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“Vicente López y Planes fue el presidente olvidado”

Para comenzar, vale la siguiente precisión que hace Elisa. El nombre completo de su tatarabuelo es Alejandro Vicente López y Planes, que durante casi toda su vida pública se presentaba y firmaba...

Para comenzar, vale la siguiente precisión que hace Elisa. El nombre completo de su tatarabuelo es Alejandro Vicente López y Planes, que durante casi toda su vida pública se presentaba y firmaba sus escritos como Vicente López, incluso el poema del Himno Nacional, y que cuando su hijo, Vicente Fidel, tomó notoriedad como político y escritor, para que no haya confusiones, se agregó el “Planes” de su madre.

Quedó, entonces, el Vicente López y Planes que conocemos hoy. Con él nació la descendencia que el escritor Ricardo Piccirilli abarcó en su libro Los López, una dinastía intelectual, haciendo referencia al patriarca Vicente, su único hijo Vicente Fidel, abogado, historiador, político polemista; y el nieto Lucio, también abogado, diputado nacional y gobernador de la provincia de Buenos Aires, que murió en un recordado y famoso duelo de honor ocurrido en 1894. “Se decía en la familia que se escuchaban hasta la calle los gritos de dolor durante los días que agonizó”, recuerda Elisa.

Elisa López es la mayor de la última generación de descendientes más cercanos al prócer, junto con sus primos Gloria, Stella y Alejandro, todos tataranietos. La mujer, que el último 30 de abril cumplió cien años, sintetiza esa figura matriarcal respetada por todos, de inmensa memoria e increíble lucidez, que guarda los recuerdos familiares con devoción y celo. Por ejemplo, una copia manuscrita del Himno Nacional con correcciones de puño y letra del autor; una edición impresa de las sesiones del Congreso General Constituyente de 1825, cuando López y Planes fue diputado; y un cuaderno completo de sus apuntes con reflexiones de distintos temas que acaba de dar en custodia a su sobrino nieto, Eduardo Vicente.

Dice que de niña preguntaba siempre de dónde venía y, quizás por eso, de adulta se dedicó a construir el árbol genealógico familiar y a visitar el pueblo español de San Pedro de Bedoya para conocer y sentir el lugar original de sus ancestros.

Su padre, Eduardo Lucio, era bisnieto del autor del Himno. Su madre era Julia Pinedo, descendiente de Cornelio Saavedra, ya que la madre fue Magdalena Saavedra, bisnieta del presidente de la Primera Junta. “Mi bisabuela era una mujer muy original, divertida... Nos relataba cuentos de su vida que eran increíbles y tenía frases inolvidables. Tanto así, que mis hijos me regalaron un cuaderno para que las anote. Una de ellas era: ‘Las grandes ideas se me van…, las chicas se me escapan’”.

Se suma ahora otro apellido dinástico porque Magdalena Saavedra se casó con Federico Pinedo. Estos abuelos de Elisa fueron los dueños de la propiedad donde hoy está el Museo Fernández Blanco, en la calle Suipacha y Libertador donde ella solía ir de niña. “Mi abuelo hizo abrir la calle Arroyo, que no existía. Había tres niveles de jardines; uno era sobre Arroyo, con cancha de paleta. Los caballos entraban por el portón de Suipacha, que todavía está. Allí nacieron mi madre y cinco hermanos. Había una pequeña puerta, a la que le decíamos la puerta de los contrabandistas, y por ahí salíamos a lo que hoy es Avenida del Libertador, que por entonces era todo tierra”.

Hay tres generaciones de Federico Pinedo que cruzan la vida de Elisa. Uno era su tío, hermano de su madre, que tuvo un hijo Federico y otro llamado Enrique, el padre del exsenador macrista Federico Pinedo. “Los tres éramos muy compinches e inseparable. Nos veíamos todas las semanas, íbamos juntos a clases de francés e inglés, y también de veraneo. Nuestra abuela Magdalena nos llevaba al cine y al zoológico”. Una anécdota resume el cruce de tantos apellidos ilustres en su vida: “Manucho Mujica Laínez venía siempre a casa porque era muy amigo de mi hermana, y solía decir que si la gente supiera todo el abolengo que teníamos, seríamos princesas. Era muy simpático; todo un personaje. Otro que nos visitaba seguido era Jorge Mitre, nieto de Bartolomé y director del diario, gran amigo de mi madre”.

—Es de la generación centenaria, como Mirtha Legrand…

—Mirtha es un año menor (ríe). Muchas veces la critican, pero hay que ver lo que es llegar a los 99, y todo lo que ella hace.

—¿Y qué es llegar a los 100 años?

—Cada persona es una historia, con sus más y sus menos. No hay fórmula. En mi caso, solo puedo agradecer a Dios por todo lo que me ha dado. Empezando por la familia que construimos junto con mi esposo, y por ser descendiente de hombres que han sido protagonistas de la construcción de la Argentina. Y lo hicieron con entrega y modestia. Vicente nació y murió en la misma casa de Perú 541. Ese es el legado que nos han dejado a todos sus descendientes y que, creo, hemos sabido honrar.

—¿Cuán presente estuvo en su vida su tatarabuelo?

—En casa siempre se hablaba de Vicente. Estuvo incorporado a la vida cotidiana y por eso estaba muy presente. Me crie conviviendo con la silla de esterillas con brazos de madera y un almohadón pequeño, la mesita en la que escribió el himno, un cuadro en óleo bien grande, que mostraba su figura, y esos muebles históricos. En el gobierno de Aramburu, la familia decidió donarlos al Estado, junto con una copia manuscrita del himno. Lamentablemente, pasados los años, el cuadro y los muebles desaparecieron. No se sabe dónde están, y eso que hemos reclamado... A veces, cuando muestran en los medios la supuesta silla de López y Planes, llena de tachas, me río, porque no es la original, la que estaba en la familia. También recuerdo que, de niña, con dos tíos, hermanos de papá, que a su vez eran mis padrinos, me llevaban todos los 11 de mayo, Día del Himno, a la única escuela que había por la calle Charcas, y que se llamaba Vicente López y Planes. Nos invitaban especialmente para cantar la canción patria. Me daba mucha vergüenza, porque yo era la única que no tenía puesto un guardapolvo blanco. En la casa de mi prima Gloria enseñaban a cantarlo de memoria y la primera versión, la más larga. Yo no pude nunca. El primario lo hice en una escuela que estaba al lado de nuestra casa, en calle Junín, y después fui a la Escuela N°2 Domingo Faustino Sarmiento, el de las cinco esquinas de Libertad y Juncal. Fue cuando nos tocó ir a la inauguración del Obelisco.

—¿Qué recuerdo tiene de ese acto?

—Fue un 23 de mayo de 1936 y yo tenía 10 años. Se hizo un gran acto con la presencia de todas las escuelas, que se ubicaron en forma radial al Obelisco. Yo fui la abanderada de mi escuela, y estábamos bien pegados a la cara de lo que hoy sería el costado que da a Pellegrini y Corrientes. Era un día soleado, pero con muchísimo frío, tanto que con el abrigo que me tuve que poner casi no me cerraba el guardapolvo. Era un gentío, estábamos adelante de todo y había muchísima la gente alrededor y hacia atrás. Al otro día nos enteramos en la escuela que una de esas placas enormes de la pared del Obelisco se había caído. Podría haber matado a alguien...

Sin saberlo, aquella Elisa de 10 años soportó de pie el intenso frío en un lugar que, muchos años después, marcaría su vida para siempre. Para construir el Obelisco se debió derrumbar el edificio de la antigua iglesia San Nicolás de Bari, donde en el siglo XIX una beba fue abandonada en la puerta del templo. Quiso el destino que esa recién nacida fuera muchos años después su abuela paterna, quien se casó con su abuelo Alberto Vicente López. “El párroco Eduardo O‘Gorman y su hermana, Carmen, se hicieron cargo de la niña. La adoptaron, la criaron y le dieron su nombre y apellido: se llamó Susana O’Gorman de López. Nunca se supo exactamente quién fueron sus padres. Por eso mi abuela fue tan religiosa. Tuve una relación muy linda con ella, muy cercana”, recuerda.

A los 22 años, Elisa se casó con Carlos Eduardo Bullrich, con quien tuvo cinco hijos, que le dieron 20 nietos y 29 bisnietos. Su familia política también tiene una intensa historia. El bisabuelo de su marido, Adolfo Bullrich, fue designado en 1898 por el presidente Julio Argentino Roca como intendente de la Ciudad de Buenos Aires. Fue el fundador de la famosa casa de remates Adolfo Bullrich & Cia, de venta de hacienda, que luego pasó a llamarse Casa Bullrich. El edificio original aún se conserva, pero es conocido, claro, como Patio Bullrich. Cuenta que cuando se vendía hacienda en la planta baja, en los pisos superiores funcionaban las oficinas administrativas y que luego, al terminarse los remates, el edificio pasó a tener locales comerciales en la plata baja, con entrada por la calle Posadas. “Allí trabajé allí en los remates de antigüedades, entre 1976 y 1981, en la dirección de Arte. Mi marido se especializaba en libros antiguos. Por muchos años hice traducciones de libros, de inglés y francés, para la editorial Emecé”, explica.

—¿Cómo era la personalidad de Vicente López y Planes, en la intimidad familiar?

—Era un hombre modesto y muy mesurado. No hacía alarde de lo que tenía o hacía. Y eso, para mí, es para sacarse el sombrero; no es común. Para él, la función pública era un servicio. Cumplía una misión y se retiraba. No quería cobrar nada. No la pasó muy bien cuando fue presidente de la Cámara de Apelaciones de Buenos Aires, en la época de Rosas. Mantuvo un buen vínculo con el gobernador, quien, se decía en casa, tenía la costumbre de mandarlo a buscar a medianoche a su domicilio para que le interpretara los sueños que tenía. Creo que lo hacía a propósito para fastidiarlo, ya que al mismo tiempo tenía a su único hijo, Vicente Fidel, es decir mi bisabuelo, en el exilio en Montevideo, por ser opositor a Rosas y pasando penurias económicas. Tengo cartas de Vicente en las que describe la ayuda que le enviaba a su hijo, y otras en las que Vicente Fidel le agradece con mucho cariño a tu “tatita” por los zapatitos que le había enviado a su hijo. Esa separación lo afectó mucho, estar tanto tiempo separado... Incluso, y a pesar del exilio, fue Vicente quien pudo hacer casar a su hijo en Buenos Aires a través de un poder especial que le había dado, y después acompañó en el barco a su nuera hasta Uruguay, para que se encuentre con su esposo.

—¿Qué desconocemos los argentinos de él, más allá de su rol como autor del Himno?

—Que es el presidente olvidado, el que no tiene su busto en la Casa Rosada. Fue el segundo presidente de nuestra historia porque fue quien tuvo que reemplazar a Rivadavia tras su renuncia, en 1827, como consecuencia de la guerra contra Brasil. Fue electo por los legisladores con consenso y mayoría para resolver la primera crisis institucional del país. En poco tiempo debió restablecer la autoridad política, mantener la legalidad institucional del incipiente país y disolver el Congreso para llamar a elecciones, de las que surgió Manuel Dorrego como gobernador de Buenos Aires. Se puede decir que fue uno los hombres que integró el grupo de patriotas que creó la Argentina que conocemos hoy. Participó de todos los hechos más importantes de la etapa independentista y de la organización. Estuvo presente en la vida pública desde las invasiones inglesas hasta la caída de Rosas en Caseros, momento en que Urquiza le pide que se haga cargo de la gobernación de Buenos Aires para ordenarla, si bien mantenía el cargo en la Justicia de la provincia, y así lo hizo. Diría también que sus pasiones fueron la abogacía y la literatura, porque para él la función pública era un deber, un servicio al país. Todo está bien desarrollado y con documentos en la primera biografía completa, escrita por Pablo Palermo. Ese cuaderno personal con sus escritos muestra una parte desconocida de él, como su amor por la botánica y la astronomía, y su preocupación por la salud y las enfermedades de los niños, que lo llevó a ser uno de los fundadores de la Academia Nacional de Medicina. Solía aconsejar a las madres que enseñen a sus hijos el sano deporte del barrilete.

—¿Qué diría hoy de esta Argentina del siglo XXI, tan complicada?

—Que, a pesar de todo, existe un país consolidado. Vicente nunca se prestó a las divisiones, fue un hombre que en aquellos difíciles tiempos no quería la anarquía, y por eso fue convocado en todas las épocas y casi siempre en momentos de crisis. Y estaría orgulloso de que la letra que escribió para el himno nacional haya sido cantada por todos, sin excepción de banderías, y aún hoy, desde hace más de 200 años. No por nada el general San Martín lo nombró albacea de su legado.

La tarde cae. Elisa cierra su carpeta de sus documentos históricos, y bebe el último sorbo de té.

Fuente: https://www.lanacion.com.ar/conversaciones-de-domingo/vicente-lopez-y-planes-fue-el-presidente-olvidado-nid21062026/

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