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Rituales, tatuajes y un duelo extraño

Tenía 14 años cuando empecé a ir a recitales de rock. Con los años, mi espectro musical se fue ampliando, a esta altura casi sin límites. Pero la magia se repite aunque haya pasado el tiempo. ...

Tenía 14 años cuando empecé a ir a recitales de rock. Con los años, mi espectro musical se fue ampliando, a esta altura casi sin límites. Pero la magia se repite aunque haya pasado el tiempo. A la hora señalada, las luces se apagan y solo se perciben, apenas visibles, las lucecitas rojas de los equipos. El público estalla en aplausos, y mucho más cuando nos damos cuenta de que esas sombras que se acercan a los instrumentos son los músicos. La ceremonia está por comenzar.

Volví a sentirlo este fin de semana. Confieso que, más allá de apreciar su estilo suave, como de conversación cotidiana, Jorge Drexler no era de mis favoritos. Estaba entre esos artistas a los que uno visita de vez en cuando, por algún hit de un momento y no mucho más. Me atrae, sí, esa visión del mundo moderno, donde los bits, la tecnología y la virtualidad siempre terminan conectando con sentimientos humanos como el amor, la naturaleza, el estado del mundo y, por extensión, la política. “Hay tantas cosas, yo solo preciso dos, mi guitarra y vos”, resume, después de enumerar infinidad de tópicos.

Esta vez fue distinto. En realidad, lo fue para mí. Y me pregunto cuánto de ese nuevo abordaje tuvo que ver, una vez más, con mi situación emocional, la de cualquier persona que enfrenta un momento particular de su existencia.

En Jorge siempre sobrevuela el candombe, pero en su último trabajo, Taracá (su nombre imita el ritmo del tambor chico), es una presencia mucho más intensa. Aquí no hay dudas, en el título del disco, el armado de su banda (con tres percusionistas en línea) y un sonido bien cuidado e intenso para que uno sienta los parches latiendo en el pecho.

No solo eran los parches. Lo que latía aun más fuerte, desde antes de entrar al estadio, era mi corazón, atravesado por el duelo. Un duelo particular. No por un familiar ni por un amigo, sino por alguien con quien compartí todo o casi, tratando de desentrañar mis sentimientos, mis actitudes ante la vida, alguien con quien traté de comprender mis conflictos y de aprender para poder cambiar según mis deseos.

¿Qué hacer cuando se muere tu psicóloga? ¿Con quién seguiré compartiendo mis cuitas, tratando de desentrañar mis sentimientos? ¿A quién le pediré consejo profesional para saber cuántos de mis vínculos del pasado siguen estorbando, y cómo superarlo?

¿Con quién seguiré compartiendo mis cuitas, tratando de desentrañar mis sentimientos?

Fue así, de golpe, ya se sabe, no se comparte nada de sus vidas privadas. Poco antes de que sucediera el final, en uno de nuestros encuentros percibí alguna dificultad al caminar, más lento que de costumbre. Podríamos decir que era una persona mayor, pero hasta ese momento para mí era indestructible, casi inmortal. Aunque ella misma insistía en que el final era nuestra única certeza, pero eso no significaba que fuera a pasar mañana o la semana que viene. En algún momento era uno de mis miedos ante cualquier dolencia.

Ella debería haberme puesto sobre aviso, pensé con algo de bronca. “Pero ella tampoco sabía que se iba a morir así”, me dijo un querido colega y amigo, cuando intenté calmar mi pena con su abrazo.

Yo estaba pensando en bajar el ritmo de sesiones o dejar el tratamiento. Después de unos 14 años, y con buena parte de mi historia revisada y corregida (siempre quedará algo), creía que ya era momento. Pero no lo pensaba así. “Como en cualquier pérdida, tendrá que transitar su duelo. Con tranquilidad y sin ninguna urgencia. Usted va a saber cómo seguir”, me dijo el psicoanalista amigo. “Ahora tiene que escuchar a la Cristina que lleva adentro suyo, las enseñanzas que le dejó”.

“Te llevo tatuada, pero no en la piel, mucho más afuera, mucho más adentro, te llevo tatuada en el pensamiento”, canta Drexler en un ritual junto a miles en un Movistar colmadísimo. “La gente pasa, pero las palabras quedan”. Ya lo creo.

Fuente: https://www.lanacion.com.ar/cultura/rituales-tatuajes-y-un-duelo-extrano-nid21042026/

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