendedores con productos regionales y la celebración de nuestras fechas patrias donde todos participan: jóvenes, grandes y chicos. Creo con optimismo y esperanza que el mundo rural se está volviendo más cercano para todos, se comparten más y mejor nuestras costumbres. Está llegando el espíritu patrio a más personas”, analiza.
Sostener la autenticidad de la marca implica atención en varios frentes a la vez. “Priorizo no solo la calidad del producto, en géneros y terminaciones, sino también el cuidado en cada detalle de los bordados y de las pinturas. Me interesa que los diseños transmitan personalidad propia y que, poco a poco, sean reconocidos por su estilo. Construir la identidad en cada diseño y propuesta es parte del desafío que tengo por delante. Al mismo tiempo, busco que sea un producto accesible y duradero en el tiempo para que nos vuelvan a elegir si piensan en bombachas de campo”, plantea.
Entre la bombacha de trabajo y el bordado media una distancia enorme: una prenda que servía para desaparecer en el paisaje ahora firma su presencia con hilo y pincel. Campos Carles sigue eligiendo colores según lo que le queda a mano, sigue mirando pasturas y cardos camino al campo, y cada bombacha que termina repite la misma apuesta: convertir una prenda pensada para todos en un objeto que, esta vez, tiene nombre y autora propios.