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Tortícolis aguda de tanto mirar para otro lado

“Las cadenas del hábito son generalmente demasiado débiles para que las sintamos, hasta que son demasiado fuertes para que podamos romperlas”, advertía el polígrafo Samuel Johnson. Se ha he...

“Las cadenas del hábito son generalmente demasiado débiles para que las sintamos, hasta que son demasiado fuertes para que podamos romperlas”, advertía el polígrafo Samuel Johnson. Se ha hecho hábito en nuestro país -está aceptado como cultura política- un conjunto de patologías: la logorrea atrabiliaria, la grosería histérica, la destemplanza insultante, la exaltación de la discordia, el egoísmo más descarado, la manipulación más flagrante y la extravagancia más ridícula. Estos malos hábitos, que hoy se despliegan casi sin freno alguno, forman callos en la degradada conciencia colectiva, que permanece bajo anestesia creciente, y derivan menos de una estrategia deliberada e importada que del temperamento personal de un líder místico y populista propenso al dislate, y a quien el aparato oficial debe salir todo el tiempo a respaldar, justificar o traducir, a veces con ciclópeo esfuerzo. Muchos republicanos tienen, a esta altura del partido, tortícolis aguda de tanto mirar para otro lado, y se percibe en ellos la convicción consciente o inconsciente de no registrar los desatinos, inepcias y crueldades del equipo de Javier Milei porque de ese modo les dolerá menos tener que votar su reelección; últimamente, han abandonado las noticias y se han refugiado en las series para no sufrir tanto: el espasmo muscular del cuello es preferible a la indigestión.

El Gobierno parece incapaz de mejorar la economía real y el poder adquisitivo; no tiene voluntad ni herramientas intelectuales para hacerlo

En el más reciente estudio de Poliarquía muchos de esos votantes tienen ubicación y sentimiento: “El deterioro en los niveles de optimismo de los últimos meses se explica por la fuerte caída que se registró entre los votantes antikirchneristas”, especialmente entre aquellos que solo acompañaron a Milei en el balotaje. Esa caída, en seis meses, fue del 27%. No solo no concuerdan con las formas, que son aberrantes y contrarias a su espíritu, sino con el fondo de la cuestión: el Gobierno parece incapaz de mejorar la economía real y el poder adquisitivo; no tiene voluntad ni herramientas intelectuales para hacerlo. Aun así es dable imaginar que parte de esos desencantados del institucionalismo atisben de soslayo las caripelas de la cantera kirchnerista y piensen, en su fuero interno, que tal vez al final no les quede más alternativa que volver votar a su actual verdugo: los verdaderos republicanos son pasajeros de una pesadilla en el avión de la locura libertaria. Gente que buscaba un país normal y está normalizando, con su silencio, esta anomalía escandalosa.

Los verdaderos republicanos son pasajeros de una pesadilla en el avión de la locura libertaria

Los números decepcionantes de la actividad y de la imagen general de su liderazgo y de su administración, y los daños autoinfligidos durante el Mundial de Fútbol, eliminaron el bozal del Presidente: se aguantó cuanto pudo, pero ahora hay que recuperar posiciones y empalmar de nuevo el deber con el goce; la necesidad táctica de mostrarse muy estentóreo y agresivo, con la compulsión íntima por serlo. Peligrosos fuegos de artificio para retomar la iniciativa, dominar la agenda y distraer a la gilada. Y de paso jugar a ser “el gendarme de Trump en la región” (Van Der Kooy dixit) y congraciarse aún más con el Tío Sam, con quien el león es siempre y en todo lugar un inofensivo caniche, incluso cuando sus amigos norteamericanos, que son proteccionistas, le aplican aranceles a la Argentina. Viajó a Brasil a insultar a su principal socio comercial -Lula es “ladrón”, “presidiario” y “basura socialista”-, en uno de los hechos diplomáticos más desgraciados de las últimas décadas, y al regresar usó los micrófonos de la radio para, en un arrebato, vapulear y agraviar a un dirigente de la oposición y sugerir su escrache. Ejemplar. Una diputada que tiene la orden de defender lo indefendible fue a la televisión a recordarnos una máxima de las relaciones internacionales: “Que entre dos presidentes se insulten es esperable”, afirmó. Y agregó en seguida: los periodistas que dicen lo contrario, “son tontos o pagos”. La insolencia y la mala fe de los ignorantes con fuero.

¿Qué pensará el mundo de una sociedad que entronizó primero a una dama chavista y luego a un trumpista fuera de quicio?

Como alguien le señaló a su jefe que el espíritu de unidad y argentinidad del Mundial y la reivindicación de Malvinas después del partido con Inglaterra habían dejado en falsa escuadra al admirador de Margaret Thatcher, Milei “descubrió el nacionalismo” (Jacquelin dixit), se subió a la indignación popular por la “ola antiargentina”, acusó sin pruebas al PT brasileño de haberla financiado y dio a luz, entre gallos y medianoche, un decreto para modificar la ley de migraciones y rechazar el ingreso de extranjeros si hablaron o escribieron alguna vez en contra del país. “Mensajes de odio” denuncia el texto firmado por uno de los mayores odiadores de América Latina, y sin duda uno los principales responsables de que nos acusen de racistas en varios países, puesto que sus fanáticos rentados fueron los primeros en escupir tuits contra los “negros” que jugaban en distintas selecciones. Recordemos, por otra parte, que el gran gurú del jefe de Estado es Murray Rothbard, y que este reivindicaba el macartismo. Y ya que nos interesa tanto la imagen del pueblo argentino, ¿qué pensará el mundo de una sociedad que entronizó primero a una dama chavista y luego a un trumpista fuera de quicio? Dos líderes extremos, desmesurados, malhablados y mesiánicos, con la obsesión por dividir y sembrar cizaña, y la autoestima personal suficiente como para impartirles grandes lecciones de gobernanza a los estadistas de las naciones más desarrolladas del planeta. ¿De verdad somos tan diferentes a quienes nos gobiernan? ¿De verdad los republicanos están de acuerdo, como dicen, con el “rumbo general”, que implica destruir el Estado y abandonar definitivamente una política activa en producción, educación e infraestructura? La mismísima Kristalina Georgieva dijo esta semana que faltaba un “crecimiento más equilibrado”, avisó que la expansión se concentra en pocos sectores de la economía (agro, petróleo, gas y minería), pidió mejorar el consumo y las condiciones de las pyme y las familias, y señaló: “Los países pobres que se transforman en países ricos necesitan de infraestructura, educación y el imperio de la ley para combatir la corrupción”. Tal vez Milei debería gritarle: “Si no te gusta andate a Cuba”. Porque, créase o no, el Fondo Monetario Internacional se ubica a su izquierda. Los anarcocapitalistas no creen en esos objetivos, que huelen a “zurdos” o a keynesianos: se trata de desregular y que el mercado acomode la vida de los que puedan. Tampoco tienen una vocación especialmente marcada por la transparencia: recordemos que todo esto sucede mientras, en las catacumbas, el oficialismo impulsa o habilita una gigantesca e inquietante reconfiguración del Poder Judicial no para oxigernarlo, como aseguran, sino para convertir la “servilleta de Corach” o “la mayoría automática menemista” en miniaturas de juguetería. Aquí funciona de nuevo el concepto de los malos hábitos de Johnson: la falta de voces críticas en el campo republicano permite que la “destrucción creativa” arrase con todo y sin transiciones prudentes ni certezas positivas, y la rana institucional se cocine definitivamente en la olla. Los republicanos no deberían responder: “Te puede gustar o no, pero el Presidente actúa con convicción” o “Milei está siendo Milei”, cuando los confrontan con estos pecados mortales. Parecen una persona golpeada justificando a su pareja violenta. Algo tétrico de lo que se arrepentirán. Cuando sea demasiado tarde.

Fuente: https://www.lanacion.com.ar/opinion/torticolis-aguda-de-tanto-mirar-para-otro-lado-nid01082026/

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