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Tomoyuki Sakakida, pensar el tiempo como principio de diseño

En El elogio de la sombra, Junichiro Tanizaki describía la penumbra japonesa como un material tan preciso como la madera o la piedra, un valor que se cultiva, se administra y se deja envejecer con...

En El elogio de la sombra, Junichiro Tanizaki describía la penumbra japonesa como un material tan preciso como la madera o la piedra, un valor que se cultiva, se administra y se deja envejecer con paciencia. Esa idea, publicada hace casi un siglo, atraviesa hoy el trabajo de un arquitecto que convirtió la sombra en método de trabajo y el tiempo en materia prima de su oficio. Tomoyuki Sakakida nació y creció en Ōtsu, en la prefectura de Shiga, a la sombra del monte Hiei, justo frente a Kioto. La zona donde creció estaba salpicada de templos y santuarios centenarios, escenarios de siglos de historia que visitaba de manera habitual, sin sospechar todavía que ahí germinaba su vocación. “Recuerdo hacer esos paseos desde muy pequeño”, relata. Esa cercanía cotidiana con la piedra tallada y la madera envejecida de los templos budistas, “funcionó como una primera escuela sensorial”, mucho antes de que la palabra arquitectura formara parte de su vocabulario.

Movido por el gusto de construir cosas con sus manos, eligió esa disciplina en la universidad y, en tercer año, comenzó a formarse en el laboratorio del arquitecto Waro Kishi. Ese aprendizaje definió el rumbo de su carrera. La obra de Kishi, firmemente anclada en el modernismo, conservaba sin embargo una sensibilidad profundamente japonesa. “Sus composiciones espaciales, que empleaban materiales industriales del siglo XX, como el concreto, el acero y el vidrio -cuenta-, me parecían profundamente bellas durante mis años de estudiante, y recuerdo el deseo intenso de crear algún día arquitectura dentro de esa misma tradición”. Aquella primera admiración tenía menos de imitación que de método: aprendió a mirar un edificio como se aprecia una frase bien construida: atento a cada articulación, a cada silencio entre un material y otro.

Tras terminar el posgrado trabajó cerca de dos años en un estudio de arquitectura de gran escala antes de fundar su propia práctica, apenas a los veintiséis años. En ese primer tramo, su trabajo estaba fuertemente marcado por la influencia de Kishi: la circulación, la composición espacial y la racionalidad estructural propias del modernismo. El giro llegó a fines de su segunda década de vida, cuando conoció al artista contemporáneo Hiroshi Sugimoto y se involucró en los planes de este para fundar una fundación y diseñar sus instalaciones. A medida que la colaboración se profundizaba, la sensibilidad japonesa de Sugimoto, enraizada en su filosofía y en un vasto conocimiento de la historia, fue moldeando la mirada de Sakakida. De ese vínculo, y de una serie de encargos inesperados, nació el estudio New Material Research Laboratory, que fundaron juntos.

Materiales nuevos

El nombre del proyecto esconde una provocación deliberada. Durante la posguerra, el crecimiento económico de Japón y la racionalización de las técnicas constructivas empujaron al olvido a oficios y materiales transmitidos de generación en generación, un proceso acelerado por los avances en distribución y la llegada de materiales extranjeros más baratos. Sakakida y Sugimoto decidieron entonces volver a iluminar los materiales, las destrezas artesanales y los oficios japoneses, esos que en rigor son “materiales viejos” y “técnicas viejas”, pero que eligieron llamar “nuevos” en su trabajo. “Mi comprensión de los materiales y las técnicas propias de Japón creció con el tiempo, y con ella la convicción de que deben transmitirse a las generaciones futuras como prácticas sostenibles”, afirma. Su estilo actual, asegura sin rodeos, “quedó definido para siempre por el encuentro con Sugimoto”.

“Mientras la arquitectura nórdica privilegia la calidez, la escala humana y el bienestar, la japonesa apuesta por espacios poéticos nacidos de una atmósfera de vacío, impregnados del mismo concepto de tiempo”

Consultado sobre si existe todavía un estilo japonés en la arquitectura contemporánea, Sakakida elige empezar por el techo: “Los aleros bajos y profundos guían la mirada hacia el piso, intensifican el vínculo con el jardín y dejan entrar la luz natural de manera suave. Ahí reside buena parte del carácter japonés de un edificio”. Pero, según su mirada, el estilo excede la forma. “Creo que la elegancia japonesa reside en el espíritu y en la sensibilidad que encarna, en la apreciación del vacío, en la convivencia con la naturaleza y en el respeto por los materiales -afirma-. Cuando estos valores, enraizados en la cultura histórica, se manifiestan en la arquitectura, percibimos lo que llamamos japonesidad. Se trata -insiste-, de una cualidad que puede intuirse pero difícilmente medirse con reglas fijas, algo que se reconoce en el cuerpo antes que en el plano, en la manera en que un espacio recibe a quien lo habita”.

Para Sakakida, la esencia de la sensibilidad japonesa se juega, sobre todo, en el diálogo entre la luz y la sombra, y en el discernimiento de los materiales. Ambas cuestiones remiten, en última instancia, a una misma idea: el tiempo. “La luz que cambia dentro de un espacio desde el amanecer hasta el atardecer”, sentencia. La oscuridad celebrada en El elogio de la sombra, son para él expresiones esenciales de la arquitectura japonesa. “Los materiales -sostiene-, también son depositarios del tiempo: la madera lo revela en sus anillos de crecimiento, la piedra lo transmite a través de una superficie que guarda 4600 millones de años de historia de la Tierra. El concepto de tiempo recorre los cimientos mismos de mi arquitectura”, resume.

Algo similar ocurre, aunque con matices, en su comparación con la tradición nórdica, con la que suele emparentarse su obra. Reconoce puntos de contacto en el trato de los materiales y en la relación con la naturaleza, pero marca una diferencia de acento: “Mientras la arquitectura nórdica privilegia la calidez, la escala humana y el bienestar -advierte-, la japonesa apuesta por espacios poéticos nacidos de una atmósfera de vacío, impregnados del mismo concepto de tiempo”, la base atraviesa toda su obra.

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Esa atención al tiempo se traduce, en la práctica, en un cuidado casi obsesivo por la madera y la piedra. Un territorio tan reducido como el japonés concentra, según explica, una variedad asombrosa de materiales, cada uno moldeado por su lugar de origen: “la veta de una pieza de madera revela el clima y el entorno donde creció el árbol, mientras que el granito, la andesita o el mármol, producto de un país modelado una y otra vez por fuerzas tectónicas, ofrecen una gama amplísima de texturas y colores. A través de esos materiales -indica-, se teje la presencia del tiempo y de la naturaleza en el interior de un espacio”.

Esa mirada convive con cierta incomodidad ante el presente. “En una época gobernada por la eficiencia y el costo -lamenta-, los materiales suelen reducirse a elementos superficiales, cuando en verdad encarnan la memoria de un lugar, un sentido de arraigo y de vínculo humano. Tratarlos con cuidado enriquece profundamente la arquitectura”.

Cinco principios

Consultado sobre cómo trasladar una sensibilidad japonesa genuina a cualquier espacio, más allá del tatami o los shoji que suelen resumirla de manera superficial, Sakakida ofrece cinco principios que funcionan casi como un manifiesto: “atender el espacio vacío, el yohaku; percibir la luz y la sombra; recurrir a materiales naturales; cuidar la conexión entre el interior y el exterior; apreciar el jardín y mantenerse atento al paso de las estaciones. Cada uno de esos gestos -aclara-, vale poco de manera aislada, y sólo cobra sentido cuando conversa con los demás, en una composición donde el vacío ilumina el material y el jardín ordena la luz que entra por la ventana.

Esos cinco principios guían hoy uno de sus proyectos más visibles: la restauración de un edificio patrimonial en el corazón de Kioto, donde antiguas técnicas artesanales conviven con un programa hotelero contemporáneo. El Imperial Hotel Kyoto consiste en la restauración del Yasaka Kaikan, un edificio patrimonial de 1936 diseñado por Tokusaburo Kimura, ubicado en el distrito de Gion. Allí se aplicó, por ejemplo, la técnica ikedori para conservar 16.387 tejas originales del edificio. “Ahí -dice-, he perseguido junto a su equipo la esencia de la estética japonesa a través de exactamente esos mismos gestos que ha practicado durante toda su carrera”.

Entre el rigor del modernismo aprendido junto a Waro Kishi y la sensibilidad histórica que le transmitió Hiroshi Sugimoto, Sakakida construyó un lenguaje propio que rehúye las etiquetas fáciles. Ni nostalgia ni ornamento, su arquitectura propone una relectura silenciosa de lo antiguo, convencido de que lo viejo, bien mirado, es siempre lo más nuevo que hay.

Fuente: https://www.lanacion.com.ar/conversaciones-de-domingo/tomoyuki-sakakida-pensar-el-tiempo-como-principio-de-diseno-nid06092026/

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