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Una joya del off: fue una obra de culto, impulsó las carreras de Esteban Lamothe y Pilar Gamboa y hoy llega a la calle Corrientes

Hace 16 años, un miércoles a la noche se estrenaba en la sala El Callejón de los Deseos (actual Espacio Callejón) la obra El tiempo todo entero, de la dramaturga y directora...

Hace 16 años, un miércoles a la noche se estrenaba en la sala El Callejón de los Deseos (actual Espacio Callejón) la obra El tiempo todo entero, de la dramaturga y directora Romina Paula. Actuaban Esteban Bigliardi, Pilar Gamboa, Esteban Lamothe y Susana Pampín. Los tres primeros venían de interpretar los personajes en Algo de ruido hace, otro espectáculo de Paula. Algunos de ellos apenas habían trabajado con reconocidos cineastas del circuito indie, empezaban a transitar el mundo de la televisión abierta y el circuito del teatro comercial de la avenida Corrientes seguramente les parecía totalmente ajeno.

Gracias al lúcido boca a boca, a las funciones de los miércoles fueron llegando gente de teatro, directores de cine y productores de la televisión abierta cuando en la pantalla chica había ficción. Y, claro, público de todo tipo. El tiempo todo entero pasó a ser una fija, una cita obligada. En el recorrido de Gamboa y de “los Esteban” ese montaje del grupo Los Primos marcó un antes y un después. Para Pampín, la última en sumarse a la banda de amigos, fue cumplir el deseo de trabajar con estos actores que había admirado tanto en la obra anterior.

“Fue una obra muy generosa que nos llevó de viaje a distintos países. Catorce años después de la última función en Buenos Aires regresamos con el elenco original. Este es el auténtico El tiempo todo entero”, anticipa la talentosa Romina Paula en la información de prensa. Se presentará los martes en el Paseo La Plaza, hasta el 13 de octubre inclusive. Se viene la fiesta y la congoja, la sensación de desgarro ante una despedida. Todo junto. Todo mezclado. Todo entero.

El tiempo todo entero, 2010

La obra revisita el universo de El zoo de cristal, el clásico de Tennessee Williams, desde una perspectiva contemporánea. Así escrito, podría ser algo poco “vendedor”, no importa. Haciendo apenas una función semanal aquella obra se transformó en un verdadero objeto de culto del circuito independiente, en una fija de los grandes festivales europeos, en una maquinaria de cosechar elogios de la prensa local e internacional (“Juego sutil, emoción pura”, dijo Le Figaro, de Francia; “Es una delicia, una joya, afirmó el diario El País, de España).

Al año del estreno Gamboa dialogaba con LA NACION en el bar El Banderín, de Almagro. En un momento del reportaje pidió un recreo porque debía ir al baño. Antes de levantarse, dijo: “Cuidame la cartera porque tengo la plata del alquiler y si me la afanan me mato”. Una Gamboa auténtica.

De joven, en toda reunión familiar era un clásico que le pidieran que imitara a un tío. En un acto escolar hizo de una conductora de un programa. La cosa fluyó. Se dijo en algún momento: “Voy a estudiar teatro”. Se presentó en el Conservatorio. No entró. Se anotó entonces en el Rojas, en un curso dictado por Cristian Drut, contaba aquella vez. No paró: teatro independiente, Grupo Piel de Lava, cine de autor, series televisivas, cine comercial, Netflix y miembro de Paraíso Club, entre otras cuestiones.

El mismo año, pero en un bar de Palermo, otro reportaje. Esta vez con Esteban Lamothe. Acaba de estrenarse El estudiante, película clave en la trayectoria de Santiago Mitre en la cual también actuaba Romina Paula. Había llegado al bar un tanto contrariado. Acaban de publicar una nota de tapa en otro matutino en el que Mitre y él habían sido entrevistados. No había ninguna declaración suya. “Se ve que no digo cosas interesantes...”, confesó confundido. Lamothe había dejado Ameghino, su pueblo, cuando tenía 17 años. En Buenos Aires intentó ingresar al CBC. Cinco bochazos al hilo lo hicieron abandonar. Durante 10 años se había ganado la plata como mozo y como pintor. Un día, se anotó en el Rojas, donde conoció a Gamboa. “Parecía que eso de actuar me salía bien. De ahí me fui a estudiar con Alejandro Catalán y a los meses me ofreció hacer Foz”, contaba aquella vez. En ese ámbito se fue gestando la banda de amigos de Algo de ruido hace. Hicieron ruido, no caben dudas. Y desde ese momento no paró: banda de música, teatro independiente y comercial, galán, Netflix, series, cine.

A diferencia del otro Esteban, Bigliardi sí entró al CBC. Se recibió de abogado a los 23 años. No ejerció. Armó una mochila y se fue a conocer el mundo. Entre viaje y viaje, diversos rebusques le servían para juntar unos “mangos”. En uno de esos conoció al otro Esteban. Uno lavaba. El otro era mozo. El mozo le habló del curso de teatro y se anotó. Al tiempo, dirigidos por Romina Paula y bajo el nombre del grupo Los Primos estrenaron Algo de ruido hace (como si fuera un trabajo de citas y espejos, Lamothe y Bigliardi hicieron de primos en la película Villegas). “Llegaba a casa después de la función y ¡uf!, me tenía que tomar una infinidad de birras. Eran las 6 de la mañana y estaba en la cama encendido. Y mirá que estábamos en El Callejón frente a 60 personas y cuando terminaba la función teníamos que correr las gradas. Era la euforia de la primera vez", confesaba en otro reportaje de LA NACION en un bar de la Plaza San Martín en 2018, el actor de películas de Matías Piñeiro, Lisando Alonso, Mariano Llinás, Alejandro Fadel y siguen los nombres.

En el taller de Catalán empezaron a darle forma a ese primer montaje juntos. En algún momento llamaron a Romina Paula para que ordenara el caos. A los pocos meses, les llevó el texto de Algo de ruido hace, la primera de las obras de esta banda de amigos que fue construyendo público propio. Susana Pampín fue a verlos. Quedó, como ella misma reconoció en un posteo de su cuenta en Instagram, “prendada”. “Recuerdo muy claro mi pensamiento: quiero actuar con esta gente”, escribió. Se lo contó a Romina Paula esta cultora del perfil bajo que viene de trabajar con Mariano Pensotti y que un texto suyo se presentó en el Centro de Experimentación del Teatro Colón (CETC).

El año pasado El tiempo todo entero hizo unas funciones en Barcelona. Algo de ruido les hacía volver a presentarla. “Al ensayar nos dimos cuenta de que estaba viva y fue una bomba tanto para el público como para nosotros”, reconoció recientemente Pampín.

Así llegaron al estreno de El tiempo todo entero, en 2010. “Cuando hacíamos Algo de ruido hace era común ir a una casa y en la situación de tomar birra terminaba mirando la compu en una especie de jam de YouTube siempre volvía el tema ‘No hay nada más difícil que vivir sin ti’ de Marco Antonio Solís. Trasladé eso a la escena. Me gusta la imagen de gente alrededor de una compu, me parece que significaba algo en términos de época”, apuntó Romina Paula en la Revista Picadero.

El tiempo todo entero, 2026

Lunes, 19 horas. Primer ensayo en una de las salas del Paseo La Plaza de El tiempo todo entero para su reposición o estreno, como se quiera. El tiempo es otro. Gamboa y Lamothe vienen de transitar momentos de fuerte llegada popular que articulan con propuestas experimentales, territorio que Pampín y Bigliardi conocen a la perfección. Lo mismo que Romina Paula para quien será su debut en una gran sala de la avenida Corrientes.

En el mínimo camarín que Pilar Gamboa está usando para Las hijas, la obra que dirige Adrián Suar que se presentó hasta el domingo; ahora está copado por los cuatro actores que están pasando letra, recordando cada pausa, cada gesto, cada mirada de este perturbador entramado. De buenas a primeras, quien escribe estas líneas es testigo de una versión íntima de esta trama tan conmovedora como cargada de situaciones que parecen imposibles en las que se cuela el humor.

Al subir a la sala, la escenógrafa Alicia Leoutre, quien gestionaba El Callejón de los Deseos cuando se estrenó toda esta maquinaria de sensaciones, va ajustando detalles de la puesta junto a Matías Sendón, quien también se hace cargo del diseño de luces. Ellos son algunos de los que forman parte de esta banda conformada por estos cuatro fantásticos de la actuación que se hicieron un hueco en la apretada agenda (Lamothe está haciendo Secretos en la montaña; Bigliardi, filmando; Pampín está en funciones de otra obra de Romina Paula) para darse el gusto de volver así, todos enteros, a 14 años de la última función en Buenos Aires.

Cuando llega el momento de hacer las fotos los cuatro actores hacen chistes sobre el paso del tiempo. “Después de tantos años nosotros estamos hechos mierda, pero la que está igual es Pampín. Diosa siempre”, sueltan al pasar como si se hubieran abierto el cofre de la felicidad para irse a Bariloche en plan viaje de egresados. “Es muy extraño este abrir y cerrar los ojos. Pasar de El Callejón de los Deseos a La Plaza. También los cuatro actores son otros, somos todos otros”, reconoce Romina Paula quien parece todavía no salir de cierto asombro.

El chaleco sin mangas que usó Pilar Gamboa hasta 2014 lo había tejido la abuela de Romina. Estuvo guardado durante un tiempo en una habitación de su madre junto a escenografías de otras obras del grupo, pero se perdió en una mudanza. En estos tantos años muchas cosas han cambiado. Por lo pronto, son padres o madres de cinco hijos. Si en la sala de Almagro la pared de ladrillos a la vista era parte de la escenografía, ahora la cosa cambió. Y en vez de unas 60 u 80 sillas, los espectadores se podrán ubicar en las más de 400 butacas tapizadas de un rojo un tanto chillón.

A la hora indicada, sin la escenografía terminada, sin puestas de luces, sin el vestuario indicado la maquinaria comienza a funcionar. En la primera escena los hermanos Antonia (Gamboa) y Lorenzo (Bigliardi) escuchan “Si no te hubieras ido”, el tema de Marco Antonio Solís. “Te extraño más que nunca y no sé qué hacer. Despierto y te recuerdo al amanecer. Me espera otro día por vivir sin ti. El espejo no miente, me veo tan diferente. Me haces falta tú”, se escucha desde un parlantito mini.

En medio de una atmósfera tensa, de verdades no dichas, de un erotismo agazapado aparece algo no explicitado entre recuerdos y mandatos que se activan en la casa de Úrsula (Pampín) en la que viven sus dos hijos: Antonia y Lorenzo. A ellos se suma un amigo de Lorenzo, un tal Maximiliano (Lamothe). Trabajan juntos en un restaurante, un guiño al pasado de cuando uno de los Esteban era mozo y el otro, bachero.

La casa de esa madre dispuesta a todo une e inmoviliza a los hermanos, esos que se acompañan, que se necesitan, que se desean más allá de ellos mismos. Antonia, figura central del entramado, prefiere no salir de allí, no le encuentra sentido alguno. Prefiere estar todo el tiempo entero frente a la pantalla con sus amigos de “la banda ancha”, como le dice su madre. “Soporto mi tiempo entero, todo, sin parar”, afirma en su modo parco, escueto, contenido mientras Lorenzo, su hermano, lee un libro sobre una historia de un barco que persigue a una ballena, como le cuenta a su amigo de la parrilla. Entre una acción y otra aparecen referencias a Frida Kahlo, sobrevuela la idea de un exilio en México y un secreto se mantiene guardado hasta el final. En el tránsito suena un tema de Chavela Vargas, pero también otro de Rata Blanca (todo es posible). La música la activan en una vieja compactera. El tiempo todo entero es previo al tiempo de Netflix, Spotify o de los influencers.

“La obra tiene una clara marca de época de cuando recién comenzaba a instalarse Internet, de cuando no teníamos teléfonos inteligentes. No sé qué pasará ahora con el público. De todas maneras, hay algo que no cambia: el dolor que se produce cuando alguien querido se va. Ese desgarro sigue siendo el mismo. El abrazo final entre la madre y la hija toca en un lugar interno universal”, apunta, luego de la pasada, la creadora de esta atmósfera tan potente que acaba de estrenar Un sueño raro, en Arthaus, con Susana Pampín y Carolina Saade.

En ese momento final del abrazo cargado de desgarro vuelve a sonar el tema de Marcos Antonio Solís. El fotógrafo de LA NACION Rodrigo Néspolo no conocía la obra. Al terminar de verla, tenía los ojos vidriosos de la emoción. Romina Paula lo observó y se emocionó. Sin querer, daba respuesta al efecto de El tiempo todo entero luego de tanto tiempo transcurrido.

Los cuatro fantásticos no son los mismos de hace 16 años, pero la maquinaria de Romina Paula y la compañía El Silencio está perfecta. La obra de culto se muda de un callejón a la avenida Corrientes.

Para agendar

El tiempo todo entero, de Romina Paula. Funciones: martes, a las 20. Paseo La Plaza, Corrientes 1660. Precio de localidades: 40.000 pesos

Fuente: https://www.lanacion.com.ar/espectaculos/teatro/una-joya-del-off-fue-una-obra-de-culto-impulso-las-carreras-de-esteban-lamothe-y-pilar-gamboa-y-hoy-nid17082026/

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