Una mujer estrellada
Suelo pensar seguido en la ósmosis. No recuerdo la clase en que la profesora –será de física, será de biología, será de la primaria– explicó lo que significaba, pero sí estar en el jard...
Suelo pensar seguido en la ósmosis. No recuerdo la clase en que la profesora –será de física, será de biología, será de la primaria– explicó lo que significaba, pero sí estar en el jardín de la casa de mi abuela, ver el pasto verde, el bananero que no daba bananas y pensar en eso, en ese fenómeno por el que una cosa que tiene determinadas características se pone cerca de otra cosa que tiene otras, diferentes, y se van contagiando entre sí. Como un virus, más trágico porque es ida y vuelta. Creo que nunca quise ser científica, las fórmulas no me funcionan, pero la ósmosis está en mi cabeza por lo sangriento de la ecuación. No me importa qué se pueden llevar de mí pero yo todo el tiempo miro qué puedo consumir del otro, que le tengo que sacar, que necesito que me entregue o me revele.
Me puede pasar con personajes que no existen, en la adolescencia era Violeta del programa de televisión Verano del 98, era Alanis Morissette, eran las protagonistas de los libros que me daban en la secundaria, y me pasa con lo vivo. Muy seguido. A veces también muy a destiempo. A mi amiga del pelo tanto y tan dorado, que nació en Brasil, le reclamo cada vez que puedo, por dentro, dónde estaba cuando yo tenía 20 años. Por qué no la conocí antes así me agarraba de ella la valentía, la osadía, la libertad para probar la libertad, para verla y no dejarla pasar sino jugar con ella. A mi amiga que parece pintada por un artista le digo algo parecido, aunque no sé si seguido, pero le pregunto por qué no nos vimos en la facultad si estudiamos lo mismo, por qué no me mostró a los 25 que la coquetería, los zapatos de autor y la saga completa de En busca del tiempo perdido de Proust tenían sentido.
Hace poco leí un libro que habla de esto, de mi ósmosis, o no directamente pero para mí sí. Y mucho más porque a la autora la conozco y la primera vez que la vi el fenómeno se activó con ella. Soledad Álvarez Campos publicó en diciembre Estrellada, una obra de no ficción que cuenta un poco, seguro no del todo porque ella siempre tiene más, sus años de formación pero no académica, no, Soledad habla de cómo llegó a ser la mujer que es. De los shows musicales en los hoteles del Caribe –en los que pretendía ser Victoria Beckham cuando era una de las Spice Girls– al cantante recontra de moda que se enamoró de ella y al escritor admirado que nunca se atrevió a saludar. Soledad escribe como si llevara puesto todo el tiempo su vestido al cuerpo, largo y negro, con un tajo extremo en la parte de adelante. Leerla es estético e incómodo a la vez. Eso lo hace de maravillas. Con eso quiero que me infecte. Su prosa es bella y áspera. Soledad nunca es lisa. Escribe con arrogancia logros amorosos que podrían buscar la envidia pero en ese gesto cuenta lo demás, lo miserable. Escribe: “Acabo de encontrar en su ropero una carta de una exnoviecita, una anónima como yo. Le dice que está muy feliz de cumplir cinco meses juntos, que lo ama. Le habla de tú, como él me habla a mí, como yo mimetizada uso también”. Estrellada trata de música y de arte y de fotografía y de escritura y de grandes hombres que se ven chiquitos, trata de ella, de la historia que tuvo con cada uno. De lo que les sacó, de lo que se llevó. Estrellada es la víctima y la victimaria; una mujer que busca y busca aunque no necesariamente sepa lo que busca o peor, lo quiera, pero busca, se acerca, se pega a cuanto personaje pueda para ponerse a prueba, bien al borde, una y otra vez, para quizá no hacer nada con eso pero sí saber. Esto si quiero, lo tengo. ¿Lo tengo? ¿Lo quiero?
Cuando conocí a Soledad llevaba su pelo castaño largo y una falda al tobillo. Se veía elegante, rea y elegante. Era lunes por la tarde en el taller de escritura que compartimos y leyó un texto sobre un accidente con una taza de porcelana que le cortó los tendones de una mano y ahí me di cuenta de que ella también debía ser un objetivo. Que tenía que prestarle atención para ver qué podía extraerle. Lento, de a poco, por contacto.
Fuente: https://www.lanacion.com.ar/cultura/una-mujer-estrellada-nid21052026/