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Alejo Pérez: dirige sin batuta, debuta al frente de la Estable del Colón en su cumpleaños y se entusiasma con los jóvenes que se incorporaron

Casi dos décadas debieron transcurrir para que la Orquesta Estable del Teatro Colón volviera a contar con un director titular. Desde la batuta de Stefan Lano (que ocupó la posición entre 2005 y...

Casi dos décadas debieron transcurrir para que la Orquesta Estable del Teatro Colón volviera a contar con un director titular. Desde la batuta de Stefan Lano (que ocupó la posición entre 2005 y 2008) hasta el nombramiento de Alejo Pérez, cuya titularidad estrena este domingo llevando la orquesta del tradicional foso lírico al protagonismo del escenario sinfónico.

Avalado por una sólida trayectoria internacional en la que se destacó como asistente de grandes figuras de la dirección (Peter Eötvös, Michael Gielen y Christoph von Dohnányi) y más recientemente como director musical de la Opera de Gante y Amberes, en Bélgica (2019 -2025), Alejo Pérez regresa al país con la marca de otro sello distintivo: su repertorio.

Nombrado en octubre del año pasado, asume su rol no con una ópera (ya vendrán Otello y La Valquiria bajo su batuta) sino con un concierto que expresa el anhelo artístico para un ensamble de excelencia. Sobre éste y otros objetivos que se propone dialogó con LA NACION.

–¿Qué significa a nivel personal esta vuelta al país en la titularidad de la Orquesta Estable (OETC)?

–El Colón siempre fue un faro de referencia internacional. Para mí representa además el inicio de la experiencia musical como público. El Colón es todo su renombre, y también una parte fundamental de mi memoria que mezcla lo abstracto de la música con lo sensorial, los perfumes y hasta el estado de ánimo de nuestra sociedad en cada momento. Un vínculo fuerte e irremplazable.

–¿En qué se basa tu afinidad con el repertorio alemán?

–Mahler y Strauss están desde el comienzo y aun conservo la capacidad de emocionarme con ambos. Mozart y Beethoven, por supuesto, sin olvidar dos vertientes que descubrí con posterioridad pero que me son caras al corazón: el repertorio francés y el ruso.

–¿Vas a marcar un rumbo desde esa perspectiva? ¿Te gustaría expandir los programas en esos horizontes?

–Quiero creer que sí. Las experiencias que tuve como invitado de la OETC tendieron a ir por esos caminos y siempre me quedé contento. Ayer les decía a los músicos que esta orquesta tiene mística, ese fuego sagrado que es el orgullo de pertenecer al foso, que es donde late el corazón de un teatro. Un orgullo sano, la capacidad de apartar los egos al momento de hacer música.

–¿En qué se traduce esa expresión y cómo se aparta el ego?

–En el hecho de que nunca siento nervios antes de dirigir porque tengo bien claro que el protagonista no soy yo. La receta para apartar el ego es recordar que estamos aquí para servir a la música y no al contrario. Y si uno tiene claro ese lugar, los egos, protagonismos y focos de atención se ponen en perspectiva automáticamente. A eso me refiero con el “fuego sagrado”: cuando la orquesta siente ese llamado, ese compromiso desprovisto de veleidad. Y en la OETC —más allá de las capacidades técnicas profesionales con que cuenta y lo que yo les pueda aportar—, esa entrega se percibe.

–¿Qué habilidades se ponen de manifiesto en el quehacer argentino de la experiencia que has incorporado en el exterior?

–Me fui hace 25 años, pero siempre mantuve el contacto volviendo por lo menos una vez al año. Incluso cuatro (2009 a 2012) como director musical del Teatro Argentino. Nunca me desvinculé de esta manera de trabajar con los pros y contras que conocemos. El músico aquí tiene un gran talento y a eso le suma, como todo argentino, por nuestra realidad, la capacidad del piloto de tormenta. ¿Qué puedo aportar como habilidad adquirida? Mi manera de entender y abordar el repertorio, la manera en cómo leo las obras. En el caso de la ópera, tratando de poner la psicología que proviene del foso al servicio de las voces y la dramaturgia.

–¿Qué se entiende por lectura psicológica de la partitura?

–Que la orquesta no se conciba limitada al rol de acompañante, que tenga un significado profundo en las más amplias facetas de matices y colores que puede aportar a la acción. Hago una lectura historicista de las obras. Si descubro un acorde de 11 o 13 en Gounod (algo corriente en Strauss) lo destaco como un avance estrepitoso. Es aquello que uno quiere realzar, sacar a la luz con todo su brillo. Implica hacer partícipe a la orquesta de fenómenos que pueden pasar inadvertidos, sin pena ni gloria en el fragor de la batalla, como palotes al costado de la ruta cuando la lectura es superficial. Hago hincapié en el relieve del lenguaje armónico de cada compositor. En elementos que significan algo, un momento, un mensaje, una emoción. Esa es mi tarea: indagar en los significados armónicos más profundos, en una lectura psicoanalítica de la obra.

Conciertos e historias que contar

–Vas a inaugurar tu titularidad no con una ópera sino con un concierto. ¿Forma parte de un plan sinfónico?

–Una orquesta de ópera tiene que tener presencia regular en el escenario con música sinfónica. Es un regalo que esta orquesta se merece.

–Y también vos en el día de tu cumpleaños, 3 de mayo. ¿Verdad?

–¡Pocas maneras mejores de festejar que ésta! Para esta temporada armé un ciclo de conciertos cuyo eje está puesto en las historias. Obras que tengan referencia extra musical, una dramaturgia, un programa, una historia que contar. Algo que le sienta bien a la OETC por su capacidad de evocación. Seguiremos con más Beethoven, Brahms, Strauss...

–¿Cómo marcás tu rutina de trabajo?

–Con los años uno establece una dinámica de acción-reacción en la cual no se llega al ensayo con recetas preconcebidas. Cuando algún estudiante de dirección me pide consejos, siempre recomiendo que vayan a ver ensayos y no solamente de grandes directores, porque el poder de observación y análisis crítico lo desarrollan viendo incluso cómo trabaja un director mediocre. Ahí, si algo no funciona, se hace evidente. Entonces uno se pregunta qué corrección técnica sería eficaz para obtener un resultado diferente.

–¿A qué llamás un director mediocre?

–Hay muchas maneras de ser mediocre... El director debe llevar el techo de la potencialidad con que cuenta lo más alto posible. Lograr el máximo rendimiento de los músicos y para eso es necesaria la entrega de ambos lados. Muchas veces se trata de dar la solución técnica que requiere un instrumento, cómo solucionar un detalle, cómo ejecutar un pasaje. Y otras veces, sin tecnicismos, del objetivo y la imagen sonora.

–¿Qué otros temas ocuparán tu atención?

–A fines del año pasado participé como jurado de todos los concursos que se hicieron para cubrir vacantes. Hacía varios años que no se abrían y entraron músicos jóvenes que aportan aire fresco e ilusión. Ya se percibe ese proceso por el cual los más experimentados van pasando la antorcha y los más jóvenes van contagiando su entusiasmo. El repertorio lo decidimos con el director artístico y siempre en la preocupación musical está la búsqueda de transparencia aún en las texturas más complejas.

–¿Cuándo llega esa transparencia a ser percibida por el público como un cambio del sonido?

–Lleva un tiempo. Y lo he comprobado en el trabajo a largo plazo como titular, mínimamente un par de temporadas. La transparencia no implica tocar más suave. No se trata del volumen sino de la producción del sonido: más liviano y con un vibrato menos excesivo, más controlado, que permite que las voces intermedias sobresalgan sin necesidad de tocar fuerte. Es un caleidoscopio que busca en el movimiento permanente destacar lo particular de cada instante (una armonía, una pausa, un cambio de articulación, una voz intermedia, un bajo). Me niego rotundamente a simplificar mi trabajo indicando solo la melodía, la voz superior y el acompañamiento. Por eso, una de las pocas cosas que evito en mi repertorio es el bel canto. Tengo una especie de rechazo a que el fuego de artificio impere por sobre la música, que el virtuosismo y el lucimiento vocal sean más importantes que la música en sí.

–¿Qué enseñanzas o recuerdos de tus maestros siguen presentes en vos?

–De Gandini, que improvisaba al piano poniendo la lupa en elementos imprevistos donde las armonías eran una explosión en el medio del discurso. De Peter Eötvös, un músico enorme que todos recuerdan por la calidez extraordinaria. De Sir Colin Davis, la espontaneidad y frescura únicas, una vivacidad contagiosa. Me regaló una batuta cuando me vio dirigiendo con las manos. Yo encuentro que hay algo estilístico que afecta al sonido. De Beethoven para atrás siento que la batuta no se corresponde a la imagen sonora que busco. Con la mano en cambio me asocio a la respiración, al canto, al color camarístico. La batuta tiene mucha imposición y directiva. Y de Michael Gielen, a quien asistí sobre todo en Mahler y Mozart, recuerdo la capacidad de lograr una entrega pasional de la orquesta siendo objetivamente cerebral en el análisis y espartano en el gesto. Un fenómeno similar a Boulez. Aprendí que menos es más porque cuando el gesto es solo el necesario, un movimiento mínimo llama la atención. Cuando en cambio se dirige como en un festival de circo, el gesto pierde valor. A veces es al contrario: cuando la orquesta advierte que lo que busca el director es acaparar la atención sobreactuando su corporalidad sobre la obra, el músico inconscientemente se reclina, se retira hacia una entrega menos intensa. Si, en cambio, las directivas son claras, el protagonismo se pone en la música. Porque lo que importa de verdad es lo que suena y lo que suena es la entrega del músico que está tocando.

Para agendar

Apertura de temporada. Concierto sinfónico de la Orquesta Estable del Teatro Colón. Dirección: Alejo Pérez. Programa: Sinfonía nº 6 “Pastoral”, de Ludwig van Beethoven y Sinfonía “Fantástica” de Hector Berlioz. El domingo 3, a las 17. Teatro Colón

Fuente: https://www.lanacion.com.ar/espectaculos/musica/alejo-perez-dirige-sin-batuta-debuta-al-frente-de-la-estable-del-colon-en-su-cumpleanos-y-se-nid03052026/

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