Pepitito Marrone y Juanita Martínez: la historia de un amor que desafió al tiempo y ni la muerte pudo borrar
A simple vista, José “Pepitito” Marrone parecía un hombre incapaz de transmitir otra cosa que no fuera alegría. Bastaba que apareciera en un escenario o frente a una cámara para que el púb...
A simple vista, José “Pepitito” Marrone parecía un hombre incapaz de transmitir otra cosa que no fuera alegría. Bastaba que apareciera en un escenario o frente a una cámara para que el público estallara en carcajadas. Su manera de caminar, sus gestos, la picardía de sus personajes y una simpatía tan espontánea como irresistible lo convirtieron en uno de los humoristas más queridos que dio la Argentina.
Sin embargo, cuando se apagaban las luces del teatro y terminaban las grabaciones, detrás de aquel hombre que hacía reír al país entero existía otra historia, mucho más íntima y profundamente humana: la de un amor que duró más de cuarenta años y que, para su compañera, jamás terminó. Esa mujer era Juanita Martínez.
No fue un romance nacido entre lujos ni grandes declaraciones. Se conocieron cuando ambos todavía trabajaban para hacerse un lugar en el competitivo mundo del espectáculo. Compartieron camarines, giras interminables, éxitos, fracasos y una espera que pareció eterna antes de poder convertirse oficialmente en marido y mujer. Después vivirían décadas de felicidad, hasta que la muerte separó físicamente a la pareja. O, mejor dicho, hasta que la muerte intentó hacerlo, porque Juanita nunca aceptó del todo aquella despedida.
La historia de ambos se transformó con los años en una de las más singulares del ambiente artístico argentino. No solamente por la duración de la relación, sino porque estuvo atravesada por circunstancias poco comunes, decisiones difíciles y una lealtad que sobrevivió incluso al fallecimiento del capocómico.
PepititoJosé Marrone nació en Buenos Aires el 25 de octubre de 1915, en el seno de una familia trabajadora del barrio de Villa Crespo. La infancia estuvo marcada por las privaciones económicas, como les ocurrió a tantos chicos de aquella generación. Muy pronto comprendió que para ayudar en su casa debía trabajar.
Antes de descubrir su verdadera vocación, pasó por distintos oficios. Fue cadete, repartidor y empleado en pequeños comercios. Ninguno de esos trabajos parecía destinado a cambiarle la vida. Lo que sí llamaba la atención era su facilidad para hacer reír. Entre compañeros y vecinos siempre aparecía alguien dispuesto a pedirle que imitara a un conocido o improvisara alguna ocurrencia. Con el tiempo entendió que aquel talento podía convertirse en una profesión.
Los comienzos fueron duros. Recorrió escenarios modestos, participó en compañías de variedades y aceptó papeles pequeños mientras esperaba una oportunidad importante. Poco a poco fue moldeando un estilo muy personal, basado en la espontaneidad y en un humor cercano al público popular. Nunca pretendió ser sofisticado. Su objetivo era mucho más simple y, al mismo tiempo, más difícil: provocar una carcajada auténtica. Ese camino terminaría llevándolo a convertirse en uno de los reyes del teatro de revistas. Mientras Marrone daba sus primeros pasos, otra joven soñaba con abrirse camino sobre las tablas.
La revista que los enamoróJuanita Martínez había nacido en la ciudad de Córdoba el 6 de agosto de 1925. Desde muy pequeña sintió fascinación por el baile y el espectáculo. Poseía belleza, elegancia y una enorme disciplina para el trabajo, condiciones que le permitieron llegar muy joven a Buenos Aires, donde comenzó una carrera artística que, como ocurría con casi todas las vedettes de la época, empezó desde los últimos lugares del elenco. Ensayaba durante horas, aceptaba papeles secundarios y esperaba pacientemente la oportunidad de destacarse. No tardó demasiado en conseguirlo.
Su simpatía natural, la soltura para bailar y una presencia escénica que cautivaba al público comenzaron a convertirla en una figura cada vez más requerida por los productores del teatro porteño. El destino quiso que ambos coincidieran en 1950 durante la revista “El cabo Scamione”. Años más tarde, cuando los periodistas le preguntaban cómo había sido aquel primer encuentro, Juanita respondía entre sonrisas que no había existido un flechazo inmediato. Decía que Pepitito era muy divertido y hacía reír a todo el elenco, pero insistía en que el amor apareció lentamente, casi sin que ninguno de los dos se diera cuenta.
Los ensayos diarios hicieron el resto. Compartían largas jornadas de trabajo, funciones dobles, giras por todo el país y horas de viaje en colectivo o tren. En ese ambiente, donde los artistas prácticamente convivían durante meses, fueron descubriendo afinidades que iban mucho más allá del escenario. Pepitito admiraba la sencillez de Juanita. Ella encontraba en él a un hombre generoso, atento con sus compañeros y muy distinto del personaje pícaro que interpretaba frente al público. Sin proponérselo, comenzaron a enamorarse.
Pero aquella relación nacía con una dificultad enorme. Marrone estaba casado con Rosa Guilidoro, una mujer que había acompañado los años más difíciles de su carrera y con quien había tenido a su única hija, Rosa, conocida familiarmente como “Coqui”. La situación era delicada.
La actriz comprendía perfectamente lo que sucedía. Mientras tanto, la carrera de Marrone alcanzaba alturas extraordinarias. El teatro de revistas vivía una de sus épocas doradas y Pepitito era una de sus máximas figuras. Los productores sabían que su nombre garantizaba salas llenas y temporadas exitosas. Paralelamente, comenzó a conquistar el cine con una larga lista de comedias que lo acercaron todavía más al gran público. Y la llegada de la televisión terminó de convertirlo en un fenómeno nacional y popular con la creación del “Cheee” y de frases como “Ay mamita querida”, que hoy todavía permanecen en el recuerdo.
Juanita también atravesaba un gran momento profesional. Trabajó junto a las principales compañías de revista, compartió escenario con las figuras más importantes del género y construyó una trayectoria sólida, aunque muchas veces prefirió relegar proyectos personales para acompañar las giras de Pepitito. No era un sacrificio, sino una elección.
Eran inseparables. Él le consultaba cada decisión importante. Ella conocía de memoria sus tiempos, sus manías y hasta era capaz de advertir, antes que nadie, cuándo un chiste no iba a funcionar sobre el escenario. Habían construido una sociedad perfecta.
El casamientoFinalmente, en 1972, tras el fallecimiento de Rosa Guilidoro, luego de una prolongada enfermedad, Pepitito y Juanita pudieron casarse civilmente. No hubo ostentación ni una ceremonia multitudinaria. Después de tanto tiempo compartiendo la vida, el casamiento fue apenas la confirmación legal de un amor que ya había superado todas las pruebas imaginables.
Para ambos comenzaba una nueva etapa, que llegó cuando ya eran dos figuras consagradas del espectáculo argentino. El casamiento de José “Pepitito” Marrone y Juanita Martínez, celebrado en mayo de 1972, no fue el comienzo de su historia de amor, sino la confirmación pública de un vínculo que había resistido el paso del tiempo, las giras, las exigencias de la profesión y una larga espera marcada por las circunstancias personales del actor.
Desde entonces vivieron prácticamente sin separarse. Quienes los frecuentaban aseguran que el matrimonio funcionaba sobre una base muy sencilla: una profunda admiración mutua. Juanita no era solamente la esposa del humorista más popular del país; era también su principal consejera. Antes de aceptar un trabajo, modificar un libreto o iniciar una nueva temporada teatral, Pepitito acostumbraba escuchar su opinión. Conocía su criterio y confiaba plenamente en su sensibilidad artística.
Ella, por su parte, organizaba buena parte de la vida cotidiana. Detrás del artista que llenaba teatros y encabezaba los programas más vistos de la televisión existía un hombre extremadamente sencillo. Le gustaban las reuniones con amigos, la buena comida casera, el fútbol, el boxeo y las largas conversaciones después de las funciones. Nunca perdió las costumbres del muchacho de barrio que había trabajado desde muy joven para ayudar a su familia.
Uno de los aspectos más llamativos de aquella historia fue la relación que Juanita construyó con Rosa “Coqui” Marrone, la única hija del humorista. Lejos de alimentar enfrentamientos, con los años lograron un vínculo de respeto y afecto. La propia Coqui recordaría tiempo después que Juanita había sido una persona importante en la vida de su padre y que, pese a la complejidad de la historia familiar, siempre prevaleció el respeto entre todos.
El doloroso finalLos años parecían pasar sin alterar la armonía de la pareja. Hasta que el 27 de junio de 1990 llegó la noticia que conmocionó al espectáculo argentino. José “Pepitito” Marrone murió a los 74 años como consecuencia de una insuficiencia cardíaca. Se había ido uno de los grandes ídolos populares de la Argentina.
Para Juanita comenzaba un tiempo completamente distinto. Durante los primeros meses casi no habló con la prensa. Quienes la visitaban encontraban a una mujer sumida en un dolor inmenso, intentando acostumbrarse a una casa donde, por primera vez en cuarenta años, reinaba el silencio. Sin embargo, muy pronto apareció una decisión que sorprendió incluso a sus amigos más íntimos.
Después de la cremación de Marrone, Juanita llevó la urna con sus cenizas a una habitación de la casa. Ese cuarto se transformó poco a poco en una especie de santuario privado. Allí reunió fotografías, premios, recuerdos de giras, objetos personales, vestuario y decenas de recuerdos que evocaban la vida compartida.
Todas las noches repetía el mismo ritual. Entraba en la habitación, se sentaba frente a la urna y comenzaba a hablar. Le contaba cómo había sido el día. Quién la había llamado. Qué proyectos le habían ofrecido. Qué noticias había visto en televisión. En algunas entrevistas llegó a revelar que, cuando se sentaba a almorzar o cenar, muchas veces colocaba un plato también para Pepitito. Eso sí, nunca más comió ñoquis, porque él era quien los amasaba para ella. Si había una pelea de boxeo o un partido importante de fútbol —dos de las grandes pasiones del actor— encendía el televisor porque sentía que a José le habría gustado verlo.
Con el paso de los años, sin embargo, la salud comenzó a deteriorarse. Los médicos le diagnosticaron un cáncer de pulmón avanzado. Ella misma reconocía que había fumado durante muchísimos años y el pronóstico no era alentador. Amigos cercanos contaron después que Juanita había manifestado en más de una oportunidad que no quería atravesar el sufrimiento de una enfermedad terminal ni convertirse en una carga para nadie.
El 12 de mayo de 2001, exactamente veintinueve años después de haberse casado con Marrone y a casi once de enviudar, Juanita Martínez puso fin a su vida en su casa de Martínez disparándose con un revólver en la cabeza. Tenía 75 años. Junto a ella encontraron una fotografía de Pepitito, una imagen que muchos interpretaron como el último símbolo de una historia de amor que nunca había dejado atrás.
Su muerte causó una profunda conmoción. Mientras Juanita vivió, las cenizas de Pepitito permanecieron en aquella habitación donde ella conversaba con él cada noche. Recién después de su fallecimiento se cumplió la decisión de la familia: las cenizas del humorista fueron esparcidas en el mar de Villa Gesell, un lugar por el que sentía un cariño especial, mientras que las de Juanita, respetando un deseo que había dejado expresado, fueron enterradas junto a la pileta en el jardín de la casa donde había pasado sus últimos años.
Entre tantas frases inolvidables de Pepitito Marrone, ninguna resulta hoy tan conmovedora como la que pronunció Juanita muchos años después de perderlo. Cuando le preguntaban por qué seguía hablándole a una urna, jamás apelaba al misterio ni a lo sobrenatural. Sonreía con la misma dulzura con la que lo había acompañado durante toda la vida y respondía simplemente:
-No es que esté loca. Es el amor.