Una muestra “difícilmente repetible”: la obra de Alberto Greco llegó al Museo Reina Sofía
MADRID.— El auditorio se colmó de periodistas y de expertos en arte en la mañana gris. La convocatoria para asistir a la ...
MADRID.— El auditorio se colmó de periodistas y de expertos en arte en la mañana gris. La convocatoria para asistir a la presentación de Alberto Greco. Viva el arte vivo en el Museo Reina Sofía fue un éxito. Esta exposición es la primera de una serie de muestras en las que se les rendirá homenaje a artistas argentinos en estas coordenadas de la capital española: en noviembre se inaugura una retrospectiva de Marta Minujín; en marzo de 2027, desembarca la obra de Fernanda Laguna.
En 1963, en un pueblito de Ávila, Piedralaves, Alberto Greco (Buenos Aires, 1931-Barcelona, 1965) se fusionó con sus habitantes. Tras haber sido expulsado de Italia, el joven y excéntrico artista convirtió aquel sitio desangelado en una obra de arte: todos eran invitados a aportar sus dibujos, garabatos y huellas, y a participar de las experiencias que proponía el argentino, como envolver a la comunidad con un rollo de 300 metros con el Gran manifiesto-rollo arte vivo-dito. Allí los vecinos volcaban sus relatos, cartas, recetas, etc. . El artista rebautizó esta localidad de modo autorreferencial: “Grequissimo Piedralaves: la capital internacional del grequismo”. Así, con este recuerdo, comienza la presentación de Alberto Greco. Viva el arte vivo, un recorrido por ocho salas que exhiben más de 200 obras y documentos de uno de los exponentes más diáfanos de la vanguardia internacional.
Desde mañana y hasta el 8 de junio puede visitarse esta exposición, donde se suman al acervo del Reina Sofía los préstamos de piezas del Museo de Arte Moderno de Buenos Aires, del MoMA de Nueva York, del Patio Herreriano de Valladolid, del Instituto Valenciano de Arte Moderno de Valencia, de la Galería Del Infinito de Buenos Aires, además de colecciones privadas. “La exposición de Greco, me atrevo a decir, que por la calidad precisamente de los préstamos es difícilmente repetible, también por algunos materiales especialmente delicados a nivel de conservación”, aseguró el director del Museo Reina Sofía, Manuel Segade.
La delegada del Área de Cultura, Turismo y Deporte del Ayuntamiento de Madrid, Marta Rivera de la Cruz, presente en la inauguración, agradeció al museo: “Sabemos que lo que aportáis a Madrid es muy grande y esta exposición es una muestra de esto”. La funcionaria recordó una muestra llamada Plazas Vivas que se realizó recientemente en pequeños municipios de Madrid. “Hacer esto ahora es muy fácil. Pero me imagino lo que tuvo que ser en aquella España en blanco y negro cuando, de repente, un artista se lanzaba a hacer algo que era extraño e irreverente, posiblemente al margen de todo, en un momento en que el arte contemporáneo en España era casi una cosa de marcianos”.
Tras este prólogo a la exposición, los presentes recorrieron la muestra junto a su comisario, Fernando Davis, quien desmenuzó la exposición y cautivó a los invitados con su conocimiento y su destreza para transmitirlo. En la primera sala, se advierten los inicios de Greco, quien frecuentó un variado círculo de escritores y artistas, entre ellos Ernesto Schoo , Manuel Mujica Lainez y María Elena Walsh, y asistió a los talleres de pintura de Cecilia Marcovich, Tomás Maldonado y Lidy Prati. En esta sala se exhiben sus primeros poemas y cuentos en las ediciones Criatura humana (1949) y Fiesta (1950), cuya presentación fue interrumpida por la policía bajo acusaciones de comunismo: “Estos primeros relatos articulan sensibilidades minoritarias e inflexiones estéticas y afectivas vinculadas con lo pueril, lo fantástico y lo cursi”, explicaba Davies.
En la sala 2 se evidencia el paso de Greco por el movimiento informalista donde dejó su sello “terrible, fuerte y agresivo”, tal como él definió, cuyo objetivo era dinamitar el “buen gusto burgués”. Greco utilizaba brea, óleo, esmalte, arena, aserrín e incluso, fiel a sus principios de llevar el arte hasta el extremo y de poder recrear la vida en movimiento y transformación, invitaba a sus amigos a orinar sobre estos lienzos. En Madrid, el artista se estableció en la casa de Adolfo Estrada y realizó algunas obras en colaboración con Manolo Millares y Antonio Saura. No son tiempos sencillos para el artista: “Greco siempre estaba al borde, en condiciones muy precarias, justo al borde de la indigencia”, apunta Davies.
En la sala 3, que documenta el período entre 1961 y 1963, emerge un punto de inflexión radical en la obra de Greco. Emulando “La Marcha Peronista”, en un pleno momento de proscripción, Greco se propuso empapelar Buenos Aires con carteles de autopropaganda que rezaban: “¡¡QUÉ GRANDE SOS!!” y “El pintor informalista más importante de América”. En esta sala se encuentra el Manifiesto Dell´Arte Vivo que publicó en Génova en julio de 1962. Greco vuelve a viajar a París en 1962,momento donde proclama la fundación del arte vivo. En esta estancia se vincula con Minujín, así como con René Bertholo y Lourdes Castro (editores de la revista de vanguardia KWY, con la que Greco colaboró).
En la sala 4 aparece además de los documentos e imágenes de su experiencia en el pueblo de Piedralaves, una acción inaudita en Madrid: un viaje colectivo en metro desde la estación Sol hasta la estación Lavapiés, con una posterior visita al mercado. Los medios de la época testimonios que el andén de Sol estaba abarrotado de seguidores del artista. La acción culminó en una corrala (una casa de vecindad con un gran patio central) y la quema de una tela.
En la sala 5 aparecen los dibujos y el color. También “la mala letra”, una escritura rabiosa e ilegible que desafía las convenciones académicas y las pedagogías disciplinarias. En los dibujos hay también letras de tango y de pasodoble, referencias a la religiosidad popular, etc.
La sala 6 propone acceder a la galería privada que Greco tuvo en el sexto piso de la Avenida Manzanares 106, en Madrid, un espacio que funcionaba como taller y punto de encuentro para la farándula y para la realización de exposiciones e incluso de representaciones como Historia del zoo, de Edward Albee, dirigida por William Layton.
En la sala 7 se accede a un período marcado por el nomadismo de Greco, quien realizaba estancias en Buenos Aires, Nueva York, Madrid, Ibiza y Barcelona. Este es el momento en el que eclosionan los autodenominados collages de “autopropaganda”, donde sustituía en avisos publicitarios el nombre de la marca por su propio apellido. En Ibiza comenzó a escribir Besos brujos, basada en el título de la película de 1937 de José Agustín Ferreyra, protagonizada por Libertad Lamarque.
En la sala 8, a modo de epílogo, la muestra expone un collage en el que reclama el arte “para todo el mundo”. Greco se suicida en 1965 tras una sobredosis de pastillas. Su huella es innegable, de un lado y otro del Atlántico. “Greco hizo de la exposición pública de su propia vida un espacio de invención estética, cuyos contornos se modulan entre el postureo histriónico, el suceso mediático y el rumor callejero”, sintetiza Davies en el programa de mano de la muestra que genera una gran expectativa para el público asiduo y también para quienes pueden, por primera vez, acercarse a una muestra de estas dimensiones.