Nacionales Escuchar artículo

Una travesía entre playas solitarias, especies protegidas y un faro frente al mar

Son 54 metros y 279 escalones. A paso tranquilo, el ascenso demanda entre seis y diez minutos. Dos veces por semana, los suboficiales de la Armada que custodian el Faro Querandí, a 30 kilómetros ...

Son 54 metros y 279 escalones. A paso tranquilo, el ascenso demanda entre seis y diez minutos. Dos veces por semana, los suboficiales de la Armada que custodian el Faro Querandí, a 30 kilómetros al sur de Villa Gesell, suben con una misión impostergable: limpiar los 16 paneles de vidrio curvo, de 63 por 57 centímetros, para que la luz de la garita llegue fuerte y clara a los buques que necesitan orientarse en el mar.

Si la mañana está despejada, disfrutan del aire salado y de una vista imbatible de 360 grados: olas espumosas, médanos y acacias, bandadas de aves surcando nubes infinitas. Pero las condiciones también pueden ser hostiles. Si surge un desperfecto o alguna embarcación reporta que la linterna no funciona, deben subir en plena noche, a veces en medio de una tormenta. Los custodios no se quejan: es parte de una misión que puede extenderse hasta cinco años.

El faro es el atractivo más visible de la reserva municipal de 5.757 hectáreas que contiene la mayor porción intacta de dunas costeras de la Argentina. Pero no es el único. Sus 21 kilómetros de extensión atesoran especies de altísimo valor ecológico, oportunidades únicas para el ecoturismo y un paisaje cautivante. Puede recorrerse a pie, aunque lo más recomendable es hacerlo en vehículos de doble tracción.

Nudismo y tesoros naturales

Llegando desde Mar Azul, la Land Rover Defender se desliza por la huella de arena con un suave arrullo. A la izquierda, el mar. A la derecha, las acacias que fijan los médanos, dan sombra en verano y reparo en invierno. El horizonte se abre, la huella se compacta y el avance se vuelve más ágil.

Las cortaderas autóctonas marcan la entrada a la reserva, junto con la curiosidad de la Playa Naturista Querandí, donde entre 40 y 50 habitués practican el nudismo con altos niveles de privacidad, bajo una estricta prohibición de tomar fotografías y con recomendaciones de protección solar extrema.

Junto a un puesto de guardaparques abandonado aparece un museo a cielo abierto, una naturaleza muerta formada por fragmentos de cráneos, mandíbulas, costillas y vértebras de ballenas varadas en la costa, cuya escala impresiona frente a la dimensión humana. Vale la pena detenerse a explorar. De un momento a otro, el viento también puede dejar al descubierto otros tesoros.

El recorrido continúa con una condición innegociable: no superar los 40 km/h para proteger a zorros, liebres y chanchos del pastizal, pero sobre todo a dos especies especialmente vulnerables.

El ostrero pardo se alimenta, descansa y cría durante todo el año en estas costas. Como sus huevos y pichones se confunden con la arena, los operadores turísticos y el personal de la reserva señalan cada temporada los sitios críticos con cubiertas y restos que encuentran en la playa.

La lagartija de las dunas, capaz de “nadar” en la arena, necesita dunas activas como las de este entorno, con escasa cobertura vegetal y libres de alteraciones. Sus crías, incubadas al sol, están amenazadas por la circulación irresponsable de vehículos 4x4, que deterioran el hábitat y las exponen a depredadores como jabalíes y aves rapaces.

Del vértigo de los médanos a la imponencia del faro

Con las precauciones necesarias, hacemos una pausa para practicar sandboard sobre la cordillera blanda de médanos. Hay que trepar las laderas junto a una laguna de agua dulce, frente a la franja plateada del océano. El esfuerzo tiene recompensa: el vértigo del envión, la adrenalina del descenso y la placidez de la llegada.

A los pocos minutos ya se distingue el faro, como si flotara en una isla de vegetación densa. Mientras zigzaguea por la huella, Flavio van Dorssen, de Excursiones Medaland, recuerda sus primeros viajes en los años 70, cuando recorría este camino en moto o en jeep militar desde Villa Gesell. Lo fascinaban el horizonte interminable, el territorio virgen y la imponencia de aquella torre llegada de otro mundo. Décadas más tarde tomaría la posta de Rosemarie Gesell, hija del fundador de la ciudad y pionera de esta excursión.

Estacionamos bajo una banda sonora compuesta por loros y gaviotas, chimangos y caranchos, ráfagas de viento y oleaje portentoso. Doscientos metros más adelante, el faro emerge como un enclave de paz. Es el quinto más alto de los 60 que hay en el país y mellizo del de Claromecó, aunque con las franjas horizontales blancas y negras invertidas.

Su historia comenzó en 1916, cuando la Armada instaló la primera señal lumínica. La construcción de la torre se inició en 1921 y fue librada al servicio el 27 de octubre de 1922. Es la edificación más antigua del partido de Villa Gesell y fue declarada Monumento Histórico Nacional. Los alrededores transmiten serenidad: un parque agreste permite rodearlo y apreciar cómo la luz realza su estructura desde todos los ángulos.

Atravesar la puerta es pasar de la escenografía natural al eco profundo del hormigón. Arriba, la escalera caracol desemboca en la plataforma circular de la garita. Abajo, el recorrido propone un viaje por la historia marítima argentina: el primer sistema de destellos, una colección de atlas oceanográficos, banderas de Malvinas, una maqueta del ARA San Juan y más restos óseos de ballenas, tiburones, lobos marinos y tortugas.

La custodia está a cargo de dos equipos de tres personas que se alternan cada quince días. Reciben visitantes, mantienen la torre y vigilan las 44 hectáreas del predio. Limpian, pintan, cortan el pasto y reúnen leña para calefaccionar las viviendas. Pero, sobre todo, permanecen atentos al cuarto de máquinas: verifican que los paneles solares carguen correctamente las baterías del sistema fotovoltaico y que, allá arriba, la plaqueta y las lámparas funcionen como corresponde.

De día, el faro orienta a pesqueros y buques militares gracias a su estructura y combinación de colores. De noche, la plaqueta emite una secuencia distintiva de destellos que lo diferencia de cualquier otro: un segundo de luz y tres de oscuridad, repetido cuatro veces, seguido por un segundo de luz y nueve de apagado. Con un alcance de 18,1 millas náuticas, equivalentes a 33 kilómetros, señala con precisión su ubicación en la costa bonaerense.

Más abajo, entre los médanos, las situaciones suelen ser menos previsibles. A veces, los suboficiales deben rescatar durante la noche a conductores que quedaron encajados en la arena y lograron pedir ayuda gracias a esa luz fiel y poderosa. Entonces cobra vigencia una frase que recibe a los visitantes al cruzar la puerta del faro. Una verdad simple y contundente: “Lo importante es tener una guía para no perder el rumbo”.

Fuente: https://www.lanacion.com.ar/revista-lugares/una-travesia-entre-playas-solitarias-especies-protegidas-y-un-faro-frente-al-mar-nid15082026/

Comentarios
Volver arriba