Nacionales Escuchar artículo

El siglo XX argentino y el peronismo, según Halperin Donghi

Antes de que el siglo XX se cerrara, el derrumbe del mundo soviético y la adopción de la economía de mercado por la China comunista hicieron que la victoria del capital alcanzase una dimensión ...

Antes de que el siglo XX se cerrara, el derrumbe del mundo soviético y la adopción de la economía de mercado por la China comunista hicieron que la victoria del capital alcanzase una dimensión planetaria. Estos fenómenos fueron sucedidos por la emergencia de un gran polo de poder en Oriente -tal vez la historia de crecimiento económico más formidable de la historia moderna- que trajo una mejora radical en las condiciones de vida de las mayorías en las regiones más pobladas del planeta. El siglo XXI también se abrió con otras sorpresas, como el renacimiento de las guerras de religión.

En este mundo de equilibrios efímeros y rostro cambiante, los intelectuales que se mantuvieron fieles a los ideales y creencias heredados del siglo XIX, o que lo trocaron por otras versiones más modernas del optimismo, solo pudieron sostener su fe a costa de una mutilación de su voluntad de comprender. Quienes se creyeron capaces de interpretar el signo de su tiempo se expusieron a ser desmentidos en el curso de pocos años. La sucesión de nuevos escenarios fue demasiado rápida para que las continuidades de fondo pudieran ser objeto de reflexión. De allí que el siglo XX no se prestó para la consagración de pensadores de ambiciones olímpicas como los que dio la centuria anterior. Figuras como Marx o Weber fueron productos característicos del siglo XIX, que difícilmente hubiesen podido florecer en el complejo e indescifrable periodo que siguió a la Gran Guerra.

En este punto, el contraste entre las perspectivas de Tulio Halperin Donghi y Eric Hobsbawm es revelador. El talentoso historiador marxista británico, que vio al siglo XIX como una gran epopeya de ascenso de la civilización burguesa, con cuyos valores y promesas se identificó, no pudo mirar al XX sino como un siglo de declinación. Indiferente a esa teleología, Halperin Donghi logró percibir mejor que, más que la crisis o el derrumbe de un proyecto sociocultural, el signo de los tiempos fue la creación de falsas auroras y la formación de espejismos que enturbiaron la visión de largo plazo o que dieron motivo a profecías de efímera vigencia. Este juicio no solo vale para el gran panorama. No es casual que, dentro de nuestras fronteras, en nuestro universo más provinciano, el siglo XX careciera de figuras capaces de ofrecer intuiciones tan certeras como las que Halperin Donghi creyó identificar en figuras de la etapa anterior como Josef de San Alberto o Juan Bautista Alberdi, para no hablar de sus admirados Mitre y Sarmiento.

Sus héroes del pensamiento del siglo XX fueron intelectuales de un nuevo tipo, como Raúl Prebisch y Fernando Henrique Cardoso

En síntesis, el modo en que Halperin Donghi concibió el contexto y las circunstancias en las que se desenvolvió el trabajo intelectual en los tiempos que le tocó vivir, así como el tipo de destrezas que elogió y los logros que identificó, ayudan a entender por qué no reconoció grandes deudas con los analistas del siglo XX, ni les asignó tanta relevancia como intérpretes de su propio tiempo. Fue la consecuencia de que, según afirmó, los letrados vieron su papel de “guías de la nación reducido al de meros testigos y copartícipes de la vida nacional” (Halperin Donghi, 2000:15). De hecho, en sus trabajos dedicados a la etapa posterior a la Primera Guerra Mundial no hubo equivalentes a lo que Mitre o Sarmiento, o incluso Marx o Weber, significaron para definir su visión del siglo previo. Allí, el lector buscará en vano la estrecha identificación entre el punto de vista del actor y la del historiador que constituye uno de los recursos retóricos más característicos de estudios como Una nación para el desierto argentino.

La contracara de este cuadro es una estrategia analítica menos respetuosa de las ideas de los intelectuales y más centrada en el análisis de actores y procesos propiamente políticos. Es más: con frecuencia, esas figuras más opacas que son los letrados del siglo XX cumplen la función de testigos o de protagonistas de dramas cuyo libreto no siempre alcanzan a comprender del todo. Rara vez Halperin Donghi les asigna el papel del legislador o del intérprete, y con menor asiduidad todavía el del gran pensador. Tanto es así que sus héroes del pensamiento del siglo XX fueron intelectuales de un nuevo tipo, como Raúl Prebisch y Fernando Henrique Cardoso, más destacados por su capacidad para construir instituciones y liderar procesos de cambio político o institucional que por la sofisticación de sus construcciones intelectuales. ¿Y no es revelador que su letrado preferido del siglo XX haya sido, más que un analista de la sociedad, un artista de la pluma como Jorge Luis Borges? El autor de Ficciones, muy evocado en los textos que Halperin Donghi consagró al siglo XX, le sirvió como un inspirador de fórmulas para pensar los problemas de esta centuria más que cualquier profesional del análisis social.

El siglo XX argentino

Con este panorama en mente, giremos la atención hacia la manera en que Halperin Donghi concibió la trayectoria histórica de la Argentina en el siglo XX. Nos interesa detenernos en la visión que maduró hacia el final de su carrera que, en la medida en que coincidió con el cierre del período que estamos considerando, le permitió elaborar una perspectiva global de esa etapa. Para encuadrar el problema podemos comenzar dirigiendo la atención hacia el contraste entre la manera de entender ese gran hito histórico que fue el peronismo en estudios de la década de 1960 como Argentina en el callejón (1964) y la que se observa en aproximaciones posteriores, en especial en La larga agonía de la Argentina peronista. En este último ensayo, publicado en 1994, Halperin Donghi adelantó razonamientos tomados de un estudio más extenso sobre la historia del siglo XX sobre el que trabajó largo tiempo pero que finalmente decidió no completar. En cualquier caso, en La larga agonía, así como en otros trabajos dados a conocer en esos años, Halperin Donghi terminó de perfilar una visión alternativa no solo de ese hito crucial de nuestro siglo XX sino, más en general, de toda la historia nacional.

En la década de 1960, y al igual que muchos otros integrantes de la intelectualidad progresista o de izquierda de esos años, Halperin Donghi argumentó que el gobierno peronista solo había introducido retoques menores en la arquitectura socioeconómica del país. La política económica justicialista, sostuvo en Argentina en el callejón, fue “solo parcialmente innovadora y aún más escasamente previsora” (Halperin Donghi, 2006:156). En esos años, Halperin Donghi veía al experimento político liderado por el general Perón como un proyecto de claros rasgos autoritarios que reposaba sobre bases endebles, toda vez que su programa nacionalista y distribucionista solo podía sobrevivir en un contexto de holgura fiscal y prosperidad exportadora. Más aún: sostuvo que, limitado por la modestia de las ambiciones de reforma social de su líder y la pasividad de sus apoyos populares, el peronismo había introducido transformaciones muy superficiales en el orden socioeconómico del país, dejando un legado de poca cuantía. Un mero desvío en la trayectoria histórica nacional, el régimen peronista había sido incapaz de ofrecer una solución de fondo a la crisis del país del crecimiento exportador y la democracia liberal que había tenido su apogeo antes de la Gran Depresión. Visto desde ese ángulo, no era más que una apuesta fracasada, sin raíces en el pasado y sin mayores consecuencias para el futuro.

En Argentina en el callejón, Halperin Donghi se alineó con aquellos que entendían que, tras haberse derrumbado sin lucha en 1955, el peronismo tenía ante sí un futuro incierto. Para comprobar el arraigo de esta visión basta pensar en el extendido eco de la idea de que, tras la defección de Perón, sus seguidores populares, rotos los lazos que los ataban al gobierno depuesto, volvían a estar “en disponibilidad” para otro tipo de interpelaciones. Sabemos, sin embargo, que este diagnóstico sufriría una cruel desmentida. El fracaso de los gobiernos de Frondizi y Onganía, que de distintas maneras intentaron ofrecer soluciones políticas posperonistas, no solo confirmó el arraigo del justicialismo en el mundo popular y en las realidades de poder de la sociedad industrial madurada en las décadas centrales del siglo sino, sobre todo, su duradero impacto sobre el orden socioeconómico, visible por ejemplo en la pervivencia de la industrialización protegida y la durabilidad y fortaleza y de la organización sindical. No puede sorprender, por tanto, que, cuando tres décadas más tarde, Halperin Donghi volviese a interrogarse sobre el peronismo y el siglo XX, su reflexión partiera de estas premisas y tomara nuevos rumbos.

La larga agonía de la Argentina peronista fue concebida cuando, tras haber sobrevivido durante largos años en un entorno hostil, la fuerza política derrocada en 1955 había reconquistado la Casa Rosada. Se publicó, además, cuando el gobierno de Carlos Menem, tras sortear un comienzo turbulento, había impuesto su programa de reformas y se encaminaba hacia un segundo mandato. Pero el dato más relevante es que, bajo el liderazgo de ese peronista de pura cepa que fue Carlos Menem, ese justicialismo que había reconquistado el centro del escenario político parecía dispuesto a cancelar el ciclo histórico que Perón había inaugurado casi medio siglo antes. Y quizás el aspecto que más le llamó la atención a Halperin Donghi es que, desafiando a amplios sectores de la coalición que lo había llevado al poder, Menem y sus riojanos se embarcaran en un osado proyecto que pretendía reformular radicalmente el tipo de relación entre Estado y sociedad forjada por el primer peronismo. Nuevamente, y como había sucedido casi medio siglo antes, una facción de la elite dirigente lanzaba desde las alturas del Estado una iniciativa dirigida a rehacer por entero el perfil institucional y también socioeconómico del país.

Con este panorama delante de sus ojos, en un momento en el que el gobierno del peronismo pro–mercado parecía haber inaugurado una nueva era, el hito 1945–6 adquiría otro significado. Esa coyuntura crítica dejaba en un segundo plano a 1930 -cuando el cierre del mercado mundial y el giro hacia el mercado interno y la industrialización por sustitución de importaciones comenzaron a redefinir el perfil socioeconómico de la nación agroexportadora- como punto de inflexión del siglo XX argentino para erigirse en el verdadero parteaguas de esa centuria. De allí que, en La larga agonía de la Argentina peronista, Halperin Donghi describiese al peronismo como un actor que, tras conquistar el Estado, impulsó un profundo proceso de cambio institucional y pronto social que, en apenas un trienio, entre 1945 y 1948, dio forma a un nuevo equilibrio de relaciones sociales y económicas destinado a perdurar por cuatro décadas. Pero a diferencia de las visiones predominantes en el debate de los sociólogos sobre los orígenes del peronismo de las décadas de 1960 y 1970, la perspectiva de Halperin Donghi enfatizaba que el momento 1945–6 debía ser entendido, antes que como el triunfo de las fuerzas sociales que animaban a la sociedad industrial surgida de manera silenciosa desde 1930, como la expresión de la capacidad transformadora de las iniciativas políticas lanzada desde el seno mismo del Estado. Por cierto, a diferencia del país todavía poco estructurado que en la segunda mitad del siglo XIX había sido modificado desde la raíz por el proyecto de sus elites liberales, la sociedad de la década de 1940 ya estaba muy lejos de ser una materia fácilmente maleable desde la cumbre. Pero la duradera transformación estructural que el peronismo introdujo en el tejido socioeconómico e institucional en los años inmediatamente posteriores a 1945 revelaba hasta qué punto el poder del Estado seguía siendo capaz de rehacer el orden social. Sin tener en cuenta este plus de poder estatal, la magnitud de los cambios consagrados tanto en los años de Perón como de Menem resulta imposible de explicar.

Halperin Donghi terminó de encajar las piezas de una nueva manera de entender la trayectoria histórica argentina

Halperin Donghi enfatizó que en 1945 nació, por impulso de una fracción de la clase dirigente recién llegada a la Casa Rosada, una novedosa y perdurable realidad sociopolítica: la sociedad peronista, esto es, un haz de relaciones económicas e instituciones —economía cerrada y por tanto poco competitiva y poco dinámica, papel central del Estado en el proceso de acumulación, todo esto financiado gracias a las transferencias desde el agro exportador a la manufactura volcada sobre el mercado interno, y apoyado sobre un mundo del trabajo movilizado y sindicatos industriales poderosos— cuya vigencia se extendería por cerca de medio siglo. Un aspecto muy singular del nuevo orden, que sacrificó al sector más competitivo de la economía (y por tanto dañó el crecimiento) en el altar del bienestar popular, fue el lugar sobredeterminado que las organizaciones sindicales alcanzaron en el entramado de poder de la sociedad peronista.

El punto más relevante que es preciso destacar a los fines de este artículo, sin embargo, está en otro lado. En La larga agonía, Halperin Donghi terminó de encajar las piezas de una nueva manera de entender la trayectoria histórica argentina. Un relato que concibe a la Argentina, ante todo, como un país primero construido y luego una y otra vez reformado desde arriba. O, dicho con otras palabras, la historia de una nación cuyas grandes mutaciones no se entienden si no es colocando al Estado en primer plano. Desde este punto de vista, para entender cómo se estructuró y transformó el orden sociopolítico argentino es preciso partir de la premisa de que el Estado pesó tanto o más que la sociedad. Este énfasis en la capacidad del Estado de moldear la sociedad, por su parte, se acompaña de una mayor atención a los distintos proyectos que, comenzando por el bosquejado durante las décadas que corren entre Caseros y el Centenario, rehicieron el paisaje institucional y social del país. Ese proyecto fundacional alteró completamente el perfil de la sociedad criolla y sentó las bases de una sociedad construida con hombres, ideas y tecnologías provenientes de Europa. De allí que, para el autor de Una nación para el desierto argentino, la Argentina se caracteriza no solo por la gravitación de su Estado sino también porque, en mayor medida que en otras experiencias históricas, su fisonomía lleva la marca del cambio social impulsado desde la cima. Con el triste corolario de que, imaginada como una réplica de las sociedades europeas, vista a la luz de nuestros fracasos de las últimas décadas, no nos queda sino aceptar que ese ambicioso experimento no dio los resultados que se esperaban de él.

Fuente: https://www.lanacion.com.ar/ideas/el-siglo-xx-argentino-y-el-peronismo-segun-halperin-donghi-nid31102026/

Comentarios
Volver arriba